El caso es que me pensaba que les había visto la cita a Unos tipos duros pero debe de ser que no, porque no la encuentro. Decía algo así como que una buena tipografía no son unas letras individuales bonitas sino un conjunto de letras negras y blancos efectivo. O algo así, ya digo. Pero bueno, la desmemoria me sirve para anotar aquí otra vez a Gerrit Noordzij (qué gusto saber pronunciar ahora su nombre: «jérrit noourtzáy»). Ya he ido entendiendo que Noordzij no acaba de caer bien en según qué ambientes paleográficos. Y yo lo respeto. No había de respetarlo. Vamos, sobre todo lo respeta mi ignorancia. Pero tengo que dejar aviso de que, al menos de momento, su El trazo. Teoría de la escritura, me sigue sirviendo de neta inspiración por algunos paseos metodológicos que me parece necesario hacer a vueltas con la escritura en los manuscritos de Alfonso de Zamora y que ni Malachi Beit-Arié, ni Colette Sirat, ni Judith, ya puestos, me resuelven. Que bien puede ser que me equivoque yo, claro. ¿Cuándo he dicho yo que no me pueda equivocar? Pero ya sabemos:

El noble arte de dejarse en ridículo
pudiera un día tal vez salvar la humana raza
y convertir en inmarcesible mérito
lo que más cortas mentes llamarían patíbulo

Los estudios actuales sobre la escritura no se ocupan del «blanco» de la «palabra», sino del «negro» de la «letra». En consecuencia, el debate sobre la escritura se agota en la exploración de las diferencias superficiales. El punto de referencia universal que permite comparar letras escritas a mano y letras tipográficas no se encuentra en el negro de la letra. El negro de una letra tipográfica es tan diferente del negro de una letra escrita a mano que, si aplicamos estrictamente este parámetro comparativo, resultan incomparables. Mientras que la tipografía se ocupa únicamente de las formas negras de letras prefabricadas imprimibles sobre papel, el estudio académico de la escritura se ve, por su lado, ante la obligación de separar la escritura manual de la historia de los tipos de imprenta. Pero ni siquiera los resultados de esta separación pueden abordarse desde este punto de referencia. La paleografía estudia la escritura de otras épocas tal como se utiliza para la elaboración de libros, la diplomática investiga la escritura del pasado en documentos y cartas originales, y la epigrafía se centra en las inscripciones realizadas sobre piedras. A la caligrafía contemporánea nadie le hace caso y queda en manos de pedagogos que, mediante una acción deliberada, ponen en peligro toda la civilización. Tal afirmación puede parecer exagerada, pero ¿qué es la civilización occidental sino la comunidad cultural que se sirve de la escritura occidental? […] Esta amenaza a la civilización está en sintonía con la diferenciación de las disciplinas de la escritura. El hecho de considerar el negro como punto de partida obliga a los estudiosos a realizar esta diferenciación, en la que la escritura contemporánea no tiene cabida porque los trazos negros de dicha escritura casi nada tienen en común con las formas negras de la escritura manual que los paleógrafos intentan cartografiar. […] Los maestros de escuela […] consideran que la buena escritura está «dibujada» y no «escrita», diferenciación que protege a este enfoque. Sin ella, los maestros tendrían que comparar sus modelos con la buena escritura, comparación que resultaría fatídica. En la actualidad pueden enfrentarse a la buena escritura con serenidad porque pertenece a una disciplina diferente, situada al otro lado de la valla.

Gerrit Noordzij, El trazo. Teoría de la escritura (De streek: Theorie van het schrift, 1985), traducción de Carlos García Aranda, València, Campgràfic, 2009, págs. 14 y 15.