Ponerse a estudiar holandés (a aprender zoals God bedoeld, como si dijéramos) conduce a interesantes experiencias heurísticas (y a recomendar a una muy buena docent: Floor, por si alguien tuviera necesidad de nederlandesizarse por Madrid). Matano, por ejemplo, te puede soltar en privado y con su alevosía habitual (pero es que yo le dejo que se tome confianzas y todo lo que se quiera tomar: güisqui on de rocs en mi chepa, si quisiera): «tú siempre haciendo cosas útiles» (ya, ya sé que no captan la ironía: es que lo dijo en oregonés).

Las cualidades guturales del holandés parecen poner alerta a propios (como dicen por aquí):

Holanda sigue siendo un gueto cultural (y gutural)

y extraños, y sin embargo, para un hablante de mi variedad minoritaria de español (por mucho que se empeñen en hacerla gramaticalmente mayoritaria los académicos de la RAE y las «instituciones» que los financian con fruición: mayoritaria lo será solo en sus sueños más lúbricos no más), tanto despendole gutural es un emocionante signo de solidaridad entre minorías indoeuropeas: somos una raza, la de los que empleamos a cascoporro la fricativa velar sorda, en claro proceso de extinción. Y extinguidos, ¿quién pronunciará «gilipollas» como Dios manda? (zoals God bedoeld, como si dijéramos) ¿Quién convertirá un tierno a casco porro de nuestro siglo xvi más musical en un acajcoporro de nuestro Madrid más barriobajero? De los es que (/éxque/) introductivos de mi Móstoles natal, ¿qué se habrá hecho? ¿Ven por qué me emociona el holandés y sus guturales? Entre los puntos de articulación de sus fricativas velares sordas se cuela el hálito de inmarcesible testarudez de las lenguas minoritarias. Exactamente igual que mi lengua castellana peninsular septentrional.

Aún así, el holandés tiene muchas virtualidades prácticas que el agnosticismo lingüístico de Matano no quería ver. Y no me refiero a comprender la amenaza gastronómica que se oculta tras sintagmas tan aparentemente inofensivos como kalfsvleeskroket, kweekkeboomkroket o rundvlesskroket (esto último debe de ser tan letal que ni foto he encontrado: seguro que prohiben subirlo a un avión). O a percatarse de que, a pesar de la campaña de años en que se empeñó El País Semanal en contarnos a lo poco cosmopolitas españoles que Holanda era el paraíso progresista en la tierra, los holandeses tienen allochtonen, buitenlanders, gastarbeiders, immigranten, medelanders, minderheden, nieuwe Nederlanders o rijksgenoten donde los franceses (buenos son ellos) tienen français, sí, pero issus de l’immigration, mientras los españoles, siempre tan castizos, tenemos moros, negros y sudacas (llamados payos ponies en el sociolecto gitano español, al parecer) y, por tanto, en todas partes cuecen habas. No. Es que, chamullando un holandés un poco apañado, se puede acceder a toda una bibliografía más que notable en boekgeschiedenis (en dos sabores: neerlandés y belga), que es, por si no lo han notado, el interés primero, junto con los hijos (e hijas) de Israel, de este blog y de quien tiene abierto el chiringuito.

Para eso mismo, para ampliar un poco (apenas tres centenares largos de folios) mi culturilla en boekgeschiedenis general, en alfonsodezamorología particular; para ingresar en el selecto club de los que seres humanos que han podido ver en cuerpo presente el manuscrito Or. 645 de la Universiteitsbibliotheek de Leiden en los últimos dos siglos (que yo sepa, cinco tan solo: Theodor Dunkelgrün, Arnoud Vrolijk, una restauradora cuyo nombre ignoro, Albert van der Heide y Moritz Steinschneider) y en otro club no menos selecto (el de los cofrades de San José Justo Escalígero, de bendita memoria), me voy un mesecito (el de mayo) a Leiden. Y a hincharme a pronunciar guturales fricativas velares sordas por solidaridad internacionalista. Y a desmentir las voces derrotistas (especialmente de holandeses, que no deja de tener su gracia) que para qué aprendo holandés para ir a Holanda.

Burla burlando, un comentario de Harmon me recordó uno de los apuntes que Alfonso de Zamora hace en el batiburrillo que es en la actualidad el manuscrito Or. 645, y que ya citamos por aquí pero que conviene repetir:

אלו הן חסרוני תלמידי הרשום שַאנגיז הקורא בשאלאמנקה : א’ שלא ידע לדבר הלשון כמו לעז במהירות כמו עברי […], ב’ שלא ידע לכתוב אורטוגראפיאה בעל פה ולא צורת האותיות ואינו יודע התרגום וננסהו בהקדמת ישעיה בתרגום שעשיתי, ג’ שלא ידע לקרוא בלא נקודות, ד’ שלא ידע דרכי לשון פירוש ודקדוק

Estas son las faltas de mi alumno matriculado Sánchez, que lee en Salamanca: i) que no sabe hablar la lengua [hebrea] como habla la [lengua] foránea, rápidamente como un hebreo; ii) que no sabe escribir la orthographia de palabra, ni la forma de las letras, ni sabe traducir [¿o el Targum?], y lo examinamos con la introducción de Isaías en la traducción que hice; iii) que no sabe leer sin vocales; iv) que no conoce las artes de la lengua, de la exégesis ni de la gramática.

Lo que debe recordar algunos principios básicos de la ética profesional de ese gremio escaso y apartadizo que en España se llama con abuso humboldtiano de los filólogos: los jueces son los nativos, nosotros somos notarios y, como mínimo, la intención es llegar a «nativizar» nuestras competencias (decir con buena entonación, y por ejemplo, «cosita linda» como lo diría un nativo). No escribir el hebreo (o el arameo) con escritura infantiloide, en el caso lingüístico que nos ocupa por aquí y por ejemplo, es una condición tan evidente que caería por su propio peso pero lo que se le cae a uno de las manos es la caligrafía que se suele perpetrar entre los del gremio. Luego podrían darse especulaciones menos firmes aunque provechosas: alejarse como del agua los gatos de todo lo que huela a hagiografía de nuestros ancestros, no vaya a ser que tengamos que decir, para pasmo de algunos, que el Emperador iba desnudo y sin pelo.

En fin, que un tiempecito en Leiden (universidad puntera en todo tipo de investigaciones) tiene muchas ventajas, todas relacionadas con Alfonso de Zamora. Algunas insospechadas (la práctica intensiva del autotransporte en bicicleta). Otras, perfectamente comprensibles: está a tres horas de París. En tren, no en avión. Loado sea el Señor que inventó el Benelux.