Antonio de Nebrija, Tertia quinquagena, reimpresión de Arnaldo Guillén de Brocar, Alcalá de Henares, 1516.

Antonio de Nebrija, Tertia quinquagena, reimpresión de Arnaldo Guillén de Brocar, Alcalá de Henares, 1516.

El otro día se me ocurrió buscar una referencia. Algo muy desagradable que puede acarrear inopinadas y graves consecuencias al desustanciado doctorando que se dedica a malgastar su escaso tiempo en comprobar lo que dice en vez de escribir, sin más, lo que tiene que decir.

Era una cita de los Tertia quinquagena de Antonio de Nebrija que de vez en cuando me da por citar, y en latín, lo que da idea de mi estupidez latinesca de petimetre:

Arduum est nomina rebus et res nominibus reddere.

Como si dijéramos:

Arduo es devolver los nombres a las cosas y las cosas a los nombres.

Redondo, ¿no? Según Nebrija, es una cita del «proemio» a la Historia natural de Plinio. A mí me ha parecido un eslogan sin par de lo que significa el trabajo de historiar, aplicando «historiar» a cualquiera de las facetas de las ciencias de lo antiguo.

Como decía, esto sale en el apartado dedicado al porphyrio (§ xxxv), término de realia bíblica que el maestro Antonio identifica con el «calamón» de su patria andaluza. Como los Tertia quinquagena bien merecen una explicación de su circunstancia de redacción y de su intención antes de seguir y como Marcel Bataillon ya lo dejó explicado mucho mejor de lo que yo podría hacerlo, copio el fragmento correspondiente de la competente traducción española (segunda edición, corregida y aumentada) que le hizo Antonio Alatorre a su Erasmo y España («estudios sobre la historia espiritual del siglo xvi», México, Fondo de Cultura Económica, 1966, primera edición francesa de 1937), págs. 32 y 33:

Nebrija no se había quedado mano sobre mano; lejos de ello, y en espera de tiempos mejores, había vuelto a emprender el trabajo confiscado por [el inquisidor general Diego de] Deza [1443-1523]. Ahora bien, en 1507 luce una esperanza nueva para los estudios bíblicos. Deza, comprometido por las crueldades de[l inquisidor Diego Rodríguez de] Lucero en Córdoba, se ve obligado a dimitir, y el propio Cisneros, recientemente elevado a la dignidad de cardenal, es quien le sucede como Inquisidor General. Aquel a quien Nebrija había invocado en vano como árbitro es ahora juez supremo. Entonces es cuando le dedica su «Tertia quinquagena» [(«La tercera serie de cincuenta»)], conjunto de disertaciones filológicas acerca de cincuenta pasajes de la Biblia, cuyo número ordinal (‘tertia’) era probablemente una alusión discreta al primer trabajo, confiscado por Deza, y al segundo, cuya aparición había estorbado el mismo Inquisidor.

Casi todos los términos sobre los cuales quiere Nebrija hacer brillar la luz de la filología pertenecen a lo que se podría llamar el campo de los ‘realia’ de la Biblia. Unas veces parte de una observación, certera o falsa, de un glosador como Nicolás de Lira, o de autores mucho más oscuros, como aquel Jacobus Constantinus cuya «Hecatostys» o ‘centuria’ de observaciones descubrió él mismo un día que escudriñaba, según su costumbre, los rincones de las muchas librerías de Salamanca. Otras veces acude a sus propios recuerdos: hablando del onocrótalo, afirma haber visto en dos ocasiones este pájaro, una vez de cerca en una plaza pública de Bolonia [JdPP: de Italia, no la deliciosa de Tarifa], donde se le exhibía como curiosidad, y otra, de lejos, en su Andalucía natal, a orillas del Guadiana. Su conocimiento de los naturalistas antiguos le permite distinguir dos pájaros que durante largo tiempo había confundido, e identificar el ‘porphyrio’ con el calamón de su tierra, mientras que el ‘phoenicopterus’ no es sino el flamenco, igualmente común en Andalucía. Preguntándose a qué responden, en realidad, ‘simila’ y ‘similago’, acude a los hebraizantes para saber el sentido de la voz hebrea ‘soleth’. Es la flor de harina que servía para hacer los panes de la proposición, el acemite de los andaluces, la materia prima del alcuzcuz que tanto gusta a los moriscos y negros, [§xlii: «Mauri atque Aethiopes qui apud nos degunt suum illum peculiarem cibum concinnant, quem sine honoris praefatione nominare non licet, alcuzcuz appellant»: ‘los moros y etíopes que entre nosotros residen, preparan aquella particular comida suya, que no es lícito nombrar sin un prólogo de honor, denominan alcuzcuz’], la sémola de los aragoneses [JdPP: y de los «tarraconenses» o ¿catalanes? ¿O de los «tarraconenses» romanos que luego se hicieron «aragoneses», es decir, súbditos todos del Rey de Aragón?]. Y Nebrija tiene buen cuidado de informar al lector que de las tres clases de trigo, ‘robus’, ‘silignis’ y ‘trimestre’, sólo el primero, el rubión de los españoles, se presta para tamizar la flor de harina, y especialmente en Andalucía.

¿En qué podía perjudicar a los teólogos este género de observaciones? Su único objeto era hacer que la interpretación de la Biblia se aprovechase de una ciencia que Plinio reputaba ardua, y en la cual, según el testimonio de sus compañeros, él se había hecho maestro: poner cosas para los nombres y nombres para las cosas, nada más inocente, en verdad.

Leamos hasta aquí. Ese «poner cosas para los nombres y nombres para las cosas» que le hace decir Antonio Alatorre a Marcel Bataillon es el trasunto arromanzado de la frase que Nebrija le atribuye a Plinio y que casi empezaba este apunte:

Arduum est nomina rebus et res nominibus reddere.

Solo que si uno va a la «praefatio» (no «proemium», aunque la variación sinonímica sea menor) de la Historia natural de Plinio, no encuentra esta frase por ningún lado. Y aún les diré que antaño podían darse dudas, porque había que leer las cosas para emitir un juicio, pero en esta nuestra feliz edad informática basta con un Ctrl. + F (si se usa Firefox) para asegurarse de que el feliz eslogan nebrisense no es una ocurrencia pliniana. Por no hacer falta, no hace falta ni leer. Pero no, ¡ay!, en el caso que nos ocupa.

Así que había que leer, confiando en que la solución no estaba muy lejos. Y no lo estaba: bastaba con llegar al párrafo xv de la «praefatio» de la Historia natural:

Res ardua vetustis novitatem dare, novis auctoritatem, obsoletis nitorem, obscuris lucem, fastiditis gratiam, dubiis fidem, omnibus vero naturam et naturae suae omnia. Itaque etiam non assecutis voluisse abunde pulchrum atque magnificum est.

Ardua cosa es dar condición de nuevo a lo antiguo, autoridad a lo nuevo, brillantez a lo obsoleto, luz a lo oscuro, gracia a lo repugnante, certidumbre a lo dudoso, a toda cosa una naturaleza que de verdad lo sea y a su naturaleza cada cosa. Así, llegado el caso de no conseguirlo, haberlo querido ya es de sobra hermoso y magnífico.

Pero que tengáis con qué criticarme a sabiendas y con conocimiento, esta es la traducción del mismo fragmento de Plinio que propuso el notable polígrafo Jerónimo de Huerta, publicada en 1624:

Cosa es difícil dar novedad a las cosas viejas, autoridad a las nuevas, lustre a las desusadas, luz a las escuras, gracia a las desgraciadas, y fe a las dudosas; pero más difícil es dar su naturaleza a todas las cosas, y dar a su naturaleza todas las propiedades secretas. Y assí quando esto no se pueda alcançar, o hazer, solo aver querido, es obra grandemente magnífica y bella.

Si lo de arduum est nomina rebus et res nominibus reddere era ya redondo, esto de res ardua vetustis novitatem dare &c. es ya para quitarse el sombrero (si aún lleváramos) y prorrumpir en entusiastas «¡ole, ole y ole!». Pero el caso es que, leído Plinio y entendido, sin que Antonio de Nebrija se vaya muy lejos de la intención del texto del enciclopedista romano, no cita sus palabras: las recrea.

Lo que me llamó la atención es que a nadie le hubiera llamado la atención y descubrir, por mi propia incompetencia de citador, que la competencia de los otros, antes que llevada por la curiosidad, se cimenta en el respeto de la autoridad: la de Antonio de Nebrija, en este caso. Ni Marcel Bataillon, que cita y glosa la cita sin más comentario de atribución que el Plinio que nos asegura Nebrija, ni Max Aub (o, más bien, un profesor de latín que citaba un Plinio apócrifo, leído seguramente tan solo en la recreación nebrisense), ni algún autor en los Papeles celíacos de Son Armadans, ni Américo Castro, ni Germà[n] Colon, ni Antonio Carreño, ni L. Núñez Ladevèze, que lo toma de eslogan erudito como quien toma una recreación de las que nunca han existido en el idioma original pero circulan con alegría entre los sabios. «Se non è vero, è ben trovato», como ejemplo paradigmático de las lenguas modernas.

Todos los citados han recorrido la senda que tendrían que haber recorrido de la mano de Plinio tuertos y bizcos por la autoridad intermediaria de Nebrija. Como yo mismo. Sin caer en la cuenta, ninguno de nosotros, de que el argumento de autoridad no es argumento sino simplemente autoridad y una de las pocas cosas ciertas que se puede decir de la erudición es que será subversiva o no será.

Seguramente haya desmemorias mucho más urgentes que remediar para el buen gobierno de las cosas de este mundo, como no perder los papeles de los susceptibles de ser condenados por afrentas al común consenso de la justicia y al erario de que dispone el gobernante para la promoción del bien común y la búsqueda de la felicidad:

¿Dónde están las cajas con documentación del caso Gürtel que quedaban sin desprecintar a finales de julio y que debían remitirse de Madrid a Valencia, cuando la causa aún estaba abierta? El Tribunal Superior de Justicia (TSJ) de Madrid afirma que salieron en su momento, mientras que en el de Valencia dicen que aquí no están.

La documentación afecta a los cabecillas de la trama en Madrid, Francisco Correa y Pablo Crespo, y al gerente de Orange Market, Álvaro Pérez. El juez madrileño consideró que debían ser imputados también en Valencia por los regalos de trajes a autoridades valencianas al tratarse de delitos conexos, como afirmaba la Fiscalía Anticorrupción. Las diligencias fueron archivadas por el TSJ valenciano cinco días después de esta decisión judicial.

El asunto de las cajas siempre ha sido polémico en este caso que afecta al PP de Madrid y que provocó una investigación al presidente Francisco Camps y a otros tres altos cargos del PP valenciano por un delito de cohecho.

(vía la Fam de fum – «infrablog subaltern de d’incontinències i fragilitats» – de Josep Porcar)

evitando de esta manera que los juzgables sean condenados y que los juzgadores, íntimos correligionarios y compadres de los juzgables, se vean en el brete de impartir la justicia que el orden de las cosas exige aunque a sus connivencias privadas y corruptas repugne. Pero la base de las repúblicas ordenadas es precisamente esa, la ceguera de la justicia y la repugnancia de las connivencias, y así debería ordenarse esta nuestra república y su memoria, cimentada en un «ansia infinita de paz, el amor al bien y el mejoramiento social de los humildes». O algo así. Nunca en la desmemoria, en las pérdidas o en los olvidos. O en la autoridad de esa desmemoria.

«Di, perra mora» de Pedro Guerrero (1528-1599), interpretado por Hespèrion XX con la dirección de Jordi Savall, El Cancionero de Medinaceli, 1516-1556: música en el tiempo de Carlos V, Astrée (Auvidis), n.º de catálogo: E 8764, 1992.