«Que es manantial, no desembocadura»

Curiosa disciplina la paleografía. Judith enunció uno de sus principios fundamentales, manifiestamente paradójico: el paleógrafo solo lee lo que ya sabe. Piensa pensándolo o busca buscándolo, lo mismo es verdad. Los paleógrafos hebreos quizá lo tengamos más fácil que otros: quizá la cultura hebrea sea de verdad un ejercicio de lectura, en primer lugar, para enfrascarse en una actividad constante de cita que dura toda la vida. O quizá no. Es cierto que la Biblia transpira a cada respiración del pueblo de Israel. Les pongo un ejemplo revelador. ¿Saben cómo se decía «flatulencias» (es decir, «pedo») en el periclitado dialecto italiano de los judíos del Piamonte? Rukhod (léanme la >kh< con la minorizada fricativa velar sorda de mi dialecto castellano) o, escrito en grafía hebrea, רוחות, es decir, la misma palabra que sirve en el Génesis (cap. i, v. 2) para describir el hálito del Santo, bendito sea, que sopla sobre la superficie de las aguas:

ורוח אלהים מרחפת על פני המים

Como si dijéramos:

El espíritu (o «viento» o «aire» o «flatulencia» o «pedo») de Dios revoloteaba sobre la superficie de las aguas.

A poco que uno tenga el espíritu sardónico, y ni tanto, puede convenir que la ancestral sabiduría hebrea ya nos advierte de que no nos desesperemos demasiado porque el mundo se nos vaya al pedo un día de estos. Al fin y al cabo, dicho con exegética resignación judeo-piamontesa, del pedo venimos (¿y en pedo nos convertiremos?).

La sabiduría de Israel es una fuente continua de desazón cósmica pero lo que yo quería dejar dicho, en realidad, es que la Biblia es ciertamente una cosa muy de andar por casa entre los hijos de Israel. Lo que ya me extrañaría más es que esta condición de desparrame escriturístico fuera única del pueblo de Israel, como algún apologeta quiere dejar sentado. Sin irme muy lejos de mis lenguas de práctica cotidiana, en inglés, hasta hace bien poco y todavía hoy, la traducción bíblica llamada «del Rey Jaime» proporciona la misma abundancia de arsenal idiomático que dispensa, en español y otras lenguas ibéricas, la jerga de la tauromaquia. Así, en inglés, tenemos, por ejemplo:

Be of good cheer!

Que es como si dijéramos

¡Valor y al toro!

solo que, dejando de lado el arte de Frascuelo, está tomado (o cogido) del Evangelio de Mateo, cap. xiv, v. 27:

But straightway Jesus spake unto them, saying, Be of good cheer; it is I; be not afraid

que nuestro protestante y evangélico amigo Cipriano de Reina tradujo en renacentista época coetánea a nuestro Alfonso como:

Mas luego Jesús les habló, diciendo: Confiad, yo soy; no tengáis miedo.

lo que los evangelistas helenizados habían escrito:

εὐθὺς δὲ ἐλάλησεν [ὁ Ἰησοῦς] αὐτοῖς λέγων, Θαρσεῖτε, ἐγώ εἰμι: μὴ φοβεῖσθε.

Este no es más que un ejemplo alevoso tomado a propósito para que me saliera bien lo de la comparación con la jerga taurina, pero de este inglés de resonancia bíblica hay mucho más. De ello da cuenta Jeremy Paxman (ese hombre… de la BBC) en el sexto capítulo de su ameno The English: A portrait of a people («Los ingleses: retrato de un pueblo»; Londres, Michael Joseph-Penguin Press, 1998), como el fontanero que dice, al acabar un apaño de tuberías, que respecto del agua caliente

We’ll soon have you back in the land of living

Pronto te habremos resucitado de entre los muertos

en que el idiomatismo in the land of living evoca, por ejemplo, la traducción de Job, cap. xxviii, v. 13 según la Biblia del Rey Jaime:

Man knoweth not the price thereof; neither is it found in the land of the living.

Lo que traduce el hebreo

לא ידע אנוש ערכה ולא תמצא בארץ החיים

que arromanzó castellanamente nuestro Cipriano de Valera de esta manera:

No conoce su valor el hombre, ni se halla en la tierra de los vivientes.

Pero (como no deja de notar Paxman en su libro) más que de la Biblia sin más, de donde están tomadas estas expresiones es del Book of Common Prayer, que constituye (o constituía) la verdadera religión de los ingleses: echarse unos cantecitos todos juntos en misa (vamos, en el servicio) los domingos (y echarse unas pintas a continuación). Esto cuando los ingleses tenían religión (más allá de la lectura de los tabloides: el otro día detecté a una inglesa expatriada, único género de ser humano que puede ir a comer sola – un alcuzcuz, por si tuvieran curiosidad – con el Daily Mail bajo el brazo. Ni mi anglofilia delirante me ha hecho nunca darme a ese tipo de toxicomanías).

Ya les decía yo al principio que no tengo muy claro que lo de la cita bíblica a diestro y siniestro sea patrimonio exclusivo del pueblo de Israel. Más bien no. Más bien se lo acepto si me acotan la hipótesis a la cita bíblica a diestro y siniestro en hebreo. Y aún así, que luego hay quien va diciendo que lo que hablan los únicos hebreófonos nativos que rondan por ahí hoy en día (los israelíes, por si no me pillaran la idea) es el mismo idioma que el profeta Isaías, boludez tan delirante como la lindeza de prestigiosa profesora israelí que afirmó sin pestañear que los israelíes no «saben hablar»… su propio idioma. Como los ingleses que se sabían antaño de memoria el Book of Common Prayer, creo que si hay algo con lo que juega el pueblo de Israel es con el recuerdo constante de sus libros de plegaria. Bastante fama de sentimental tengo ya pero, si me guardan el secreto y según experiencia reciente que ha llegado a mi conocimiento, un miembro del pueblo de Israel, desasistido hacía tiempo de cualquier fidelidad sinagogal, no halló mejor manera de expresar su amor a la persona que amaba que recitando, bajito, muy bajito, a cau d’orella (como se dice bellamente en valenciano) la oración de acción de gracias por la súbita inmersión en cualquier dicha repentina:

ברוך אתה ה’, אלוהינו מלך העולם, שהחיינו וקיימנו והגיענו לזמן הזה

Bendito seas, Señor, Dios nuestro, Rey del Mundo, que nos diste vida y nos criaste y nos hiciste llegar a este momento

Amén (eso lo digo yo). Se me ponen los pelos de punta solo de imaginarme el momento (pero ya ha quedado dicho que yo soy un sentimental). Si pudiera decírselo a quien recitó la oración, se lo diría: que se me ponen los pelos de punta y que, ahora mismo, no se me ocurre una forma homenaje de amor más hermosa que dar gracias a la vida o al Altísimo por haber preservado a la persona que ama hasta el momento de conocer a la persona que es amada. ¿Es que hay dicha más alta? Pero no puedo decírselo porque es información reservada que no puede trascender y yo se los cuento en confianza. Guárdenme el secreto.

Enunciábamos arriba el principio paleográfico básico de Judith: el paleógrafo solo lee (es decir, solo consigue leer) lo que ya sabe (es decir, lo que ya conocía, bien porque ya lo había leído antes, bien porque sospechaba que algún día acabaría leyéndolo). Quizá sea un poco así el uso (y hasta el abuso, si se diera tal cosa) de la cita en una misma comunidad humana: sean los judíos con sus siddurim y sus majzorim, sean los ingleses con su Book of Common Prayer. Sea en una u otra forma, lo que hay al principio de un entendimiento es una comunidad de emociones, que quizá sea la forma básica del entendimiento humano: darle las gracias al Santo, bendito sea, por habérsele dado a uno la dicha de coincidir con la persona amada, sostenido por una infinita bondad («que nos diste vida y nos criaste y nos hiciste llegar a este momento») que solo se concretó de verdad al (re)conocer al sujeto del amor. Y esa es la otra forma de (re)conocimiento que me interesaba subrayar hoy: la repentina irrupción de la confirmación de una antigua sospecha. Por ejemplo, que existe de verdad algún sentido. Verbigracia, que ese sentido tiene nombre y apellidos. Desvelar el cauce insospechado de una conexión secreta.

A mí, creo que se los puedo revelar, me ha sucedido por ejemplo con una serie no pequeña de coincidencias amañadas felizmente por estas «miguitas» (perurim) de nuestro Alfonso, el zamorano. Pero no dudo de que alguien habrá por ahí que también se haya topado, de bruces, con una repentina revelación de esa misma sospecha antigua de amor que a veces nos desvela de mala manera. Hasta que llega. Si quieren entender este apuntillo de hoy, entre medias de unas y otras carreras, como un brindis por quien le haya sido dado ese súbito don, ese abrazo mortal, sí, como el de las hoces, pero abrazo hasta el fin, que nunca afloje, no seré ciertamente yo quien les quite el gusto.

Curiosa cosa esta de la vida. Y de la paleografía, ya puestos.