Mon père était tellement de gauche, on a eu tout plein d’accidents, il refusait la priorité à droite systématiquement

Mi padre era tan de izquierdas que hemos tenido un montón de accidentes: nunca quería dar la prioridad a su derecha.

Fatals Picards, «Mon père était tellement de gauche», Le sens de la gravité (2009).

Hoy el Archivo cerraba a las 11 (¿y 25?) así que, de común acuerdo con mi conciencia, me he dedicado a farnasear todo el día con horario de Biblioteca Nacional de Madrid, de Biblioteca Histórica de la Complutense o de El Corte Inglés: de nueve de la mañana a nueve de la noche. Decidido a perpetuar mis mejores tradiciones antropológicas, me he bajado a por el café con cruasán un momento al Perù, barecito de barrio con insospechadas asociaciones: ahí pasó parte de su juventud de liceo un querido amigo de esta y de otras cuantas casas virtuales pero bien reales. Cuando tal amigo hizo coincidir proyectos y vida con la principal referencia romana de los Perurim/פירורים de Alfonso, se quedaron a vivir por este mismo barrio y el Perù siguió siendo referencia obligada. Luego lo ha sido de los becarios de la Escuela Francesa de Roma, ergo mío también. Me ha sido dado coincidir con unas becarias la mar de francesas que tienen sin embargo una costumbre la mar de poco francesa: pararse a un café de media mañana. Hoy, sin embargo, he bajado solo (principalmente por los estragos del pot des boursiers de anoche: ¿por qué a los franceses se les da tan bien el transnoche excepcional – la débauche – y no el bullicio cotidiano?) Bueno, solo no: con La Repubblica y L’Unità, esta última para ir viendo si era verdad, como me han dicho, que ha cambiado a mejor después de que Concita De Gregorio se haya hecho cargo de la dirección.

Me he sentado en las mesas del saloncito self-service que permite cappucino y cornetto con nutella por un euro setenta y cinco, armado de mis dos compañeros periodísticos. Enfrente de mí, por casualidad, había tres chicas, quizás de liceo. Primero hablaban de amores, porque a los veintipocos, si es que llegaban (creo que no), ciertamente resulta difícil creer que hablaran de rijos, así sin más. No he prestado mucha atención: mi radar ha querido prestar más atención que yo dada la lozanía y frescura de las muchachas, pero me he concentrado en la lectura de L’Unità. En un momento dado el otro radar, el político o cívico o ciudadano, ustedes dirán, se ha puesto en marcha: las chicas (las tres) se quejaban de haber recibido una carta personalizada de parte de Silvio Berlusconi: Gentile Silvia… «Ma che cazzo mi conosce lui per chiamarmi ‘gentile’?!», decía una (creo: mi memoria retentiva en italiano figura muy bajo en la lista de mis pocos talentos). Luego ha seguido una conversación bastante larga sobre política, pura política: que si adónde vamos, que si dónde venimos, que si qué remedio le ponemos a esto (fíjenseme: no «si» le ponemos remedio a esto sino «cuál»). En un momento dado me ha dado por fijarme en la frescura y la lozanía de las tres muchachas pero no por sus hechuras físicas sino por sus posturas ciudadanas. Luego se han ido con rumbo para mí desconocido.

A una amiga mudada a la Italia que a primera vista podría parecer más civilizada (Umbria) le advirtieron de que este es un gran país para ser feliz con la condición de no ver el telediario. Algo debe de haber cierto en la receta porque, desde que llegué, solo he visto un telediario y ni siquiera entero. Se lo decía un militante, del PD, concretamente. Yo no pude dejar de pensar, entonces y ahora, en un tema que ya hemos discutido en otra ocasión por el vecindario: la responsabilidad irrenunciable de la izquierda en los varios desastres cívicos que nos afligen, por la ambición de hegemonía cultural y, en consecuencia, por haber resbalado en la soberbia social, como si la ecuación fuera «puesto que nuestras ideas son las más virtuosas, nosotros hemos de ser los más virtuosos. Por tanto, llevamos razón, por defecto». Dónde quede la crítica a la razón práctica, pura o agregada en todo esto nunca me ha quedado claro. Adonde conduce el amor dogmático de la virtud insatisfecha, sin embargo, sí: al desastre. En Italia, en el País Valenciano o en mi región de Madrid, por poner tres ejemplos cercanos a mí.

Y entonces me ha venido a la mente (vaya usted a saber por qué) la plaza mayor de Testaccio, un barrio romano que he frecuentado con gusto, en soledad serena o acompañado de las mejores compañías que me habría sido dado tener para frecuentarlo. La iglesia del barrio, que da a esa misma plaza mayor con cerezos, quizá jacarandás y plátanos, tiene la advocación de «Santa María Liberadora», una advocación que me hace aún más amable la figura de María, un personaje evangélico por el que confieso cierta debilidad. El barrio es una fuente inagotable de yacimientos arqueológicos ya desde su mismo nombre: «el otero de las ánforas rotas». Un puro sedimento humano, vaya. Y se me ha ocurrido que quizá el civismo vaya por ahí: la voluntad cívica es un puro sedimento, una obra larga y transmisible (un obbligo di tramandare, como si dijéramos), una frecuentación de los valores morales que sirva para liberarnos. Quizá una república bien ordenada sea un sedimento de querencias compartidas por el bien común.

El presidente del gobierno italiano es ahora Silvio Berlusconi, porque la fábula del zorro y las gallinas no se inventó en vano. El alcalde de Roma es actualmente Gianni Alemanno, fascista redomado (no es una hipérbole ni una distracción adjetival). Pero antes fue premier italiano Romano Prodi como fue Walter Veltroni alcalde de la capital de Italia. Que no quiere decir, en absoluto, que ambos sean perfectos ejemplos de nada: lejos de eso. El civismo es otra cosa y tiene poco que ver con la perfección. Es como alguna otra dedicación que describe por ejemplo el hermano de Romano, Paolo Prodi, en un libro suyo que ando leyendo:

Di fronte ai milioni di pagine di trattati di filosofia del diritto o di teoria dell’etica penso di poter affermare che il tipo di conoscenza (e quindi la nostra posizione di fronte alla realtà) dipende anche dall’analisi storica. Ciò di cui sono molto convinto è che, riconoscendo l’importanza della riflessione teorica intorno all’idea della giustizia, occorre ricercare la storia degli uomini e delle istituzioni: questa è ovviamente anche una storia delle idee ma non fa dipendere tutto lo sviluppo della realtà dalla evoluzione dei sistemi di pensiero come spesso sembrano pensare i nostri colleghi filosofi. Questa riflessione non vuole esprimere disprezzo verso il pensiero sistemico ma vuole essere una semplice professione di fede nel mestiere artigianale dello storico. Di storie della giustizia non ne esiste soltanto una ma ne esistono molte: ho avuto la presunzione di indagare su alcuni aspetti di una storia ma sono convinto che di aspetti ce ne sono tanti che devono essere ancora esplorati e messi a confronto.

Frente a los millones de páginas de tratados de filosofía del derecho o de teoría de la ética, creo poder afirmar que el tipo de conocimiento (y en consecuencia nuestra postura frente a la realidad) depende también del análisis histórico. De lo que estoy perfectamente convencido, reconociendo la importancia de la reflexión teórica entorno a la idea de la justicia, es de que resulta preciso investigar la historia de los hombres y de las instituciones: huelga decir que la presente es también una historia de las ideas pero no infiere que todo el desarrollo de la realidad de las evoluciones de los sistemas de pensamiento, como a menudo parece que creen nuestros colegas filósofos. Esta reflexión no quiere expresar ningún desprecio respecto del pensamiento sistemático, sino que quiere ser una simple profesión de fe en el oficio artesano del historiador. Historias de la justicia no existe solo una sino muchas: me he marcado el objetivo de investigar algunos aspectos de una historia pero estoy convencido que ángulos hay tantos que deben aún explorarse y someterse a examen.

Paolo Prodi, Una storia della giustizia: Dal pluralismo dei fori al moderno dualismo tra coscienza e diritto, Bolonia, Il Mulino, 2000, pág. 456.

En fin: ça ira. Espero.

Fotos de una acumulación de ánforas romanas en Testaccio y de la Biblioteca Popular Obrera «Jean Jaurès» de Luján (Provincia de Buenos Aires, Argentina).