For all their variety of subject matter, the essays collected here converge in method as well as in thesis. They assume that feats of scholarship are just as complex—and require just as rich and flexible a set of interpretative techniques—as feats of philosophical or scientific work. The scholar reasoning about a difficult text works within a set of contexts. Personal needs and circumstances, professional customs and institutions, long-standing intellectual and technical traditions, and recent polemics all shape his methods and help to dictate his conclusions. He is the prisoner of his own tastes and obsessions, interests and insentivities. His deceptively modern-sounding arguments often address now-forgotten and unlikely issues or follow from now-obscure and alien premises. Hence no early work of classical scholarship—however austerely technical and modern it may seem—can simply be read off like a modern journal article (not that these lack their own subterranean politics of allusion and quotation, often imperceptible to the outsider). Only systematic comparison between a given work under analysis and many earlier and contemporary texts can make the modern reader familiar with the inherited technical language a past scholar used; without the familiarity one cannot distinguish between the novel and the traditional, the original and the tralatitious. Only careful study of the responses that the work in question evoked from contemporary and later scholars, finally, can enable the modern reader to uncover its original agenda of personal and technical polemics. And only an inquiry that gives due attention to each of these factors can do historical justice to a complex work of scholarship.

 

Por mucha que sea la variedad de los asuntos que se tratan, los trabajos aquí reunidos convergen tanto por el método como por la tesis. Parten de que las proezas de la erudición son igual de complejas que las proezas del trabajo filosófico y científico (y necesitan de un conjunto de técnicas interpretativas igual de ricas y flexibles). El investigador que discurre a propósito de un texto difícil trabaja dentro de una serie de contextos. Necesidades y circunstancias personales, costumbres e instituciones profesionales, tradiciones intelectuales o técnicas de antiguo origen, polémicas recientes: todo da forma a sus métodos y ayuda a concluir lo que concluye. Es prisionero de sus propios gustos y obsesiones, de sus intereses y su mútila sensibilidad. Sus argumentos engañosos que suenan a moderno suelen referirse a asuntos hoy olvidados o imposibes, o se infieren de premisas hoy tan oscuras como ajenas. Por esto, ningún trabajo antiguo de erudición clásica puede evaluarse como un artículo de periódico moderno (y no es que estos anden faltos de su propia política subterránea de alusiones y citas, a menudo imperceptibles para los no iniciados). Solo la comparación sistemática entre un trabajo que se analice y muchos textos antiguos o contemporáneos puede proporcionar al lector moderno la familiaridad necesaria con el lenguaje técnico heredado que usó un erudito del pasado. Sin esa familiaridad, no se puede distinguir entre lo novedoso y lo tradicional, lo original y lo transmitido. Solo el estudio cuidadoso de las respuestas que el trabajo en cuestión despertó en los eruditos coetáneos o posteriores puede, por último, permitir al lector moderno desvelar los presupuestos primeros de ánimo personal e intención polémica. Y solo una indagación que dé la debida atención a cada uno de estos factores puede hacer justicia histórica a la compleja obra de la erudición.

 

Anthony Grafton, Defenders of the text: The traditions of scholarship in an age of science, 1450-1800, Cambridge MA, Harvard University Press, 1991 (primera edición en rústica, 1994), págs. 12 y 13.

 
 

Nunca es tarde si la dicha es buena: aparte de leerme esta pieza, una más para considerar la obra de Grafton una de las más estimulantes que pululan por los anaqueles de las bibliografías sobre la época y los tiempos de Alfonso de Zamora, nunca sobra advertirle retrospectivamente al autor que donde de the scholar reasoning pronombra he («él» por presunta antonomasia gramatical) bien podría haber ido una she («ella») que nos apartara de recaer en la funesta manía de generalizar solo en género masculino. ¿Una tontería? Bueno, tanto como decir que, habiendo la común lengua española (en España se entiende; ¿o en el resto del Imperio?) para qué nos vamos a complicar hablando lenguas dignísimas pero poco eficaces. Ya se sabe que la diversidad, por muy bella y muy loable que resulte, es fundamentalmente poco eficaz. Ya lo decía don Gregorio (Peces-Barba) y don Gregorio (Salvador), gentes ambas de orden como son. Del orden establecido, concretamente, en el que tan fructífera carrera han hecho ambos (y no pocos de su eficacísimo pensamiento). Primum uiuere, que el Talmud dice que «si no hay de qué comer [‘trigo’], no hay de qué discurrir [‘la Torá’]».

 

Luego:

Es prisionero de sus propios gustos y obsesiones, de sus intereses y su mútila sensibilidad. Sus argumentos engañosos que suenan a moderno suelen referirse a asuntos hoy olvidados o imposibes, o se infieren de premisas hoy tan oscuras como ajenas.

 

Salvo porque el muerto está muy vivo y nada olvidado, suscita la comparación con el plaisir malin que se permite Pierre Guichard en la meritoria entrevista que le hicieron hace tres días en Calpe los harqueros, cuando habla de que Eduardo Manzano Moreno hace, en su Conquistadores, emires y califas. Los Omeyas y la formación de Al-Ándalus (Barcelona, Crítica, 2006) donde le pega un buen repaso precisamente a Guichard, un ejercicio de «continuismo» historiográfico con los Beni Codera de Francisco Javier Simonet, Francisco Codera, Julián Ribera, Miguel Asín Palacios, Emilio García Gómez o Joaquín Vallvé (dignísimo profesor, por cierto), adictos a las impresiones de viajes de esta laya:

Hoy es posible que vaya a Belén y los días que siguen asistiré a los oficios y Vía Crucis en los mismos lugares en los que se verificó la Pasión del Señor. Jerusalén es maravilloso, con sus callecitas en cuesta y abovedadas. ¡Lástima que haya tanto judío!

 

No es que Guichard le susurre (porque lo dice sin hablarlo) «esencialista» y «nacionalista» (¿y «nacional-católico»?), siendo Manzano Moreno el autor de «El problema de la invasión musulmana y la formación del feudalismo: un debate distorsionado», en María José Hidalgo, Dionisio Pérez y Manuel J. R. Gervás (eds.), «Romanización» y «reconquista» en la Península Ibérica : nuevas perspectivas, Salamanca, Universidad, 1998, págs. 339-354; «La creación de un esencialismo: la historia de al-Andalus en la visión del arabismo español», en Manuel Feria y Gonzalo Fernández Parrilla (eds.), Orientalismo, exotismo y traducción, Toledo Escuela de Traductores, 2000, pags. 23-38; o «La construcción histórica del pasado nacional», en Juan Sisinio Pérez Garzón (ed.), La gestión de la memoria : la historia de España al servicio del poder, Barcelona, Crítica, 2000, pàgs. 34-62; sino que el plaisir malin no deja de ser un conjuro de demonios personales poco justificables y una muestra de poca cintura polémica.

 

No se me confundan: a mí, en realidad, me da un poco igual, porque a ninguno de los dos autores, Guichard o Manzano Moreno, le importan un ardite los judíos. Es cosa de principios, nomás.

 

Consuelo: que Matano me dijera que, vista por dentro la casa de los científicos-científicos (ecuaciones, teoremas; cosas de valor, vamos), los asuntos se ventilan igual: con ecuaciones de buenos o malos quereres (los mismos que salvaban o fusilaban en la tapia del cementerio de Monreal en la Guerra Civil) más que con fundamentos de muchos o pocos valeres. Y que R. me advirtiera de que no fuera a creer, que entre germanistas y eslavólogos, catedráticos y más de un titular no andaban más sobrados de lengua que entre arabistas y hebraístas. Gracias al Cielo que aún nos quedan claves gnósticas, casi místicas, de comprensión del mundo: RPTs, por ejemplo.

 

Coda: Dios nos libre a los madrileños de los Juegos Olímpicos de 2016.