A partir de esta hipótesis de trabajo cabe preguntarse si no sería necesario extender el modelo de Gardner para dar cuenta de un tipo distinto de motivación, en la que el objeto de los ‘positive feelings’ no son los hablantes, que pueden llegar a serlo de todo lo contrario, sino más bien la imagen que se tiene de su cultura, idealizada y reforzada por un ánimo de ir a contracorriente; o si por el contrario, y a tenor sobre todo de los resultados generales, no estaríamos ante un ejemplo de motivación irrelevante y sin efecto positivo sobre el proceso de aprendizaje, puesto que no sólo no favorece la disposición a comunicarse sino que llega a coartarla, por cuanto desmerece a los hablantes nativos, percibidos a menudo como herederos pródigos y casi ilegítimos de dicho acervo. En este sentido llega a darse el caso, p[or] ej[emplo], de que el uso del árabe nativo (dialectal) se contempla con irritación e incomprensión, como si el arabófono estuviera obligado a respetar invariablemente una norma lingüística que el estudiante ha asumido como universal, sin serlo. Y como éste, tantos otros ejemplos que van más allá del «لماذا تأخر المسلمون ولماذا تقدم غيرهم» de Chekib Arslan (شكيب أرسلان), el malheur arabe de Samir Kassir (سمير قصير) y cualquier otra reflexión émica sobre la decadencia de los árabes, y tienen su origen en un legado distinto, el del orientalismo. […]

Lo cual puede interpretarse, a mi modo de ver, en el sentido de que lo relevante no es si el individuo desea o no integrarse en la otra sociedad, sino la relación que establece, de identificación personal, con la lengua de ésta o lo que la rodea. Eso explicaría que a veces se observen […] actitudes en apariencia contradictorias, entre la sublimación de una cultura árabe ad hoc y el desapego, cuando no desafecto, hacia los árabes de carne y hueso. Pero además, y lo que es más importante, esa motivación más identificativa que integrativa, que sugieren Czisér y Dörnyei, daría cuenta también de los casos en los que sí hay disposición a comunicarse y buenos resultados en términos de competencia. El siguiente paso, por tanto, sería determinar qué tipo de identificación (y con qué exactamente) conduce a una verdadera motivación, positiva, y cuál puede resultar, por el contrario, en una amotivación como la que sufren muchos estudiantes de árabe, con independencia de los obstáculos a los que se enfrentan todos.

Antonio Giménez Reíllo, «Integratividad cero», Anís del moro («blog oficioso»), 17 de enero de 2010.

No sean tímidos: traten de hacer la prueba. Substituyan «árabe» por el glotónimo que mejor les convenga. El hebreo, claro, y por ejemplo, también.

Ilustración: detalle de la bóveda de la «Sala de los Reyes» de la Alhambra.