Cuando arreciaron, por ejemplo, las informaciones en los medios libres a propósito de la imputación por supuesto cohecho del president, los periodistas (o lo que sean) del telediario autonómico en lugar de usar el término correspondiente en valenciano/catalán (“suborn”, es decir “soborno”) preferían el término en castellano (“cohecho”), quizá barruntando que su carácter técnico mantendría la inopia de la audiencia.

Joan Garí, «Canal 9: una televisión de servicio privado», Público, 11 de octubre de 2009.

«… en los medios libres…»

Ces études touchant à toutes les branches de cette discipline [les études juives] avaient la particularité d’être rédigées en hébreu moderne ou en «hébreu moderne archaïque», pour reprendre l’expression utilisée par W. F. Albright au IVe congrès des études juives en 1967.7

7: Je me souviens qu’au IVe Congrès mondial d’études juives qui se tint à l’Université hébraïque, sur le campus de Giv’at Ram en été 1965, c’est W. F. Albright qui représentait les chercheurs étrangers à la séance inaugurale. Au début de son intervention, il dit qu’il aurait aimé s’exprimer en hébreu, mais son hébreu était «l’hébreu moderne archaïque» des années 1920, celui qu’il avait acquis lorsqu’il habitait Jérusalem alors qu’il était en contact avec les principaux artisans de la renaissance de l’hébreu parlé.

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Rappelons en outre que dans certaines branches des études juives, les chercheurs aiment à publier leurs articles dans d’autres langues que l’hébreu. L’exemple le plus frappant est celui des espécialistes de la Bible. Ces biblistes poursuivent un dialogue permanent avec leurs homologues étrangers dont l’immense majorité ignore l’hébreu moderne et qui parfois ne brillent guère dans la connaissance de l’hébreu biblique lui-même.

Los estudios que tratan de todas las ramas de esta disciplina [los estudios judíos] poseían la particularidad de haberse escrito en hebreo moderno o «hebreo moderno arcaico», si retomamos la expresión utilizada por W. F. Albright en el IV Congreso de Estudios Judíos en 1967.7

7: Recuerdo que en el IV Congreso Mundial de Estudios Judíos, celebrado en la Universidad Hebrea, en el campus de Giv’at Ram en el verano de 1965, W. F. Albright representaba a los investigadores extranjeros en la sesión de apertura. Al principio de su intervención dijo que le hubiera gustado expresarse en hebreo, pero que él hablaba «el hebreo moderno arcaico» de la década de 1920, que había aprendido cuando vivía en Jerusalén y estaba en contacto con los principales artífices del renacimiento del hebreo hablado.

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Recordemos por otra parte que en determinadas ramas de los estudios judíos, los investigadores gustan de publicar sus artículos en lenguas distintas al hebreo. El ejemplo más sorprendente lo aportan los especialistas en la Biblia. Los biblistas mantienen un diálogo permanente con sus homólogos extranjeros, cuya inmensa mayoría desconoce el hebreo moderno y que, en ocasiones, tampoco destacan demasiado por sus conocimientos de hebreo bíblico.

Moshe Bar-Asher, «Les Revues d’études juives en Israël depuis la création de l’Institut d’études juives de l’Université Hébraïque», en Simon C. Mimouni y Judith Olszowy-Schlanger, Les revues scientifiques d’études juives: passé et avenir, París y Lovaina, Peeters, 2006, págs. 190 y 195.

Naquel país, pequeno e practicamente descoñecido, había xente que tardaba anos e anos en se botar a falar na súa lingua.

Ninguén puido explicar nunca -nin os científicos da National Geographic, que foron os últimos en estudar a lingua de cabo a rabo- por que, mentres nas máis de 5.000 linguas do planeta a xente comeza a falar as primeiras palabras arredor dos 13 meses -de media, aproximadamente-, nesta lingua moita xente tardaba anos e anos e nalgúns casos máis anos en comezar a pronunciar as primeiras sílabas.

Descubriuse mesmo xente que nunca chegou a falar na súa lingua, na súa precisamente, e que, por outra parte, non tivo problemas para se iniciar e chegar a falar con fluidez outros idiomas, o que demostraba a fantástica dificultade da lingua daquel país único no mundo.

A xente que nunca chegaba a falala explicaba, na madurez ou na senectude das súas vidas e por tanto cando xa chegaran a reflexionar profundamente sobre o problema, que non se atrevían a falar a lingua porque aínda non estaban preparados; ou levando a man á cocorota e rascando co dedo índice dicían que lles parecía imposíbel ou que xa era demasiado tarde; ou, cunha vaga esperanza e confiando nas xeracións vindeiras, dicían A ver se os meus fillos o conseguen.

Dábanse algúns casos extraordinarios, si, de nenos e nenas precoces na aprendizaxe e uso do seu idioma, que chegaban á escola falando na súa lingua, se ben eran excepcións que confirmaban a regra: unha porcentaxe mínima entre a inmensa maioría dos que, acabados os estudos obrigatorios e mesmo os universitarios, non conseguían botarse a falar no idioma daquel inaudito país.

A xente que conseguía, por fin, algún día, e a pesar de todo, falar a lingua, animaba o resto a esforzarse un pouco máis, explicaban que si, que era posíbel, que supoñía un traballo considerábel, sobrehumano nalgúns casos, mais que o esforzo ao final pagaba a pena pois non todo o mundo podía dicir que era quen de falar a lingua máis difícil do mundo.

Era tan difícil que nas escolas mesmo había profesores e profesoras que non conseguían falala.

Era tan, tan difícil que case ninguén lle chamaba polo seu nome, por poñer o caso dunha palabra de uso común e corrente, ao cuberto cóncavo co que se come a sopa.

Era tan, tan, tan difícil que algunha xente nin sequera conseguía dicir Bo día, Ola, Boa noite ou Adeus.

Era unha lingua tan extremadamente difícil que mesmo había xente que, dada a dificultade e a frustración, acababa emigrando para outros países onde aprender a língua non fose un problema.

En aquel país, pequeño y prácticamente desconocido, había gente que tardaba años y años en ponerse a hablar en su lengua.

Nadie pudo explicar nunca –ni los científicos del National Geographic, que fueron los últimos que estudiaron la lengua de cabo a rabo– porque, mientras en las más de 5.000 lenguas del planeta la gente empieza a hablar las primeras palabras alrededor de los 13 meses de edad –de media, aproximadamente–, en esta lengua mucha gente tardaba años y años y en algunos casos más años en empezar a pronunciar las primeras sílabas.

Incluso se describió gente que nunca llegó a hablar en su lengua, en la suya precisamente, y que, por otra parte, no tuvo problemas para iniciarse y llegar a hablar con fluidez otros idiomas, lo que demostraba la fantástica dificultad de la lengua de aquel país único en el mundo.

La gente que nunca llegaba a hablarla explicaba, en la madurez o en la senectud de sus vidas y por tanto cuando ya habían conseguido reflexionar profundamente sobre el problema, que no se atrevían a hablar la lengua porque todavía no estaban preparados; o, llevándose la mano a la cocorota y rascándose con el dedo índice, decían que les parecía imposible o que ya era demasiado tarde; o, con una vaga esperanza y confiando en las generaciones venideras, decían «A ver si mis hijos lo consiguen».

Se daban algunos casos extraordinarios, sí, de niños y niñas precoces en el aprendizaje y uso de su idioma, que llegaban a la escuela hablando en su lengua, si bien eran excepciones que confirmaban la regla: un porcentaje mínimo entre la inmensa mayoría de los que, acabados los estudios obligatorios e incluso los universitarios, no conseguían ponerse a hablar en el idioma de aquel inaudito país.

La gente que conseguía, por fin, algún día, y a pesar de todo, hablar la lengua, animaba al resto a esforzarse un poco más, explicaban que sí, que era posible, que suponía un trabajo considerable, sobrehumano en algunos casos, pero que el esfuerzo al final valía la pena pues no todo el mundo podía decir que era capaz de hablar la lengua más difícil del mundo.

Era tan difícil que en las escuelas había profesores y profesoras que no conseguían hablarla.

Era tan, tan difícil, que casi nadie llamaba por su nombre, por poner un caso de una palabra de uso común y corriente, al cubierto cóncavo con se que toma la sopa.

Era tan, tan difícil, que alguna gente ni siquiera conseguía decir «Buenos días», «Hola», «Buenas noches» o «Adiós».

Era una lengua tan extremadamente difícil que incluso había gente que, dada la dificultad y la frustración, acababa emigrando a otros países donde aprender la lengua no fuese un problema.

Séchu Sende, «A lingua máis difícil», parece que de su libro Made in Galiza (2007), aunque yo no lo encuentre, conocido por el blog Viatger que s’extravia de Pau Sif.

Y por el blog de Séchu Sende conocí a Blanca, bosnia, y a Tom, inglés, y a su gallego común:

Leyendo a Arturo Pérez Reverte me reafirmo en qué según que marxistas-leninistas de confesión son mucho menos peligrosos que todas las Academias, inventadas por muy Reales que quieran ser, y, específicamente, que los actuales sillones cu minúscula, uve mayúscula, eñe minúscula y te mayúscula, de la docta reunión de jugadores de brisca de los jueves, que se suponen han de velar porque la lengua de este blog salga limpia como una patena, fijada como el código de la circulación y esplendorosa como un niño vestido de marinerito un domingo por la mañana del mes de mayo en España:

Olvidando, de paso, que la norma no se impone por decreto, sino que son el uso y la sabiduría de la propia lengua hablada y escrita los que crean esa norma; y que las academias, diccionarios, gramáticas y ortografías se limitan a registrar el hecho lingüístico, a fijarlo y a limpiarlo para su común conocimiento y mayor eficacia.

Dice el gachó, juez, parte y siete y media, como suele decirse. Impolutos, que son, él y sus conmilitones, puro espíritu sutil, nada mezquino. A mí ha habido algunos marxistas-leninistas que me han enseñado algunas cosas ciertas: la certidumbre de los conceptos, la validez de la polémica, la inquietud por la definición, el hecho de las revueltas campesinas en la Castilla la Vieja de antes de la Guerra Civil. Por ejemplo. Mucho más de lo que podrá enseñarme el sentido común: el de Arturo Pérez Reverte

Podrían dejarse de cuentos chinos. Reconocer que España es el payaso de Europa, y que Gibraltar pertenece a quienes desde hace tres siglos lo defienden con eficacia, en buena parte porque nadie ha sabido disputárselo. Y porque la Costa del Sol, donde los gibraltareños y sus compadres británicos tienen las casas, el dinero y los negocios, se nutre de la colonia; y sin ésta esa tierra sería un escenario más, como tantos, de paro y miseria. Así que declaremos Gibraltar inglés de una maldita vez. Acabemos con este sainete imbécil, asumiendo los hechos. La Historia demuestra que la razón es de quien tiene el coraje de sostenerla. Nunca de las ratas cobardes, escondidas en su albañal mientras otros tiran de la cadena.

o el del presidente cántabro Revilla.

Timeo academicos (tribunosque) et dona ferentes…