Para N., N. y F., en su país de Italia.

«Ieri sera, uscendo per una passeggiata, ho visto nella crepa di un muro una lucciola.»
Ayer por la tarde, cuando salí a dar un paseo, he visto una luciérnaga en la grieta de una tapia.
Leonardo Sciascia, L’affaire Moro (1978).

«Fabrizio Clerici, 'Autorittrato, 1945», foto de Aron Mendez, 19 de julio de 2009.

«Fabrizio Clerici, 'Autorittrato, 1945», foto de Aron Mendez, 19 de julio de 2009.

Con cierta regularidad, la ciudadanía debe ponerse a recorrer la propia ciudad de la manera más efectiva: perdiéndose. Deberá abstraerse del cambio de línea por estar leyendo un libro (un libro del revés, que empieza en la derecha y acaba en la izquierda o quizá que cuenta primero el futuro para rematar su argumento en el pasado) y tener que bajarse a las voleras en San Bernardo (cuando tenía que haber hecho trasbordo en Ópera, aunque no sabe muy bien por qué, ahora que cae en la cuenta). Allegarse hasta Alonso Martínez con la justificada sospecha de que no podrá estar a la hora en Ciudad Lineal para seguir a Canillejas (y se equivoca: vuela, a veces vuela) y, con las panorámicas de la eterna obra incivil que es esta ciudad más suya que ninguna, intentar adivinar dónde recala el autobús que le llevará a un Barajas donde, por primera vez, llegará para no irse. Aprendido el autobús a Canillejas, volverá cumplida la despedida aeroportuaria para ver si es verdad que desde esa zona de guerra (la decencia cívica contra la alegría presupuestaria de todas nuestras administraciones –crimen de leso erario público–; por ejemplo, he ahí una buena guerra) hay algún autobús que sea artífice de la prístina transformación que busca: transformar la ignorancia de la propia ciudad (tan ancha y tan ajena como un mundo cualquiera) en un reconocimiento que, sin hacernos mejores, nos haga más ciertos. Y lo encontrará. El autobús, no necesariamente el reconocimiento. De Canillejas, pues, adonde la calle de Alcalá se confunde casi con el extraradio. Un paso fugaz por el Invernadero de las Ciencias sito en Albasanz de donde se cobra un buen botín: Les Traditions de l’hébreu des communautes juives du sud-ouest de la France –tomo primero–, realmente en hebreo israelí pero al gálico modo van más rápidos los dedos dactilógrafos; L’Hébreu au temps de la Renaissance –viejo conocido; tomo políglota con cierta mayoría francófona–; Hebrew through the Ages: In memory of Shoshanna Bahat, de estricta observancia israelófona que los autores llamarían seguramente hebreófona.

Marcha (otro autobús, hasta el Retiro) para desenvolver toda una aventura tan cívica como literaria. En una ciudad no tan lejana, se hacen en cierta librería unos paquetes tan dignos de elogio (con modesto papel de color acartonado y mucha maña) que no merecen otra cosa que ser fotografiados. Se le ocurre fugazmente, no siendo él fotógrafo (el ciudadano correcaminos no sabe muy bien lo que es: por eso pregunta, inquiere, barrunta, solicita –como el amor a la palma–, no tanto por saber lo que él sea sino porque lo que sí sabe es que son los demás, cuáles sus destrezas, cuántas –innúmeras– sus cortesías); no siendo él fotógrafo (decíamos) se le ocurre cómo sería fotografiar al fotógrafo. ¿Se parecerá acaso a escribir al escriba? Pide que le fotografíen el libro envuelto con tanto brío de mano experta como enviado con amor cierto («distintas son las hablas y distintos los hombres, &c.»). A la fotografía (que ya llegará: la vida apremia y las facturas la persiguen; eso tiene la independencia: siempre se paga. A primeros de mes, concretamente); a la fotografía (decíamos) no le falta menos amor que al envío. Luego, pero será bien luego, el ciudadano que empieza a encontrarse encontrará una luciérnaga en el libro. Pero será luego.
Ahora recorre un par de calles: le verías bajar entre señoras, señoronas, señoritas. Carne del Hernani que hace esquina no muy lejos. Al final del recorrido, bifronte y anticuario, el complejo donde, de cada lado (Serrano y Recoletos) se guarda la presunta memoria de la nación: se reconstruye, se vilipendia a veces, se difumina a ciencia cierta o mentirosa. Del lado de Recoletos, en la presunta Sala Hipóstila (tantas cosas presuntas en esta casa encantada: la memoria de los libros, por ejemplo. ¿Y la memoria de los lectores?) se alinean, con pies de foto de ciencia discreta nomás, las memorias (¿la memoria?) de los judíos españoles, en este caso sin disputas teológicas, pues español es todo aquel que vive y trabaja en España (y si no lo es debería serlo) y los que salen en las fotos son esos españoles de confesión judía (pues así se confiesan en estas fotos, cuya razón de estar juntas es precisamente el judaísmo de sus protagonistas). Es una formación profesional y muy personal. El ciudadano, que se pensaba a punto de encontrarse, casi vuelve a perderse.

Es una foto fechada con imprecisión impropia en 1950 y ubicada, con la misma imprecisión, en el Larache aún protegido por España. El aula es «moderna» (supone el ciudadano que esa sería la forma de describirla en su momento). Todos los presentes, posibles docentes, seguros discentes, todos con blusón de escolar de la época (ventanas amplias y luminosas a la derecha de la composición) estarían dando clase de hebreo. De hebreo moderno. En sus pupitres, los niños aprenderían los distintos poseedores de una pera (quizá la forma del posesivo; quizá los tiempos del imperativo de «decir» con partículas ya entonces arcaicas de cortesía verbal). Cree el ciudano que ve, en los protagonistas de la historieta en esa pizarra, quizá de la Escuela «Yehuda Haleví» del Larache de los años 50, época aún del Protectorado Español, sombreros Témbel pero seguro que es pura formación profesional (que está a dos letras tan solo de la deformación). Al lado izquierdo de la pizarra, se habla de los «pantalones»: eso y la partícula de genitivo no hace esta clase de hebreo para niños judíos del Protectorado Español una lección muy talmúdica. Encima, fácilmente reconocible, una fotografía enmarcada del dictador Franco con uniforme del ejército colonial español.
En un primer momento, se le pasa al ciudadano el detalle: no tiene costumbre de según qué aljamiados. Pero ahora sí, y lo lee:

ארריבה איספאניא
ויוה פראנקו

Con su ויוה vocalizado. Lo demás, ni falta hace: «Arriba España. Viva Franco».
No puede volverse a casa uno tranquilo.