«In den alten Büchern steht, was weise ist: …»

Maestros solo he tenido uno: se llama Pepe Contreras Valverde y lo es de Latín. No fue poca hazaña embarcarse con ciento y pico chavales de instituto de Móstoles en un viaje tirando a iniciático que hicimos a Italia quizá en 1994 (soy muy malo para muchas cosas: por ejemplo, las fechas). Pero hubo otras pequeñas hazañas, pequeñas pero nada nimias, que Pepe fue haciendo a lo largo de los escasos dos años que nos dio clase. Llevarnos, por ejemplo, al Prado, a ver cuadros de mitología. Fue al volver de una de esas visitas cuando recuerdo, con la misma sorpresa que sentí entonces, cómo se reveló que Pepe, además de muchas cosas, era un entendido en cómics (o historietas, tanto da. Hasta «tebeos» valdría). Entiéndanme: «entendido», en los mejores casos, es una amena mezcla de conocimiento y pasión. Principalmente porque del objeto del entendimiento se hace una devoción gratuita. «Experto», por el contrario, es una variación insípida del acostumbrado baile consumista de los mercachifles. Principalmente, porque se cobra. Como yo del hebreo, por ejemplo. Si han de buscar, prefieran a un entendido. En los peores casos, son personajes divertidos, carne de casino de pueblo, como de Academia de Buenas Letras provinciana, teniendo en cuenta, antes de que se me precipiten a emitir un juicio, que lo provinciano halla su más perfecta encarnación en los habituales de ciertos cenáculos neoyorquinos, parisinos o madrileños, por poner tres ejemplos que me resultan bastante conocidos.

Desde que aquella revelación, que Pepe Contreras era un entendido en cómics (o historietas), no me quedaron dudas: había que interesarse, y rápido (compréndame: llevaba prisa; yo era un adolescente) por la cosa de las historietas (o cómics). El resultado, como en casi todos mis intereses, ha sido magro. En la fotografía, por ejemplo, otro interés casi frustrado. Afortunadamente cuento con personas que me saquen de mi impericia en la devoción a los intereses que debiera: Raúl o David en cuanto a cómics; Álex, en lo que concierne a la fotografía (de este último tendríamos que hablar en otra ocasión). Del segundo de los anteriores, recuerdo una recomendación que no ha dejado de acompañarme desde que me la hizo: Berlín 1931, con dibujos de Raúl y guión de Felipe Hernández Cava. El cómic salió originalmente publicado en tres entregas: «El rey del Congo», en la revista Complot, n.º 0 (mayo de 1985); «Todo sueños», en la imprescindible Madriz, n.º 31 (octubre de 1986) y «Vendrán por Swinemünde», El País Semanal, en octubre de 1988. Por una de mis casas de prestado ronda la edición de Casset, de 1991, en que se reúnen las tres partes. De ese libro saqué un poema de Brecht en traducción española que no ha dejado de acompañarme desde entonces:

Vosotros, los que emergeréis de la marea
En la que nosotros nos hundimos
Recordad
Cuando habléis de nuestra debilidad
La tenebrosa era
A que escapasteis.

Ihr, die ihr auftauchen werdet aus der Flut
In der wir untergegangen sind
Gedenkt
Wenn ihr von unseren Schwächen sprecht
Auch der finsteren Zeit
Der ihr entronnen seid.

En Berlín 1931 encontré una afición que perdura: seguir las historias que cuente Felipe Hernández Cava. El año pasado, por ejemplo, ganó, con el dibujante Tomeu Seguí, el Premio Nacional español de Cómic por Las serpientes ciegas. Hoy, por casualidad, me lo he encontrado hablando de las últimas cartas de un fusilado de la incivil Posguerra española que empezó el 1 de abril de 1939, pocos meses antes de que naciera mi madre, dos años después de que lo hiciera mi padre. Inevitablemente, al leer lo que Hernández Cava escribía sobre Ricardo Zabalza y las últimas disposiciones que dejó escritas (¿se cumplirían estas postreras instrucciones?):

Dejamos aquí bastante fruta. Repartirla entre los más necesitados de la Galería 3ª. El chocolate y el queso que había en mi cesta se lo dais a los dos abuelos que hay en la 4ª Sala de la 3ª Galería.

me he visto devuelto a uno de esos pasadizos espectrales a los que dio, sin saberlo, título un temblor de Alexandre. En uno de esos pasadizos, hace un tiempo, me encontré con Juana Capdevielle, de cuya abnegación quiero imaginar (porque sé que no es verdad) que provienen parte de los placeres que me han proporcionado las bibliotecas de la Complutense en los bastantes años de nuestra relación tan complicada como intensa. Juana, directora de la Biblioteca de Filosofía y Letras de la entonces Universidad Central, estaba casada con un profesor de Derecho que había sido nombrado gobernador civil de La Coruña justo antes del golpe de estado militar que fue la causa primera del estallido de la Guerra Civil española. A su marido lo fusilaron enseguida los alzados contra la República. A ella, embarazada, engañada respecto del destino de su marido, la fusilaron el 18 de agosto de 1936, en el Monte da Gándara, en la provincia de Lugo.

En uno de esos pasadizos, sin mayor tragedia que saber que el tiempo se pierde, me voy encontrando a Alfonso de Zamora. Sería un absurdo afirmar que cada día que pasa lo conozco mejor. Sin embargo, paradójicamente, cada día que pasa yo me conozco mejor a mí mismo. Querría pensar que no es poca cosa.

Habrá quien piense que escribir este blog y hacerme preguntas (en lugar de contestarlas) sobre la materia de mi tesis, que fue un ser humano, que a veces se llamó Alfonso de Zamora, es una pérdida de tiempo. No seré yo quien se lo niegue. Me atrevería a apuntar, sin embargo, que quizá conviniera ver las cosas, y entre ellas mis empeños, desde otro punto de vista: sabedores de que la vida es, esencialmente, una pérdida de tiempo (cada día perdemos un poco el tiempo que nos va quedando), tal constatación permite un relativo descanso del espíritu, una completa calma. Solo quería apuntarlo.