—Look. What are you getting at? Are you trying to say we don’t want peace? Don’t you remember the Camp David summit? We offered them almost everything, everything! Not to mention Oslo! And Gaza! And Madrid! It’s not that we don’t want peace! We love peace! It’s the first word in Hebrew! Show me another nation where peace means also Hello!

—Well, in Arabic…

– Mira, ¿adónde quieres llegar? ¿Estás diciendo que no queremos paz? ¿No te acuerdas de la cumbre de Camp David? ¡Les ofrecimos casi todo, todo! ¡Por no hablar de Oslo! ¡Y Madrid!¡No es que no queramos paz! ¡Amamos la paz! ¡Es la primera palabra en hebreo! ¡Dime alguna otra nación en que «paz» signifique también «hola»!

– Pues, en árabe

Noam Sheizaf, «Talking to Israelis is so useless» (‘Menuda tontería discutir con israelíes’), Promised land (‘news and opinion from Israel’), 13 de octubre de 2009.

Del mismo post citado inmediatamente antes:

For example, about the incitement in the Palestinian society. They really don’t like us, you know.

Por ejemplo, sobre la «incitación» en la sociedad palestina. Si es que no les caemos bien, ¿sabes?

El término hebreo para esta «incitación» es הסתה (/hasatá/), término cargado (y cargante) ideológicamente, que ha pasado del ámbito del derecho penal al ameno ámbito de los tópicos de la «opinión pública» (israelí), que sirve para describir la actitud de los palestinos en todo lo que hacen. El principio de la hasatá podría formularse del siguiente modo: «todo acto ejecutado por palestinos tiene como propósito principal la incitación a cometer crímenes en las personas de los israelíes». Sin mencionarlo expresamente, el concepto fue formulado famosamente por Golda Meir (esa Indira judaica, esa Maggie israelí):

אנו מסוגלים לסלוח לערבים על ההרג של ילדינו. אנו לא מסוגלים לסלוח להם על כך שהם מכריחים אותנו להרוג את ילדיהם. יהיה לנו שלום עם הערבים רק כשהם יאהבו את ילדיהם יותר משהם שונאים אותנו.

Estamos dispuestos a perdonar a los árabes por matar a nuestros hijos. No estamos dispuestos a perdonarles por obligarnos a matar a sus hijos. Tendremos paz con los árabes solo cuando amen a sus hijos más de lo que nos odian.

Hasatá puede desarrollar sentimientos de «autoodio» (y de poco dominio del inglés escrito por «izquierdistas redimidos», שמאלני לשעבר) que, en ámbito israelí en particular y judío en general, no se aplica etimológicamente a una irracional fobia a los automóviles, sino a un dizque racional señalamiento del odio a sí mismos que se tienen algunos judíos, por su condición de judíos, según otros judíos. Estos segundos judíos, que quizá odien pero no se «autoodian», suelen considerarse más judíos que los judíos que se «autoodian», siempre según estos segundos judíos que, si de caso, odian pero no autoodian. Lo que parece estar en consonancia con una idea moral que deplora lo malísimo de un suicidio respecto de lo respetable de un homicidio.

Tiene concomitancias con:

la hasbará (הסברה), etimológicamente «explicación» en hebreo. Actualmente designa un modo particular de propaganda proisraelí, autogenerada y francamente divertida en ocasiones (en especial si uno se complace con los espectáculos de Los Morancos, los Hermanos Calatrava, Jean-Marie Bigard o Silvio Berlusconi), con tendencia a la secreción de caspa y al consumo de ingentes recursos financieros, en relación directa con lo razonable del argumentario de los masbirim (participio muy activo de hasbará);

la actitud victimista de las madres aragonesas cuando su niño (dicen ellas) ya no las quiere;

con los usos de «nacionalista» en el discurso político público español (los nacionalistas son siempre «periféricos», José María Aznar no es nacionalista);

con los «valores republicanos» franceses (la libertad, la igualdad y la fraternidad de la República del 14 de Julio son de aplicación diversa: actualmente, dependen del grado de concentración de melanina en las capas cutáneas exteriores y del componente árabo-bereber en la onomástica personal. En los años 40, cerca de 70.000 judíos franceses probaron en su propia piel la eficacia de los valores republicanos franceses gracias a la acción combinada de la Gendarmería de la República y de la Compañía Nacional de Ferrocarriles Franceses. El viaje a los complejos genocidas del Este de Europa, organizado por ambas instituciones francesas, fue exclusivamente de ida).

Ya hace tiempo que me vengo maravillando de la moda del llamemos zeseo forzado que observo se viene imponiendo entre los hablantes más pretenciosos de mi tierra natal, de Sevilla. Yo, que he vivido en Tenerife 22 años, jamás he oído en Canarias nada parecido a esa fabla artificial tan ridícula. ¡Si Saussure levantara la cabeza!

No es éste el lugar apropiado para explicar cómo el sistema fonemático de la variante de español que se habla en casi toda Andalucía Occidental, en Canarias y en toda América (o sea, entre la inmensa mayoría de los hispanohablantes) ha eliminado la distinción entre lo que escribimos como “c” o “z” y lo que escribimos como “s”, dejando una consonante única, en general más próxima a la “s”, el seseo, pero otras veces más cercana a la “z”, el ceceo.

Es decir, se trata simplemente de un reajuste técnico de la lengua, de modo que ni sesear ni cecear ni distinguir “c”/”z” de “s” es ni bueno ni malo ni hermoso ni feo.

Pues bien, tecnicismos aparte, lo increíble del asunto es que el personal se parta la boca haciendo denodados esfuerzos y cometiendo errores a patadas (cervesa, desición, etcétera) por tratar de hablar como le imponen los medios del Centro, digamos “a la castellana de Televisión”, que es el dialecto de ninguna parte.

Pero lo que me ha sacado de mis casillas ha sido enterarme por alguno de mis ex alumnos de que en las pruebas de acceso a la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid los canarios y los andaluces que no se pliegan a pronunciar el dialecto oficial caen como chinches.

¡Menuda ignorancia, menuda arrogancia! Como hablante medio andaluz y medio canario que soy, me siento insultado; pero como filólogo y gramático, se me escapan las carcajadas al oír esa tremenda idiotez propia de un mermado intelectual que considera sesear o cecear una falta fónica o de dicción.

Joaquín Gutiérrez (La Orotava, Tenerife), «Un delirio ‘zeseante’ por reajuste técnico», El País, 3 de octubre de 2009 (vía el blog Eines de llengua de Miquel Boronat).

At a summer camp, a girl camper solemnly told my daughter that the reason the Bnei Yisroel merited to be taken out of Mitzrayim is because they spoke Yiddish.

En un campamento de verano, una chica en colonias le dijo solemnemente a mi hija que los israelitas se ganaron el mérito de que los sacaran de Egipto porque hablaban yiddish.

Dan Klein, el 16 de octubre de 2009, en los comentarios a «Rabbenu Peter revisited; also introducing Rabbi Patrick (with some meanderings down Y.H. Schorr Street)» del blog On the main line de (llamémosle así) Mississippi Fred Macdowell, 15 de octubre de 2009.

El 18 de octubre de 1936, las tropas de Francisco Franco invadían en su camino hacia Madrid una pequeña localidad toledana a poco más de 40 kilómetros de la capital. […] Tomó como primera medida solicitar al general Francisco Franco “que en lo sucesivo esta villa lleve el nombre de Numancia de la Sagra por el hecho transcendental de haber sido reconquistada por los gloriosos Escuadrones del Regimiento de Numancia. […] El motivo del cambio no fue recogido […], pero a ninguno de los pocos más de 1.000 vecinos que por entonces vivía en la localidad se le escapaba cuál había sido: el pueblo se llamaba Azaña, igual que el entonces presidente de la II República, Manuel Azaña. […] Ningún vecino se atrevió entonces a advertir al fogoso militar el error en el que caía al interpretar el nombre de la villa como un homenaje al político, ni a hacerle ver que el nombre no era un capricho del régimen republicano sino que se remontaba a 1158, cuando Azaña -del árabe “noria”- aparecía ya por primera vez en un documento del rey Sancho III. Para el comandante Velasco era suficiente razón su convencimiento de que la sola presencia de carteles con dicho nombre soliviantaba los ánimos de sus tropas que las emprendían a tiros con ellos.

Óscar López Fonseca, «El pueblo al que Franco arrebató su nombre», Público, 16 de octubre de 2009.

Ha aparecido un Manifiesto por la lengua común firmado por diversos intelectuales españoles de campanillas donde se denuncia el maltrato que sufre el castellano en las Comunidades Autónomas bilingües y la discriminación que padecen sus hablantes. Muchos medios de comunicación lo están promocionando, lo que incluye a diversos periódicos nacionales escritos en castellano que, supongo, conocen de primera mano de las dificultades que padecen para hacer frente a la privilegiada prensa escrita en otros idiomas de España. Habitualmente, en tanto que hombre, blanco, occidental, heterosexual y muchas otras cosas, me he encontrado siempre, y bien consciente que soy de ello, en el grupo de los privilegiados. Lo cual obliga a mantener cierta prudencia estética y ética respecto de algunos excesos supuestamente reparadores. No siempre, claro, pero como norma general no está de más que sean los miembros de la minoría maltratada los que denuncien algunas aberraciones que se hacen, pretendidamente, en su defensa. Pero ha llegado al fin el día en que, como integrante, en tanto que castellanohablante en una comunidad bilingüe, del grupo o colectivo maltratado o marginado, puedo alzar mi voz con toda la legitimidad que me da este hecho y afirmar que nunca, repito, nunca, a lo largo de mi vida en España, durante la vigencia de la Constitución de 1978 y del Estatuto de Autonomía de mi comunidad bilingüe que declara la cooficialidad de otra lengua en este territorio, he sentido la más mínima discriminación por hablar castellano. Ni socialmente, por supuesto, ni jurídicamente. Nunca se ha dado el caso de que no haya podido expresarme en castellano, de que alguien me lo haya impedido o de que hayan dejado de tratarme o atenderme con corrección por hacerlo. Nunca he tenido el más mínimo problema para dirigirme o tratar con la Administración en castellano. Nunca se me ha impedido hacerlo, ni siquiera se me ha recomendado nunca hacerlo en otra lengua. Siempre que he hablado con un hablante de la otra lengua oficial y lo he pedido se ha pasado al castellano. Es más, en realidad nunca he pedido nada semejante y a pesar de ellos no han sido pocas las ocasiones en que, sin decir nada, simplemente por costumbre cuando están en presencia de gente que saben que no es catalanohablante, se han dirigido a mí en “la lengua común”. Y, por supuesto, nunca he tenido el más mínimo problema por hablar castellano a lo largo de mis años de escolarización en colegio, instituto y Universidad pública, como tampoco en el sistema de salud público. Por último, tampoco nunca la policía, la guardia civil o ningún juez me ha planteado el más mínimo problema por hablar castellano.

Adicionalmente, creo que es preciso añadir que me consta que ninguno de los valencianohablantes que me rodean (y son muchos) está en condiciones de poder afirmar todo lo que yo acabo de decir. Y es una pena, porque eso viene, en el fondo, a negar la mayor: no sólo es que sea hombre, blanco, occidental, heterosexual…, es que, además, soy castellanohablante en una comunidad bilingüe de la España constitucional. Y ninguno de estos grupos, tampoco el último, puede calificarse a sí mismo de perseguido, marginado o maltratado, cuando no jurídicamente discriminado, al menos como colectivo, sin provocar otra cosa en cualquier persona sensata y consciente que cierta estupefacción o, mejor tomárselo así, simplemente una buena carcajada.

Andrés Boix Palop, «Varia», No se trata de hacer leer, 28 de junio de 2008.

Eso de que “la figura del nativo puede ser molesta e incómoda” es lo que me faltaba por oír… aunque no me cabe la menor duda de que muchos preferirían que no hubiera hablantes nativos de árabe, como no los hay, p. ej., de latín. Muerto el nativo, se acabaron los reproches.

Antonio Giménez en el foro de Aldadis, 30 de agosto de 2008, hilo «Para Maggie».

Muerto el perro…

Hablando con G., me confirma que los mexicanos pronuncian cosas como Popocatépetl, Huitzilopochtli, Huejotzingo y Cuautitlán (de García Barragán ) sin despeinarse (previamente el lingüista accidental había comprobado que él sí se despeinaba pronunciando esas cosas). Eso me confirma que, en realidad, el grupo fónico /Vtl(V)/ entre mexicanos es una aviesa estratagema (una venganza precortés) para irse apiolando a los gachupines incautos, marcados por el shibólet /-tl-/ por mucho que pretendan disimular las zetas de «piscina».

Guía del perfecto (lingüista) humanista (1):

10.Hay lenguas de cultura y otras que no lo son.

Toda lengua humana se asocia a una comunidad que la habla y toda comunidad humana tiene cultura. Por tanto, está fuera de lugar pensar que hay lenguas incultas frente a lenguas cultas. Todas las lenguas son cultivadas por sus hablantes de una u otra forma. Por tanto, todas las lenguas son cultas.

Juan Carlos Moreno Cabrera, La dignidad e igualdad de las lenguas: crítica de la discriminación lingüística, Madrid, Alianza Editorial, 2000, pág. 240