«Dos estudios de la mano izquierda de Erasmo. Estudio de la mano derecha escribiendo», Hans Holbein «El Joven», c. 1523, Museo del Louvre, París.

Ando liado con cosas de Erasmo (el Elogio de la locura que debía quizá ser mejor acastellanado en de la necedad) y con el manuscrito de Vitoria (Gasteiz), que tiene relación casi segura con uno de los manuscritos de la BNE (¡qué horror las trincheras con que me topé ayer en Recoletos cuando fui a oír decir sensateces deliciosas a Elisa Ruiz y sandeces nacionalistas –españolas– a uno de sus cointervinientes! Aderezadas de cierta homofobia discreta y pudibunda, además: una joya, el ingeniero. Y maño, pa[ra] remata[r]lo). Aparte, más que con simple amabilidad, con «colegialidad» digna de encomio, me llega un artículo de próxima aparición en Sefarad (inédito, por si no me pillaran), sobre el Alfonso de mis alegrías (y alguna pena). Y de paso me entero de que tengo un lector (complutense) más. Nunca sobran las cortesías: dadas sean igual que han sido recibidas. Habla del manuscrito de Leiden, sin duda uno de los más interesantes del corpus zamoresco. Entre otras cosas, tiene la penúltima y la última fecha de los escritos alfonsescos: 1545. Además, en los últimos doscientos años lo han debido de ver cuatro cinco seres humanos: Moritz Steinschneider, Albert van der Heide, el actual (y amabilísimo) conservador del fondo oriental de Leiden, Arnoud Vrolijk, y una restauradora de la misma Universiteitsbibliotheek, cuyo nombre ignoro, y Theodor Dunkelgrün. Así que yo seré el quinto sexto y las buenas artes y mejor oficio de Arnoud Vrolijk han conseguido lo que será una excelente noticia: el manuscrito Or. 645 de Leiden estará en línea, digitalizado en color y gratis, para estudio y deleite del atento público. Y como estará en la web de la Universidad de Leiden, todos seremos felices lectores, si nos diera por ahí, de semejante misterio zamoresco (otro día, hoy no, que llevo prisa, me permitirán contarles un puñadico de sus misterios).

Ya les digo que ando liado: en el mesecico parisino, no es que anduviera liado. Es que no hacía más que andar: como para pararse un momento. Que es lo que tiene cuando a uno se le escurren los días entre los dedos y las faenas pendientes de las hojas de la agenda. Es inevitable, supongo, que volver a la patria sea volver (para los que tenemos espíritu de caracol: de movimientos lentos pero de distancia segura) «al propio desconcierto»: en el extranjero, ese lugar de ningures que en el imaginario por ejemplo de mi muy española familia es cualquier lugar donde marche el chico (lo mismo Israel que Francia; igual Inglaterra que Portugal; tanto da Marruecos que Polonia), construirse un propio concierto es fácil. Todo es sencillo: «la nostalgia» (cuando la hay) «se escurre de los libros» y el país que uno deja atrás se conforma en la memoria como uno buenamente desea: en mi caso, Federico Jiménez Losantos tiene más de antiguo alumno de José Antonio Labordeta que de Savonarola de andar por casa; César Vidal Manzanares no es más que un hebraísta de poca monta, poco pelo y mucha barriga, en lugar de un obsceno marisabidillo que blande falsas bibliografías y lecturas aviesas como otros blanden epístolas como pistolas; Carlos Mendo no es más que un abuelete cebolleta, cuyo conocimiento del medio casi iguala los títulos de ingeniería de los jubiletas que se entretienen viendo obras pagadas por el Plan E. El mundo particular, el trocito de mundo que el azar del nacimiento y la testarudez de la crianza han insistido en llamar la patria de uno, tiene un sentido. Un consuelo de la propia estulticia y de la de sus conciudadanos, un alivio:

Miré
admiré
traté de comprender
creo que en buena parte he comprendido
y es estupendo
todo es estupendo
sólo allá lejos puede uno saberlo
y es una linda vacación
es un rapto de imágenes
es un alegre diccionario
es una fácil recorrida
es un alivio.

Pero, al final, no queda más remedio que la vuelta:

Pero ahora no me quedan más excusas
porque se vuelve aquí
siempre se vuelve.

Al volver, agazapado casi en cada esquina (en la primera comida familiar tras la vuelta, en el primer telediario, en el primer debate matutino, en el primer taxi, cuando uno va a ver a sus sobrinas fuenlabreñas…) me he topado (como los taínos se toparon con los colonizadores castellanos) con el «Caso Haidar». Y no me gusta lo que me he encontrado: una asunción general de la sinrazón de estado. La del Estado marroquí, la del español, hasta la del francés. Un olvido consciente de la necesidad del disenso, de la rebeldía, de la estupidez, si se quiere, pero motivada por lo que un espíritu esclarecido no puede dejar de ver sino como una apelación al «ansia infinita de paz y al mejoramiento social de los humildes», que decía el otro. Me ha compungido la acuciante necesidad del olvido, de la componenda con el pasado colonial español, con las trágicas consecuencias de la dejación de las funciones que competían al país del que soy ciudadano y del que he heredado la historia cuando, pronta a morir matando la decrépita dictadura que aún en 1975 regía España, el régimen y sus rectores se precipitaron a dejar que allá se las compusieran en lo que fue el Sáhara Occidental Español. De aquellos barros, de aquellos lodos, de aquella sinrazón primera vienen las tragedias de hoy. No reniego de nada: ¿cómo podría renegar? Al fin y al cabo:

este país que nunca sueña
de pronto se convierte en el único sitio
donde el aire es mi aire
y la culpa es mi culpa

Pero me acelera el pulso de temor la prestancia con que más conciudadanos míos de lo que hubiera querido se adueñan de mi aire y prescinden de la que fue culpa de nuestros gobernantes, pretéritos y actuales. Se niegan no tanto a la razón sino a la piedad. Y me urge a un cierto terror, que no quisiera haber conocido, a musitar, compungido como digo, un fragmento brutal del Caso Moro de Sciascia:

Forse ancora oggi il giovane brigatista crede di credere si possa vivere di odio e contro la pietà: ma quel giorno, in quell’adempimento, la pietà è penetrata in lui come il tradimento in una fortezza. E spero che lo devasti.

Quizá quiera todavía pensar el joven militante de las Brigadas Rojas que se puede vivir del odio y contra la piedad: pero aquel día, en aquel acto de disciplina, la piedad le ha invadido como la traición a una fortaleza. Y espero que lo devaste.

(Leonardo Sciascia, L’affaire Moro, 1978, reedición de Sellerio Editore, Palermo, colección «La rosa dei venti», nº 2, pág. 143).

No sé si Erasmo encontró música con que acompañar la necedad humana. Yo no: ustedes me perdonarán.

Actualización: Del nombre y circunstancia de la quinta persona en doscientos años que habría tocado el manuscrito Leiden, Universiteitsbibliotheek, Or. 645. Las cortesías son para acreditarlas.