Se los iba a contar de otra manera, pero la realidad italiana siempre supera la ficción (del resto del universo) y supera también mis previsiones de entradillas por aquí. Creo que ya lo había insinuado, pero vaya, puedo decirlo más claro: ando por Italia. Por Roma, concretamente (y probablemente por Nápoles, quizá por Ferrara, quisiera por Perugia). Y por aquí andaré hasta entrada la primavera, huésped – como me pasa a menudo – de la generosidad de una república monárquica, súbdito como soy de una monarquía campechana. Aunque he venido a fisgonear en los secretos de los papas y, subsidiariamente, también a andar por bibliotecas que de angélicas solo tienen el nombre (que uno tenga que echar broncas a bibliotecarias porque hablan por el móvil… dentro de la sala de lectura de la biblioteca, no me digan que no clama al cielo angélico), esta semana me he tomado unos días de reflexión en la liberalísima biblioteca de la Escuela Francesa de Roma, sita en el Palacio Farnese (que en buen uso español quizá convendría llamar «Farnesio»), ubicada en la plaza homónima. Puritito cogollo de la centralidad romana, mayormente. Ayer, antesdeayer y el día de antes, los fantasmas del Palacio Farnese hemos gozado de un notable espectáculo de divorcio a la italiana: los berlusconianos se han divorciado en público, con alevosía y megáfonos tronando estupideces de la noche a la mañana y vuelta a empezar (literalmente), de los pocos atisbos de racionalidad, vergüenza y respeto por la cosa pública (incluido por la cosa más pública de todas: el erario) que le quedaban a su dizque ideología. Y los muy tronantes no han podido buscar otro lugar de concentración que la Plaza Farnese, justo debajo de las ventanas de la biblioteca de la Escuela Francesa de Roma (y del salón de recepciones de la embajada francesa y el despacho del señor embajador, porque, en gálica armonía institucional, el Palacio Farnese acoge tanto la Escuela Francesa (i.e., el centro francés en Italia dedicado a los estudios avanzados en humanidades) como la embajada del país de Astérix en el país de Totò).

Ignorante (a propósito) como soy de la politiquilla en general y del mamoneo politicastro italiano en particular (imaginen: un país entero gobernado por esperanzas-aguirres), no había acabado de enterarme de por qué diantres los berlusconianos habían venido a gritarnos a los franceses bajo nuestras farnesias ventanas. Luego ya descubrí que no, que no era una concentración en favor de la rebaja del precio del foie gras de importación (caro foie-gras?! Tutti in piazza!): era una querella de familia italiana. Nuestra corresponsal permanente en Italia nos lo ha contado ayer en catalán y yo me permito robarle la crónica (donde hay confianza da asco, ya se sabe) y transmitírsela a ustedes. No, no me den las gracias: desprendido que es uno.

Me había prometido a mí misma por enésima vez no intentar escribir de política italiana, pero llamarle política a esto sería demasiado.

El mes que viene hay elecciones regionales y en dos regiones que Berlusconi tiene ganadas no les han aceptado las listas. En el Lacio porque fueron al tribunal a presentarlas cuando se había acabado el plazo (!). Intentaron entrar igual y, menos mal que había representantes de otras listas grabando con el móvil, no fueron aceptadas. Han presentado recursos y ahora falta la sentencia definitiva. Es, obviamente, un ataque subversivo de los jueces y la izquierda. El ministrod de Defensa amenaza con un golpe de estado si no se permite a sus electores ejercer el derecho al voto. Dicen que movilizarán al pueblo; en los periódicos del Cavaliere empiezan a dar ideas (del tipo asaltos a colegios electorales); han pedido al presidente de la República que se lo solucione (a la próxima multa le pienso pedir al presidente de la República que me la solucione, palabra); han pedido solidaridad a la oposición (!!) y llevan dos días diciendo que, total, tampoco hay que exagerar por una cosa burocrática. El señor que tenía que presentar las listas dice que se fue a comer un bocadillo y se le pasó la hora (de verdad que dice eso); la sospecha general es que estaba modificando la posición de algunos candidatos (no sería la primera vez). Hoy hay un consejo de ministros extraordinario y dicen que harán un decreto rápido para solucionarlo. Tengo muchas ganas de leer el texto, porque tendría que solucionar el lío del Lacio y el de Lombardía, que son casos distintos.

En Lombardía el tribunal no ha aceptado las listas porque algunas de las firmas que tenían que acompañarlas eran falsas. Y han presentado recurso también, lo han perdido y hoy, que tenían que presentar el recurso a la sentencia del recurso… han llegado tarde y el tribunal ya estaba cerrado. Y todo esto está pasando de verdad.

Yo, personalmente, me estoy divirtiendo bastante; supongo que esta noche sabremos si darán un golpe de estado, un decreto o una revolución, ya os lo contaré.

Maria Folch, «Revolució», El meu país d’Itàlia, 4 de marzo de 2010.

Mi conclusión provisional es que Italia es un país donde se respetan los plazos y los horarios. Faltaría más.