A reserva de imperiosas consideraciones de seguridad, las personas protegidas que estén en territorio ocupado podrán recibir los envíos individuales de socorros que se les remitan.

IV Convención de Ginebra del 12 de agosto de 1949 relativo a la protección debida a las personas civiles en tiempo de guerra, art. 62.iv (Sección iii: «Territorios ocupados»).

¿Tienen ustedes noticia del reciente descubrimiento del asesinato, por parte de soldados estadounidenses, de un fotógrafo de prensa y su conductor en Iraq en 2007? De la nota que ha escrito Íñigo Sáenz de Ugarte en Guerra eterna me llamó la atención una frase:

Posteriormente, aparecen soldados norteamericanos en la zona y descubren que hay dos niños entre los heridos. En la transmisión, se oye: “Bueno, es culpa de ellos si llevan a los niños a los combates”. “Exacto”, responde otro.

O, en el original:

“Well it’s their fault for bringing their kids into a battle.”

“That’s right.”

(minutos 17:46 y 17:48 de la grabación, respectivamente).

Y me llamó la atención porque contradice una vieja ley de la traductología: hay elementos poéticos imposibles de traducir. Pues no: nosotros, y no hace mucho, ya habíamos oído a Golda Meir (parece) utilizar la misma poética bélica en hebreo:

אנו מסוגלים לסלוח לערבים על ההרג של ילדינו. אנו לא מסוגלים לסלוח להם על כך שהם מכריחים אותנו להרוג את ילדיהם. יהיה לנו שלום עם הערבים רק כשהם יאהבו את ילדיהם יותר משהם שונאים אותנו.

Estamos dispuestos a perdonar a los árabes por matar a nuestros hijos. No estamos dispuestos a perdonarles por obligarnos a matar a sus hijos. Tendremos paz con los árabes solo cuando amen a sus hijos más de lo que nos odian.

Reseño, por remachar, que este argumento (la culpa es de los padres que dejan que los niños se pongan en la trayectoria de la munición del Tsáhal o del Magav) goza de cierta salud tertuliana entre una franja importante de la opinión pública israelí (y de un destacado éxito de ventas entre los medios proisraelíes de fuera de Israel).

No es solo que los infiernos sean los otros, que decía aquel: es que encima tienen la culpa de que vayamos a acabar nosotros en el infierno. «Qué cabrones», parafraseando lo que dice Íñigo Sáenz de Ugarte que decían los del comando que perpetró esos dos daños colaterales (y otra quincena en gente herida que pasaba por allí, para recoger, por ejemplo, los muertos en ambulancia).

Hay una frase más o menos humorística (en Móstoles y aledaños suele gustar la sal gorda) referida a las víctimas (mujeres, niñas) de violaciones que quiere remedar, con humor de brocha gorda, la violencia de género: La culpa es de los padres que las visten como putas. A las niñas, se entiende. Dentro de esta misma antropología del humor brutal, podríamos encuadrar la ristra de chistes sobre el Holocausto que me han contado en hebreo y otros idiolectos judíos en los cinco trienios que llevo dedicados a la materia hebraica. Yo puedo entender que, más que gracia, la cosa sirva para descargar tensiones, pero yo nunca he podido evitar una desazón íntima cuando el texto del contexto de la conversación se desliza por esos parajes. Aunque solo sea porque uno, en la vida, asiste a muchas cosas: al relato, por ejemplo, de abusos sexuales en personas queridas, sinrazón que se quiso razonar con lo de que las vestían como putas. Los chándales de colegio de monjas deben de contener un disimulado recado sicalíptico que a mí se me escapa.

A veces la realidad tiene una poca gracia que desarma hasta los chistes más procaces.