Ac utinam eo essent docti omnes animo, quos Hispania nostra habet permultos, ut ambitione, invidia, contentione fastidioque cuncta despiciendi, vel quae ipsi scribant, deposito, inciperent tandem suorum utilitati consulere, et quae subtiliter prudenterque saepe, literis consignare ut ad omnes eorum industriae fructus dimanaret.

Y ojalá que todos los sabios, que nuestra España tiene en gran número, fueran de la misma opinión, para que, abandonado la ambición, la envidia, la rivalidad y desechada la soberbia de despreciar todo, incluso lo que ellos mismos escriben, empezaran finalmente a velar por el provecho de los suyos y a registrar en letra escrita lo que a menudo reflexionan con penetración y prudencia, para que el fruto de su aplicación se extendiera a todos.

Sebastián Fox Morcillo, De imitatione seu formandi styli ratione libri II, Amberes, Martin Nuyts (Martinus Nutius), 1554, f. 5, lado verso, traducción y edición de Victoria Pineda, en Miguel Ángel Garrido Gallardo (ed.), Retóricas españolas del siglo xvi escritas en latín, Madrid, CSIC, Fundación Hernando de Larramendi, 2001 (Biblioteca Virtual «Menéndez Pelayo» de Polígrafos Españoles, vol. 3), citado en Ignacio Javier García Pinilla, «Aperiat oculos Hispania: los disidentes españoles exiliados del siglo XVI como activistas», en Francisco José Aranda Pérez y José Damião Rodrigues (eds.), De re publica Hispaniae: Una vindicación de la cultura política en los reinos ibéricos en la primera modernidad, Madrid, Sílex, 2008, págs. 187-209 [194].

Algunos de ustedes, afortunados forasteros o despistados eruditos, no sabrán quién es Arturo Pérez Reverte. Por resumirles, les digo que Arturo Pérez Reverte es una caricatura. Cumple hacer la salvedad de decir que es una caricatura que vende libros a montones (cosas de espadachines, sobre todo) y que fue un celebrado corresponsal de guerra de Radiotelevisión Española, habitual de los tiroteos bélicos de medio mundo a mediados de los 90. Luego se hizo escritor, luego lo hicieron académico (sillón T mayúscula), desde hace un tiempo es gacetillero de opinión por algún periódico español. Suele hablar de cojones, de honor, de patrias, de hombría, de cojones, de valentía, de desdoro, de feminazis, de cojones, de sentido común, de atropellos, de cojones, de franqueza, de cojones, de sinceridad, de cojones. De cojones, de cojones, de cojones. Y de hombría.

Vamos, que es un mangurrián: quizá esté enfermo de melancolía por una edad de oro que ni él ni nadie conoció nunca, enfermo por una edad de hierro en la que piensa que vivimos todos ahora mismo. Ni caso habría que hacerle si no fuera porque escribe, opina, substancia, propina, arremete, maldice, contradice y rebosa. De mala leche o de clichés o de estereotipos.

Y, además, coge libros: viejos, viejunos, como para que den más respeto. Cuanto más apergaminada la encuadernación, más respeto dan. Como si no supiéramos de que estuvieron compuestos los libros que hoy son viejos.

La biblioteca es vieja, viejuna: es la de la Real Academia Española. Un escenario digno de la trapacería es el primer requisito de un botarate corsario de la cultura: porque quede digno aquello de que fuese y no hubo nada, que dijo el otro.

Ay, mangurrián, cuánto daño hacen tus regüeldos, petimetre. Qué pocos días hay y cuántos son los necios.