Enric González (añádase esto y esto), ahora corresponsal de El País en Jerusalén, ha abierto blog sobre aquella ciudad y sus aledaños. Razonaba:

En este espacio se habla de Oriente Próximo. De asuntos israelíes y palestinos, principalmente. La idea consiste en abordar un conflicto largo y trágico desde un punto de vista oblicuo y a ras de tierra, sin más tremendismo que el estrictamente necesario y, de ser posible, ni siquiera ese. Se intentará hablar en voz baja. Pero los invitados, por supuesto, pueden gritar cuanto quieran.

En los comentarios de su segunda entrada (apenas), una firma «Moisés» se enfanga en la lírica de la que hablábamos el otro día (apenas):

[Y]o he visto en aquella tierra a árabes palestinos poner a sus hijos delante de ellos para protegerse de balas en enfrentamientos cruzados. […] Aún estoy esperando ver un judío que haga lo mismo, pero sé que no ocurrirá jamás, porque el judío valora la vida mientras que el musulmán valora la muerte y el cielo con decenas de vírgenes que esperan a sus “mártires”.

Quede apuntando a beneficio de inventario: como recordatorio de lo delicado de la exégesis de las fuentes históricas (¿serían las crónicas de antaño como simples «Moisés» de hogaño? ¿Cuánto tiempo les hace falta a los «testimonios coetáneos» de los «Moisés» para convertirse en «fuente histórica»?) y como recordatorio de la fértil imaginación de nuestros recuerdos. Son como esos burros de gitanos en los edificios de protección oficial españoles: siempre hay un burro amarrado en una terraza de una vivienda de protección oficial española en los recuerdos de quienes no son gitanos. Yo lo he visto, me dicen, al burro lo habían subido por las escaleras y lo habían ‘aparcado’ en la terraza. Lo ven siempre con sus propios ojos. Como el «Moisés» del comentario: no es que, remedando al poeta, haya visto y haya creído. Es que primero creía; luego ya se preocuparía de ver. Siempre acaban viendo más que yo: soy un miope con más tendencia al pesado inventario que a promover inventos. Aunque nunca se sabe: hay que andarse con ojo. Con uno mismo, sobre todo.

Actualización: Como casi siempre, es bueno volver a los clásicos, aunque su opinión se condense en 70 páginas.