«Si la Universidad te quema, quema tú la Universidad», («Pirómano», foto de Miguel Charrito, 5 de noviembre de 2007).

«Si la Universidad te quema, quema tú la Universidad», («Pirómano», foto de Miguel Charrito, 5 de noviembre de 2007).

Dos de cal:

Ramos Loscertales, el decano eterno, era un historiador medievalista solvente, de un impecable pasado científico y de un más que dudoso pasado político, determinado probablemente más por el miedo que por las convicciones. Nos explicaba en el primer año Historia universal y en el segundo, Historia de España. Sus clases eran amenas y eruditas, de una gran claridad expositiva, ponderadamente juiciosas y divertidamente irónicas. Sus exámenes de final de curso eran de una justicia ejemplar y de una generosidad infinita; constaban de tres partes: desarrollar por escrito un tema general, exponer una lección elegida por el alumno y contestar algunas preguntas concretas. Impartía sus lecciones, siempre de pie y sin quitarse el abrigo en invierno, a las doce y diez en punto, en el aula que había entre el Aula Magna y la Secretaría, que estaba a la derecha, subiendo la escalera regia de nuestras iconoclastas bromas antiunamunianas. A sus espaldas, tenía un gran retrato de Isabel II,

La Borbona frescachona.

La Borbona frescachona.

regordeta y despechugada, que le servía de frecuentes sarcasmos incisivos. Era delgado, présbite y de un acusado perfil ornitológico, además de ser un aragonés socarrón, de una sinceridad de calendario.

Manuel García Blanco, que explicaba Gramática histórica y Dialectología, discípulo de Menéndez Pidal y devoto unamuniano, era la honestidad, la amabilidad y el rigor personificados. Sus clases obedecían a un orden perfecto, poseedor de la virtud de la eficacia docente y de la discreción personal. Su fidelidad al Manual menendezpidaliano al uso era tan estricta que le había ganado el carñiñoso apodo de «don Manual García Blanco». Poseedor de un pozo sin fondo de chistes y anécdotas ingeniosas, sacaba a relucir constantemente este material gracioso, en momentos oportunos de sus lecciones, con simpatía y buena técnica narrativa, afinada por una larga costumbre. Perteneciente a una familia de la acomodada burguesía salmantina, conservaba en su persona y en su hacer un sabor de elegancia, a punto de pasarse de moda. Autor de numerosos trabajos de su especialidad, se ocupaba también de temas de literatura española y de historia local y preparaba por entonces su monumental primera edición de las obras completas de Unamuno, a quien había conocido y admirado mucho.

Y una de arena de las buenas:

Antonio Tovar, falangista de primera hora, servidor de Radio Nacional de la Guerra Civil, olímpico y desdeñoso, antipático, además de su cátedra de Lengua latina, estaba encargado naturalmente de darnos la Formación del Espíritu Nacional, que nos repateaba, a última hora de la mañana, en desoladas vísperas gastronómicas, con el estómago por los suelos. Recuerdo que hablaba de un vago nacionalismo exultante y una moral de cívicos filibusteros. Su hora de clase de Latín era insoportablemente aburrida y se limitaba a oír las balbuceantes traducciones de los alumnos, sin el menor comentario histórico ni filológico ni nada. Suponía que deberíamos saber traducir correctamente y, al no ser cierto, trataba de cubrir este vacío con desgana, malhumor y prisas. Un día que se lamentaba de no poder trabajar a causa del aislamiento bibliográfico de España, como consecuencia del cerco político que las democracias occidentales le habían puesto al gobierno del general Franco, el profesor Ramos Loscertales le contestó con sorna diciéndole que escribiera otra Sintaxis latina, cuando acababa de publicar su farragosa e inútil Sintaxis latina, aluvión de citas y profusión de ideas mostrencas.

Luciano González Egido, «Humanidades en la postguerra: un testimonio», en Luis Enrique Rodríguez-San Pedro Bezares (ed.), Historia de la Universidad de Salamanca, vol. iii:2: «Saberes y confluencias», Salamanca, Ediciones de la Universidad, 2006, pág. 786.