Leyendo la reseña que publicó Pablo Torijano, en el volumen lxix, n.º 1 de Sefarad, sobre el último libro de Emma Abate, La fine del regno di Sedecia (Madrid, CSIC, 2008), no pude dejar de fijarme en un detalle de su valoración (bastante crítica):

Abundando en este sentido, la bibliografía final sería mucho más útil si siguiera algunos de los formatos habituales en el mundo de los estudios bíblicos, vgr. SBL o alguna otra variante basada en Chicago Manual of Style.

«Vaya», se me ocurrió, «la escuela de biblistas a la que pertenece Torijano debe de andar constreñida por una distorsión cognitiva –como si dijéramos una dislexia– que les incapacita para sacar provecho completo (‘sería mucho más útil’) de una obra que siga modelos de cita bibliográfica distintos a los de su canon. Supongo que tampoco se pondrán pantalones vaqueros sin sacarles la raya al medio cuando los planchan».

Cuestión de estética, supuse. O quizá es que Torijano y yo nos fijamos en detalles distintos, sin decir que los míos sean más pertinentes que los suyos, claro está. Por ejemplo, yo me fijé en un detalle de itañol en la primerísima página del libro de Abate que podría considerarse divertido o escandaloso, depende de cómo se levante uno ese día. Si uno se levanta por el mismo lado de la cama por el que se levantó Torijano cuando escribió su reseña, sería «escandaloso», claro.

En la página del título aparece un glorioso

La fine del regno di Sedecia

per

Emma Abate

lo que quiere decir en italiano, que es la lengua en la que está escrito el libro, «El final del reinado de Sedecías PARA Emma Abate».

Descartado que por alguna incomprensible razón a los editores del CSIC se les haya ido el perolo al catalán (donde per significa el seguro «por» que iría en una edición española del libro), dado que Emma Abate puede andar no muy ducha en materia de cita bibliográfica commilfò pero italiano sabe (entre otras cosas porque es la lengua de la que es nativa) y con la advertencia de que, en italiano, ese «por» español que podría ir se diría, en todo caso, «da», concluyo que a Torijano le pasa lo que a mí: que somos unos chismosos que en lo primero que nos fijamos en el libro de una colega es en los agradecimientos y en la dedicatoria e inmediatamente después en la bibliografía final. Esto tiene el riesgo de que se salte uno detallitos sin importancia del estilo de una metedura de pata en la página del título. Como es inconcebible que la metedura de pata sea de la autora, porque ese tipo de errores no los comete un nativo del idioma, lo mismo Torijano tendría que haberse parado más a la hora de considerar las impropiedades de la bibliografía final: ¿no sería que los editores, en uso de sus legítimas prerrogativas, habían pedido a la autora que siguiera una determinada hoja de estilo al citar? ¿O que hubieran dado ellos mismos el formato que les pareció más oportuno? No digo que sea esto lo que pasó. Digo que Torijano tenía tantos elementos como yo (menos, porque nada dice de la itañolada de la página del título) para juzgar: ninguno. Y juicio sin pruebas no es juicio sino opinión.

Algunos días después de leer esta reseña, leí una anotación («Citation anxiety» [‘Ansiedad por la cita’]) en el blog Glossographia de Stephen Chrisomalis:

I am always very careful to indicate, in guidelines for essays and papers, that I don’t care what bibliographic or citation format my students use. APA, MLA, AAA, NWA … I always say that as long as they pick one format and use it consistently, they’ll be just fine. I have a soft spot for Chicago style (author-date) but I certainly don’t ask anyone to use it. Yet every term, I get at least one student who speaks to me or emails me in concern about bibliographic or citation format. Even after I insist that I have no preference, they just can’t quite be convinced that I won’t deduct grades for failure to conform with an arbitrary set of guidelines, including things like whether to capitalize every word of book titles, or whether to put parentheses around dates. They can’t quite believe me, either, when I tell them that many journals and presses use minute variations of the major styles, so that whatever I do as an author will eventually require professional attention.

Everywhere I’ve taught, I’ve seen this phenomenon, again and again. I also see, again and again, students who are apparently indifferent to serious writing or analytical problems but still get stuck on fine points of some style guide. What gives? Is it really the case that most professors are such sticklers for formatting issues that it is rational for students to be so concerned? Maybe, but I’m not convinced. Alternately, maybe citation style is something that seems more objective than other, more significant aspects of paper-writing. When you’re unsure of other issues, or know you have problems with them, hanging on to the one thing that you know you can get just right is a security blanket.

Tomo siempre cuidado en señalar, cuando doy instrucciones para redactar trabajos y artículos, que no me importa el formato de cita bibliográfica que usen mis alumnos. APA, MLA, AAA, NWA, &c. Siempre digo que, si se atienen de forma coherente al formato que escojan, no hay nada que decir. Tengo cierta debilidad por el estilo Chicago (autor-fecha) pero en ningún caso le digo a nadie que lo tiene que usar. Sin embargo, cada semestre, hay por lo menos un alumno que viene a verme o me escribe preocupado por el formato bibliográfico o de cita. Por mucho que yo insista en que no tengo preferencia, no acaban de quedarse muy convencidos de que no les vaya a quitar nota por no cumplir con una lista arbitraria de instrucciones, como por ejemplo si tienen que escribir en mayúscula todas las palabras del título de un libro, o si tienen que poner paréntesis entre las fechas. Tampoco se pueden creer que les diga que muchas revistas y editoriales usan variantes mínimas de las principales hojas de estilo, por lo que haga lo que haga como autor profesional tendrá que ser revisado a continuación.

He apreciado que se da este fenómeno en todos los sitios donde he dado clase, una y otra vez. Y una otra vez he apreciado que estudiantes, aparentemente indiferentes a escribir con rigor y a los problemas de análisis, se agarran a discutir puntos mínimos de una hoja de estilo cualquiera. ¿Y qué más da? ¿De verdad hay tantos profesores que son tremendos quisquillosos con las cosas del formato para que los estudiantes se preocupen por eso? Tal vez, pero no estoy muy convencido. Por otra parte, tal vez el estilo de cita bibliográfica es algo que puede parecer más objetivo que otras cosas aspectos más significativos de la redacción académica. Cuando uno no anda con mucha seguridad en otros temas, o le plantean problemas, no deja de ser un salvavidas agarrarse a lo que sí se sabe que se va a hacer bien.

¡Ah, pues fue esto entonces! A Torijano solo le ocurrió que, al escribir la reseña le dio un súbito ataque de ansiedad. No es grave: a mí también me pasa. Por eso escribo blogs (y no reseñas).

[Añadido laboral: En última instancia, proponer que los autores debieran preocuparse del estilo ortotipográfico en que hayan de salir sus publicaciones no deja de ser una llamada a la precariedad laboral de un gremio ya de por si precario (los correctores) y a fomentar el fundamental morro de los editores.]