No pocas veces Alfonso de Zamora resulta entrañable. Vean, por ejemplo, una declaración polémica que hacía en su Epístola a los judíos de Roma (אגרת ששלח המחבר ממלכות ספרד אל היהודים אשר במדינת רומה לתפוש אתם במשובתם), publicada en 1526:

Muy amablemente, Alfonso dejó una traducción interlineal, palabra por palabra (literalmente) y tuvo además el detalle de traducir en el índice el título de la epístola: Epistola autoris ad infideles Hebraeos vrbis Romae, qua manifeste redarguit eorum perfidiam; pero yo entiendo que la vida no está para muchos latines, así que aquí les romanceo el fragmento:

Pues, hasta hoy, no se encuentra ni un solo alumno que pueda o sepa hablar vuestra lengua [el hebreo] según el orden de la gramática, como hacen los creyentes de nuestra santa fe, que hablan la lengua latina [romana] por las reglas de su gramática que les dieron los autores antiguos y modernos. Se mofan de vosotros porque no sabéis hablar vuestra lengua salvo si acudís a los Veinticuatro Libros [=la Biblia], a fin de recordar el versículo que os hable según vuestra frase.

Uno de los temas que van a salir en la tesis del divorcio bastante de refilón, seguramente para mi desdoro, será la relación que mantuvo Alfonso entre un ideal pedagógico, fundamentalmente gramatical como vemos, y la realidad de su formación. Por mucho que amoneste a los rabinos romanos lo irracional del tratamiento que le dan a la lengua hebrea, él no es hijo de ningún aprendizaje «racional» (o más bien, «racionalista») sino un puro hijo del hebreo (y del arameo) tal y como se transmite por la tradición judía. Sea o no «racionalista» esta enseñanza, y el aprendizaje consecuente, no nos incube en este momento y queda al albur del criterio de la amable lectora y su contraparte masculina nada genérica. Lo que nos interesa hoy es esa relación íntima de Alfonso de Zamora con el hebreo (y el arameo), sobre la que yo me he preguntado ya alguna vez. Hagan ustedes la prueba: el hebraísta de boquilla puede diferenciarse del hebraísta de lustre por el sencillo método de comprobar si se entiende más perdido que un pato en un garaje a la hora de entender y evocar la liturgia judía. Si la liturgia judía le resulta, mayormente, chino mandarín en vez de hebreo rabínico (que es lo que le debería parecer), está usted delante de un hebraísta de boquilla (como yo). No, no se crean que es modestia vergonzante: es solo que un servidor sabe de sobra de sus limitaciones, como mi rabino de cabecera (mi querido H.) nos hizo ver a unos cuantos cuando nos acribilló a preguntas sobre lo básico más básico de la liturgia sinagogal (actual, no se vayan a pensar que nos lo ponía difícil), obteniendo por toda respuesta caras estupefactas (o «de gilipollas», por si quisieran ustedes servirse de un geosinónimo caro al sentimiento de quien esto escribe). El primer deber del científico (o de lo que sea) es conocer los límites del propio (des)conocimiento, que otros llaman con más tino «ignorancia».

Alfonso no: Alfonso se sabía más que de sobra la liturgia, y así lo demuestra más de una vez. Cuando no se sabe algo, por más que lo disimule, se le nota. Así, la manera que tiene de escribir la letra cuadrada hebrea (¿podríamos parafrasearla por «mayúscula» si nos quedaramos en el mundo del alfabeto latino?) hace sospechar que algo debió de pasar en el proceso de transmisión de esa manera concreta de escribir, que no fue su padre o su maestro de escuela judía o quien fuera el que le avezó en ese estilo concreto de escritura hebrea. Pero la Biblia y el Talmud, ¡ay, amigo! Ahí no hay quien lo coja desprevenido al gachó.

Es un puro anacronismo, pero de vez en cuando, tomándoselos en su justa (poca) medida, los anacronismos no vienen mal para intentar explicarse los fenómenos de esta cosa tan peculiar que es la experiencia humana. Así, con cierta frecuencia, yo me encuentro preguntándome si Alfonso cantaría. No como el mozo Arias Dávila que la crónica latina de Enrique IV pone cantando rústicas cancioncillas árabes por los montes de Segovia (actividad bastante habitual por otra parte en la Segovia o la Ávila del xv y del xvi), sino cosas más ortodoxas. ¿Alfonso de Zamora cantaría? Porque lo mismo resulte evocador, solamente evocador, pegarse un pedazo de anacronismo y marcharse, de la Castilla de finales del xv y mediados del xvi, al Yemen del xvii (pasando por el Israel del siglo xxi). En ese Yemen barroco, el rabino Shalem (mejor que Shalom) Shabbazi se dedicaba a componer una ingente cantidad de poemas que han pasado al patrimonio inmaterial (pero bien real) de los judíos yemeníes y, de paso, del pueblo judío y de la humanidad toda. Por ejemplo, este poema de boda que va a ser nuestro poema del sábado de hoy (que es viernes, claro):

אַיֶלֶת חֵן בְּגָלוּת תִּסְמְכֵנִי
וּבַלַּיְלָה בְּתוֹךְ חֵיקָהּ מְלוֹנִי
לְכוֹס יֵינָהּ אֲנִי תָּמִיד מְזוּמָּן
וְנִתְעָרַב חֲמַד יֵינָהּ בְּיֵינִי
שְׁתוּ דוֹדִים לְעוּמָּתִי וְשִׁכְרוּ
וְהָעִירוּ לְשֵׂכֶל רַעֲיוֹנִי
בְּהֵיכַל בַּת מְלָכִים הַכְּבוּדָה
וְשׁוּלְחָנָהּ מְזוּמָּן לַהֲמוֹנִי

זְמָן הִפְרִיד לְכָל רֵעִים וְדוֹדִים
אֲבָל דּוֹדִי בְּאַהֲבָה יִמְשְׁכֵנִי
יְקַשֵּׁר חֵן וְחֶסֶד עַל גְּבֶרֶת
בְּמַעְגַּל חֵן וְחֶסֶד יִזְכְּרֵנִי
מְפַרְשֵׁז בַּעֲנַן עָבֵי שְׁחָקִים
לְרַעְיָתִי וְהִיא תָפִיק רְצוֹנִי
שְׁעָרֶיהָ חֲמִשִּׁים הֵם קְבוּעִים
זְכוּת לֵאָה בְּבִינָה תִסְעֲדֵנִי
תְּעוֹרֵר אַהֲבַת רָחֵל לְבָנִים
בְּסוֹד מַלְכוּת עֲשִׂירִית תַּעֲלֵנִי
אֱלֹקִים חִישׁ לְעַמֶּךָ יְשׁוּעָה
בְּעֵת רָצוֹן תְּצַחְצֵחַ גְּרוֹנִי
שְׁלוּמֵי לֵב בְּרוֹב שָלוֹם תְּסוֹבֵב
בְּנֵי אִישׁ תָּם סְגוּלַת אַב הֲמוֹנִי
אנא

Una cierva graciosa me sostiene en el exilio / y en su regazo me quedo a hacer noche. / A la copa de su vino nunca me falta convite / y la delicia de su mosto se entremezcla con el mío. / ¡Bebed, enamorados, en mi presencia y emborrachaos / y desvelad las ideas de mi intelecto / en el palacio de la ilustre hija de reyes, / de mesa siempre dispuesta para mi gentío! / El tiempo ha separado a los amantes de los amados / pero mi amado por amor me sigue; / se une la gracia y la piedad en mi dueña, / en un círculo de gracia y de piedad me recuerda, / en las nubes despliega el esplendor del firmamento / a mi compañera, que colma mi deseo. / Los méritos de Lea asistirán mi entendimiento, / despertará el amor de Raquel a sus hijos / y el enigma del Décimo Reino me alzará. / Abrevia, Dios, la salvación de tu pueblo, / lustra mi garganta cuando te plazca. / Los de corazón íntegro, moveos con calma perfecta, / mis hijos son hombres rectos, heredad de un padre de muchedumbres.
¡Ea!

La canción puede sonar de muchas maneras. Al estilo de cómo empezó siendo, un canto popular, que no «de tradición oral», de bodas:

como aquí canta un coro de Qiryat Ono (קרית אונו). O como un canto recuperado en la escuela «talmúdica», en la paradoja de hallarse exiliado del Exilio, en la Jerusalén tal vez recobrada que provoca la nostalgia del Yemen seguramente perdido:

como entonan aquí los estudiantes de la yeshivá Qeren Bet Haleví (קרן בית הלוי) de Jerusalén. O se puede convertir en materia de juglares nada orales:

como aquí pergeña Shelomó Dahyani (שלמה דחיאני). Incluso, llegados quizá a lo que podría parecer a los poco avisados el final de un recorrido:

podría ser lo que aquí presenta, la parte en negrita de la letra del piyyut, la israelí de ascendencia yemení Shlomit Levi (שלמית לוי; embarcada también en otras peripecias musicales bastante más curiosas: heavy étnico judío oriental, por ejemplo), susceptible de oírse en cualquier radiofórmula de ese país que amigos y enemigos quisieron creer que se fundaba como la «Entidad Sionista» y ha acabado siendo cualquier otra cosa, mucho más llena de polisemias, acertadas y erróneas.

Lo importante es hablar. O cantar. Por mucha gramática que le queramos imponer a la lengua, no se va a dejar domeñar por metáforas impuestas, ni siquiera por la metáfora de que la lengua es una metáfora. Se quedará siempre en ese otro territorio imposible que abarca el regazo de la amada, que otros llamaron, a veces, «la Shejiná» (השכינה). Los hebraístas, como la generalidad de los lingüistas, no debiéramos más que ser notarios de ese acto de amor, se produjera como se produjera y buscara enmendarlo Alfonso de Zamora, inútil buscador de perfecciones, o Rita la Cantaora, descarada metáfora española de la imposible perfección de las lenguas. O de las personas amadas.