Creo que fue hacia 2004 (sería fácil comprobarlo pero ando gandul) cuando pasé doce días inolvidables en Budapest. Alguna vez lo he contado: en mi recuerdo, el fuerte de los budapestinos en particular y de los húngaros en general no era el inglés, como tampoco lo es de los madrileños en concreto y de los españoles en su generalidad. Además, hablar húngaro no se cuenta entre mis escasos talentos, el alemán que gasto es más una hipótesis que una realidad y de ruso ando cortito, cortito. Y no se me ocurría qué otro sabir de comunicación internacional podía utilizar en Budapest, teniendo en cuenta la ausencia constatada del yiddish en las estanterías lingüísticas de toda Centroeuropa por defunción repentina aunque planificada de casi todos sus usuarios (lo mismo que el judeoespañol balcánico, todo sea dicho). Así que utilicé lo que he descrito como la «diplomacia de la sonrisa»: un verdadero descanso para un políglota. En mi recuerdo, que puede ser traicionero, no lo niego, pero es mío y hago con él lo que quiero, hubo muy buena voluntad por ambas partes (por la de quien esto subscribe y por la de los budapestinos con que me topé) y me pareció que nos entendimos: yo sonriendo y enseñando notas escritas en húngaro que me daban en la recepción de la residencia (con notable alborozo de los recepcionistas, claro) y mi contraparte magiar echándole muy buena voluntad. Por supuesto que de vez en cuando contamos con Krisztina de trujamán pero eso son otras historias que quizá cuente en otra ocasión. De Budapest salió alguna otra cosa que me ha reportado muchas satisfacciones, aunque menos de las que me ha reportado hasta el momento este blog (ni pueden hacerse a la idea de cuantas).

Venir no viene mucho a cuento, lo confieso, esto que les estoy contando, salvo que queramos hacer uno de esos hórridos juegos de palabras a las que tan acostumbrados les tengo (criaturicas…) y queramos ver en todo este cuento una mención nada solapada a otro cuento (ruso, parece) del que tuve noticia ayer (y de su zorrito bueno y de su gallinita enamorada y de sus amiguitos los animalitos del bosque y de los sicilianos Taberna Mylaensis). Pero, en fin, tampoco es que hagan falta muchas excusas: que me apetecía darles noticia de dos sitios eminentes que figuraron desde el principio entre los enlaces de la columna de la derecha, Studiolum y los Poemas del Río Wang/A Wang folyó versei, este último presentado en dos cucuruchos con tres sabores distintos: húngaro, inglés y español. Indaguen, indaguen: en ambos sitios hay muchos recovecos excavados en las profundidades de los rastros, vestigios y sortilegios con que no deja el mundo de sorprender a los sensibles y los discretos.

Es de bien nacidos el ser agradecidos, así que köszönöm (que, si no recuerdo mal, fue lo único que aprendí a decir en húngaro con un acento respetable). Y ojalá que nos sigamos leyendo muchos años.

PD: Bien pensado, también podría tomarse este apunte como la celebración de una efeméride muy privada o como un ataque de nostalgia del tacto de Alba y de María, de Victoria y de Sandra, o de Marian, de Amalia, de Leah, de Mauro,  o, a la moda portuguesa, una saudade, es decir, una nostalgia del futuro, de los tres que están por llegar en Albalatillo y Perugia. Que no digo que sea así, solo que podría ser y que no soy yo quien para negarlo.