Je sens que ce pays te doit une émotivité moins défiante et des yeux autres que ceux à travers lesquels il considérait toutes choses auparavant.

Siento que este país te te debe una emotividad menos desafiante y unos ojos distintos a los que le servían antaño para juzgarlo todo.

René Char, Lettera amorosa, 1953 (¿1928?)

Casi sin dudarlo no es el mejor de sus libros. Tampoco el peor (¿cuál será el peor?). Pero ocurre que a veces lo que nos gusta es enemigo de lo mejor (pasa a menudo, según me comentan). Es como unas cervezas en un garito con amigos a media tarde (de primavera o verano): no es tanto la cosa como la circunstancia.

En el caso concreto que nos ocupa, lo primero es la sorpresa porque, por una vez (creo que es la única vez) deja ver un acendrado sentimentalismo al escribir. Se le ve (vamos, se le lee) como un niño con zapatos nuevos o, mejor dicho, como un niño glotoncete delante del escaparate de una pastelería que no termina de acabarse. Así que, en realidad, que me guste tanto ese libro concreto que no es (ni modo) el mejor de sus libros ha de deberse con a que comparto con él sus vicios habituales: la gastronomía, por ejemplo. Seguramente también la sicalipsis, pero él es de una discreción ejemplar en ese aspecto (o lo es mi memoria de leerlo, tal vez). Se emociona, por ejemplo, con el café:

Ara, en l’altre extrem del repàs hi ha, en aquest país, un element que mereix les més grans lloances i davant del qual hom s’ha de descobrir. És el cafè. A Itàlia es fa el millor cafè d’Europa. La península és perfumada de bon cafè, de dalt a baix.

Sobre esto, al otro extremo del menú, hay, en este país, un elemento que merece las mayores alabanzas y ante el que uno ha de descubrirse. Es el café. En Italia se hace el mejor café de Europa. La península está perfumada de buen café, de arriba abajo.

Y luego da un repaso a una sinfonía ordenada de repúblicas desordenadas que solo la usura del tiempo y el temple de la añoranza de una edad de oro que nunca se verificó hacen sonar en allegro y maestoso: Génova, Pisa, Liorna (o Livorno), Florencia, Arezzo, San Gimignano (delle Alte Torri; con errata, porque él o la editorial escribe «delle Alte Torre»), Siena, Orvieto, Asís, Perugia, Tívoli, Frascati, Nápoles (y su bahía), Bríndisi, Rímini, Ravenna, Bolonia, Ferrara, Padua, Venecia, Trieste, Vicenza, Verona, Milán, el Lago de Como, Turín, Santa Margherita Ligure:

Ara, com el jardí que formen, davant del mar, les oliveres de Santa Margherita no crec que n’hi hagi cap més. A part de donar una mica d’oli –poc–, la finalitat de les oliveres en el Mediterrani és la d’aclarir l’aire, donar-li una lluminositat pensarosa, una estàtica noble, una calma reflexiva. I l’altra és jugar amb el vent. L’olivera és l’arbre del vent. El vent la rejoveneix, i així la seva vida –com la vida humana– sembla tocada d’una alternació entre la gravetat i la follia.

Ah, la varietat d’Itàlia, quina meravella! A través de les pàgines d’aquest llibre hem passat per davant de tantes pedres apassionades, dures, severes, que ara que ens trobem voltats de la deliqüescència floreal que emmarquen les elegants palmeres, ens sembla de trobar-nos en un altre món més amable i llis.

Eso sí, como el jardín que forman, delante del mar, los olivos de Santa Margherita no creo que haya otro. Además de dar un poco de aceite –poco–, la finalidad de los olivos en el Mediterráneo es la de aclarar el aire, darle luminosidad pensativa, una estática noble, una calma reflexica. Y otra es jugar con el viento. El olivo es el arte del viento. El viento la rejuvenece, y así su vida –como la vida humana– parece tocada de una alternancia entre gravedad y locura.

¡Ah, la variedad de Italia! ¡Qué maravilla! A través de las páginas de este libro hemos pasado por delante de tantas piedras apasionadas, duras, severas, que ahora que nos encontramos rodeados de la delicuescencia floreal que enmarcan las elegantes palmeras, parece que nos hallemos en otro mundo más amable y liso.

y ¡hasta San Marino!

Pero el asunto, fundamentalmente, se cimenta en la comida y en el comer, un aspecto, a mi entender, fundamentalmente democrático de la peripecia humana: todos podemos aprender a comer bien (algo menos a cocinar bien). Y, sobre todo, podemos aprender a que nos guste comer bien. Que se lo digan a los guisos de parca pero suficiente pobreza de mi tía Rosario, la de Valencia aunque fuera de Teruel, de cuyo gusto solo he conocido memorias deslumbradas por la añoranza de lo ricos que estaban y lo poco que gastaba en hacerlos. La comida, ya decíamos:

Aquestes gelosies de les coses, aquesta meravellosa manca del sentit del ridícul que anomenem diversitat, és un dels pocs contactes amb la vida que la fan agradable. Aquestes gelosies localistes, menudes i grandioses, són també un misteri insondable.

Esos celos de las cosas, esa maravillosa falta de sentido del ridículo que llamamos diversidad, es uno de los pocos contactos con la vida que la vuelven agradable. Esos celos localistas, menudas y grandiosas, son también un misterio insondable.

Yo he repetido a menudo, sin dudas, plenamente convencido, el mantra del buen comer en relación con Italia. Me permite mantener una relación de fondo indulgente, de convencimiento fingido, de buen conformar con los dimes y diretes del trasiego cívico tan errático de la otra península mediterránea, tan similar a la mía en casi todo lo bueno y lo malo. Es como un pacto de ingenuidad que mantengo con Italia. Quiero tener la impresión de que a él, en la forma que quede reflejada en ese libro que no es el mejor de sus libros, mantenía con Italia esa mismo contrato de sentimentalismo, esa engañifa sentimental que consiste en mantener la creencia incrédula de que lo fundamental es la luz, el color, la comida, la llegada de la primavera, la música del gesto (la gramática de las lenguas italianas se divide en dos partes: morfosintaxis y gestualidad. Llamar a la gestualidad «pragmática», como deberíamos, sería una ruptura de nuestro contrato de ingenuidad).

Por supuesto, él y yo sabríamos, desde el mismo momento en que nos inventáramos esta alianza sutil con las italianas e italianos, que no es verdad, que no es real, que ni por asomo lo ha sido nunca, que nunca lo será. Para mí lo impiden, claro está, el zorro puesto a guardar las gallinas, el cementerio de embriones, la frontera puramente imaginaria de la Puerta Angélica, los mil ojos del fascismo que perdura, el racismo del que uno mismo se hace parte cuando cree adivinar en esos que esperan con el tren en la linea al aeropuerto a «gitanos rumanos» y, de paso, cree adivinar la sospecha de una amenaza que esos «gitanos rumanos» representarían a para sus mínimas posesiones reunidas en una maleta de turista. O quizá sea mi instinto de supervivencia de capitalino. A lo mejor es que ahí reside el principio del fin de la civilización, la primera piedra de la destrucción de una república bien ordenada de querencias comunes y no de sospechas compartidas: en la sospecha, en la hipótesis de la sospecha, en el instinto de supervivencia.

Ya digo: el pacto, la capacidad de apreciar lo que querríamos sospechar tan profundamente bello como, por ejemplo, Roma, residiría en una cierta ingenuidad; en colocar la urbe en un lugar aparte del mundo:

En aquest llibre no es parla específicament de Roma. S’hauria allargat massa. Roma és una cosa a part i ha d’ésser vista – potser – com una cosa a part.

En este libro no se habla específicamente de Roma. Se habría alargado en exceso. Roma es una cosa aparte y se la ha de ver, tal vez, como una cosa aparte.

Josep Pla, Cartes d’Itàlia (1954), «Prefacio».

El fundamento mismo, tal vez, de una bien ordenada república de las maravillas, de un país que da más que reclama, de una habitación de una casa de una ciudad por la que se vea el cielo. En fin: cualquiera sabe. Yo, no, desde luego. Non esageriamo, però.