Davvero sempre fin quasi dalla tenera e puerile età, ogni mia fatica, ogni mia opera, cura e attenzione rivolsi a procurarmi, per quanto possibile, libri in ogni genere di disciplina […]. Perché i libri sono pieni delle voci dei sapienti, pieni degli esempi dell’antichità, pieni di costumi, pieni di leggi, pieni di religione. Vivono, si conservano, parlano con noi, ci istruiscono, ci ammaestrano, ci consolano e le cose lontanissime dalla nostra memoria le offrono quasi presenti e le pongono davanti ai nostri occhi.

 

De cierto siempre, hasta casi desde mi más joven y tierna edad, he dispuesto mis trabajos, obras, cuidados y atenciones todos en procurarme, tanto como fuera posible, libros de todo género y disciplina […]. Porque los libros están llenos de las voces de los que saben, llenos de los ejemplos de la antigüedad, llenos de costumbres, llenos de leyes, llenos de religión. Viven, se conservan, hablan con nosotros, nos instruyen, nos avezan, nos consuelan y, las lejanísimas cosas de nuestra memoria, nos las aportan casi presentes y nos las ponen delantes de los ojos.

 

Paolo III con suoi nipoti RECORTE Alessandro

Come stupirsi se da queste aspirazioni era nata la stagione aurea che ora si stava per chiudere? Della Casa, che si scandalizza nel vedere circolare il libro del Valla a Venezia, pericolosamente diffuso in volgare e quindi accessibile ad un pubblico pressoché illimitato, apparteneva alla generazione che si era giovata di quella passione per la libertà e la cultura, e che aveva spinto la libertà e la cultura fino ai limiti, e molto oltre, della licenza. Eppure, poco più che quarantenne, non esita a trasformarsi in censore e assassino della libertà. Tutto, come rivelava Pasquino, nella speranza di una porpora cardinalizia. È pieno di significato che proprio all’intellettuale che meglio e più di tutti incarnava fino a pochi anni prima lo spirito dei tempi, la libertà e l’eleganza, venga attribuito dalle istituzioni di controllo il compito di cancellare quella libertà. Della Casa svolse questa missione senza esitazioni. Nel 1549 è lui, che aveva cantato le gioie della sodomia, che aveva frequentato senza scandalo i circoli intelletuali più liberi del su tempo, che aveva svolto il ruolo di mezzano per conto del voglioso ed esuberante cardinale Alessandro Farnese, che scambiava con gli amici i sonetti e le donne compiacenti, lui si decide a compilare il primo indice dei libri proibiti. Volgeva le spalle a molti amici, sensa esitazione, e non era l’unico in Italia se si pensa che perfino l’incontenibile Pietro Aretino sentì più meno negli stessi mesi la necessità di comporre un’operetta morale, che fu ad ogni modo negletta dai nuovi padroni di Roma. Non mancò chi fece notare con asprezza al Della Casa l’ipocrisia della propria parabola. Fu Pier Paolo Vergerio, vescovo di Capodistria, che da Venezia, dove con lui aveva intrattenuto rapporti più che cordiali, era scappato in Svizzera, alla ricerca di aria più pulita di quella che ormai appestava l’Italia. Conosceva benissimo Della Casa e i suoi vizi, al punto di ironizzare pesantemente sul «impurissimum satanicumque Archiepiscopum». Ma il grande salto compiuto rinnegando i principi e i legami di una vita intera non servirono al cupo nunzio di Venezia ad ottenere la ricompensa per la quale si era venduto. La porpora cardinalizia sfumò con la morte di Paolo III, nel 1549, e gli anni che seguirono segnarono un lungo inesorabile allontanamento dalla sfera del potere. Infine arrivò la beffa, poco dopo la sua morte, con l’Indice di Paolo IV, nel 1559, dove tra i libri proibiti comparvero le sue rime. La lama che lui stesso aveva affilato finiva per trapassargli il cuore.

 

Paolo III con suoi nipoti RECORTE Ottavio

¿Cómo asombrarse que de estas aspiraciones naciera la época áurea que estaba ahora por concluir? Della Casa, que se escandaliza al ver circular el libro de Valla en Venecia, peligrosamente difundido en vernáculo y accesible por tanto a un público prácticamente ilimitado, pertenecía a la generación que había gozado de aquella pasión por la libertad y la cultura, y que había consumido la libertad y la cultura hasta los mismos límites, y más allá, de lo licencioso. Sin embargo, con poco más de cuarenta años, no duda en volverse censor y asesino de la libertad. Todo, como revelaba Pasquino, con la esperanza de la púrpura cardenalicia. Está preñado de significación que, al mismo intelectual que de mejor manera y más que ningún otro había encarnado hasta pocos años antes el espíritu de la época, la libertad y la elegancia, las instituciones le encarguen anular tal libertad. Della Casa desarrolló esta misión sin siquiera dudarlo. En 1549 él, que había cantado los gozos de la sodomía, que había ejercido de celestino con frecuencia a cuenta del concupiscente y exhuberante cardenal Alejandro Farnesio, que compartía con los amigos sonetos y mujeres complacientes, resuelve compilar el primer índice de libros prohibidos. Daba la espalda a muchos amigos, sin dudarlo, y no era la único en Italia si se recuerda que, hasta el incontenible Pietro Aretino, sintió más o menos en los mismos meses la necesidad de componer una obrilla moralizante, que los nuevos amos de Roma desdeñaron completamente. No falto quien hizo notar con aspereza a Della Casa lo hipócrita de la parábola que representaba su proceder. Desde Venecia, Pier Paolo Vergerio, obispo de Capodistria, con quien Della Casa había mantenido relaciones más que cordiales, había huido a Suiza buscando aires más limpios que los que apestaban Italia en aquel momento. De sobra conocía a Della Casa y sus vicios, tanto como para ironizar sin ambages sobre «impurissimum satanicumque Archiepiscopum» (‘el impurísimo y satánico Arzobispo’). Pero ni la gran cabriola de haber renegado de los principios y vínculos de toda una vida sirvieron al turbio nuncio de Venecia a conseguir la recompensa por la cual se había vendido. La púrpura cardenalicia se esfumó al morir Pablo III, en 1549, y los años que siguieron fueron de un largo e inexorable alejamiento de la esfera del poder. Incluso se dio ocasión de la mofa pues, poco después de su muerte, en el Índice de Pablo IV de 1559, aparecieron sus rimas entre los libros prohibidos. El cuchillo que él mismo había afilado acababa atravesándole el corazón.

 

Antonio Forcellino, 1545: Gli ultimi giorni del Rinascimento, Roma y Bari, Giuseppe Laterza & Figli, 2008, págs. 200-202 (citando la carta del Cardenal Besarión [Βασίλειος Βησσαρίων] a Cristóbal Moro, dux de Venecia, del 31 de mayo de 1468, en que le comunica su deseo de donar su biblioteca a Venecia, editada por Cesare Vasoli, Le filosofie del Rinascimento, Milán, Bruno Mondadori, 2002, pág. 68).

 

«viendo la lentitud con que se pierde
serenando su fin tanta hermosura,
dichosa de valer cuando más arde»


No es que, por unas cosas u otras, nunca me aleje demasiado de Italia, pero las dos semanas últimas quizá la cosa ha sido más intensa, intentando cuadrar un informe de lo realizado gracias a pasadas liberalidades de la esclarecida institución que tiene sede, precisamente, en el Palacio Farnese o Farnesio (la familia del papa Pablo III que sale hoy por aquí) en la plaza homónima romana. Tal informe (¿hay que explicarlo?) debería propiciar liberalidades futuras de la misma casa. Estas semanas me ha acompañado la bella prosa de Forcellino, poniéndole contexto a un año decisivo para Alfonso de Zamora: 1545. Toda tesis doctoral (y todo doctorando) tiende a la misantropía según avanza el tiempo de investigación. Qué les voy a decir si el tiempo es, además, de escritura: un acabóse, un sindiós social, una reclusión cartujana. Me dicen ahora que pondremos pronto remedio a mi encierro comiendo chufas (exprimidas) y que, algunos días después, cumpliré uno de mis sueños más preciados, junto a retirarme (a la sombra de dos higueras que tendrán puesta entre ellas una hamaca caribeña y un plato de olivas negras de empeltre, aragonesas) más pronto que tarde con caudales suficientes como para dedicarme a las dos únicas actividades serias que pretendo hacer en este mundo: traducir al español la obra completa de Vicent Andrés Estellés y montar un grupito de eruditos (¿a la violeta?) para poner en el mismo romance castellano el Talmud. De Babilonia.

Pero me pierdo. En realidad, lo que les quería decir es que, para sacarme del encierro misantrópico, aparte de llevarme a beber chufas, me han propuesto hacerme padrino de una niña (con su bautizo y toda la pesca). Que era, de hace años, uno de mis sueños privados. Ea.

La condición de ahijada de la que salía por aquí el otro día y que confundía conceptos («lengua», «dialecto», lirili, lerele…), confusión que ya le fue convenientemente censurada aunque aclarar qué sea una lengua y qué un dialecto escape de los parcas y pocas sabidurías de los lingüistas, era en realidad fruto de una convención estrictamente privada, estrictamente incorrecta y estrictamente falta de toda sanción eclesiástica. No como la niña a la que tengo feliz obligación de prohijar dentro de unos días.

Lo que es, claro, una feliz ocasión.

En resumen: ando entre encerrarme y exclaustrarme y, a medias, queda Italia. Y 1545, lo que nos lleva, de rondó, a Estambul. O quizá no. Y, con seguridad, a Leiden, aunque aún no se sabe si para hacer algo, cuarto y mitad de algo, o poco más o menos, nada.

Pero eso ya se lo cuento otro día. De momento, quédense con el contexto de 1545, arriba explicado.

Ilustraciones: detalles del cuadro Pablo III con sus dos sobrinos, Alejandro y Octavio Farnese, de Ticiano (1546), actualmente en la Galería Nacional del Museo de Capodimonte, Nápoles.