[En la misma serie.]

As I write this, I still have 10 days until the end of my reserve service in the West Bank. It is my first service in the Palestinian territories in nine years. Until then I was a platoon commander in an infantry unit, and served on a regular basis in the West Bank and on Gaza strip, both during mandatory duty and on reserve. Seven years ago I decided I will not take part in the occupation anymore, and refused to enlist to my yearly service. I was sentenced to 28 days in army prison no. 6, and later removed from my commanding post. When the next call came, I was transferred to a civil defense unit (again, as platoon commander), which usually doesn’t carry out such missions. But lately the army changed its policy, and my unit was called for a 26 days service in the Jordan Vally area. Not “hardcore occupation” like the things I used to do in Hebron or Ramallah, but still, inside the West Bank.

«Soldaten spielen Karten Skat», foto de Drakegoodman, 13 de junio de 2009.

«Soldaten spielen Karten Skat», foto de Drakegoodman, 13 de junio de 2009.

En el momento de escribir esto aún me quedan diez días de reservista en Cisjordania. Hacía nueve años que no estaba destinado en los Territorios Palestinos. Hasta entonces estuve al mando de un pelotón en una unidad de infantería, y estuve destinado habitualmente en Cisjordania y la Franja de Gaza, tanto durante el tiempo de mi servicio obligatorio como en funciones de reservista. Hace siete años decidí que no iba a participar nunca más en la Ocupación y me negué a alistarme para mi servicio anual. Me condenaron a 28 días en la prisión militar n.º 6 y me relevaron del mando. A la siguiente convocatoria, me trasladaron a una unidad de protección civil (nuevamente al mando de un pelotón), a la que habitualmente no se le encargan ese tipo de misiones. Pero el Ejército ha cambiado últimamente de política y han destinado a mi unidad a un periodo de 26 días de servicio en la zona del Valle del Jordán. Nada de «ocupación dura», como lo que hacía en Hebrón o en Ramalá pero, eso sí, dentro de Cisjordania.

What do I do here? That’s what I’ve been asking myself in the last two weeks. I don’t think I have the best answers yet, but I will try to share some of my thoughts on the matter here.

My first conclusion is that I just got weak. Nine years ago, after serving in South Mount Hebron, I understood there are no more excuses for taking part in what’s going on there. I explained this to my commanding officers, and when they insisted on calling me to serve, I was willing to do what I though was right. Military prison itself wasn’t that bad, but the whole process was emotionally demanding in a way that none-Israelis might find hard to understand. Explaining my actions to the people I worked with and to my family – repeating the same arguments over and over again – was extremely exhausting. Then, when an officer in my unit was killed in Jenin, confronting the rest of my friends in the army became almost impossible. The truth is I just didn’t want to go through all of this again.

¿Qué hago aquí? Eso es lo que llevo preguntándome desde hace dos semanas. No me parece que haya logrado aún tener las respuestas que convienen, pero trataré a continuación de compartir algunas de mis reflexiones sobre el asunto.

Mi primera conclusión es que, sin más, me he vuelto débil. Hace nueve años, cuando me destinaban a la zona sur del Monte Hebrón, entendí que ya no cabían excusas para seguir tomando parte en lo que allí ocurría. Les expliqué esto a mis superiores al mando y, al insistir en convocarme para el servicio, estaba dispuesto a hacer lo que creía que había que hacer. La prisión militar como tal no fue tan mala pero todo por lo que pasé me exigió enormemente desde un punto de vista emocional, de una manera que los que no sean israelíes encontrarán difícil de entender. Explicarles lo que estaba haciendo a mis compañeros de trabajo y a mi familia (repitiendo los mismos argumentos una y otra vez) resultó tremendamente agotador. Después, cuando mataron a un oficial de mi unidad en Yenín, dar la cara con mis amigos del ejército resultó casi imposible. La verdad es que no quería volver a pasar por todo eso.

I can give here some other excuses against refusing: for example, that since my unit would have gone there anyway, it’s best that I will do the Job, since I might be more sensitive to the Palestinians. But I never liked this kind of rationalization. I believe that the way people behave on uniform has more to do with their character than with their political affiliation. I’ve seen right wing guys who were decent and polite with the Palestinians and so called leftists who were cruel and indifferent. The problem is not with the soldiers themselves, but with the whole situation.

I can argue that refusing doesn’t carry the same political impact as it used to have. Nobody cares much what the diminished left does or say, and there are enough people willing to do the job. Dov Weisglass, PM Ariel Sharon’s consultant, once said Sharon initiated the withdrawal from Gaza because of the Geneva Accord and the refuzniks movement. Such momentum doesn’t exist now. On the other hand, do we choose to engage in political action just because we have a chance to succeed, or because it is the moral thing to do?

«Tsahal girls», foto de Robbie Stapleton, 5 de agosto de 2007.

«Tsahal girls», foto de Robbie Stapleton, 5 de agosto de 2007.

Puedo dar alguna otra excusa contra el rechazo a servir en el Ejército: por ejemplo, ya que a mi unidad la iban a destinar allí de todas maneras, mejor que me encargara yo mismo del trabajo, ya que tal vez fuera más sensible respecto de los palestinos. Pero nunca me ha gustado este tipo de racionalización. Creo que la forma en que la gente se comporta al llevar un uniforme tiene más que ver con su carácter que con su adscripción política. He visto a tipos de derechas que se mostraban decentes y corteses con los palestinos y a tipos de izquierdas que eran crueles e indiferentes. Lo problemático no son los soldados sino toda la situación.

Estoy dispuesto a afirmar que el rechazo a servir en el ejército no comporta el mismo impacto que antes. A nadie le importa lo que una izquierda capitidisminuida hace o dice, y hay gente de sobra dispuesta a servir. Dov Weisglass, que fue consejero del Primer Ministro Ariel Sharon, dijo una vez que Sharon inició la retirada de Gaza a consecuencia de los Acuerdos de Ginebra y el movimiento de rechazo a alistarse (refuznikim). Tal efervescencia ya no se da. Por otra parte, ¿elegimos comprometernos en la acción política solo porque tenemos alguna oportunidad de tener éxito o porque es lo que moralmente hemos de hacer?

I don’t oppose the army service as a rule, though I am aware of the problematic role the IDF plays in the Israeli society. I like the people I serve with, and I think the service, like paying taxes, is just something you do as a citizen here. I don’t like the idea that someone else will do this for me. The fact that I feel extremely alienated with the current political leadership in Israel – to degree I don’t consider myself a patriot, and I don’t even like the sound of this word anymore – doesn’t change much.

As I said, what I do now is not “hardcore occupation”. We are on the edge of the Palestinian territory, in a very quiet area. Up until the last minute, I was hoping I would be stationed on the Jordanian border and wouldn’t have to deal with the Palestinians myself, but they ended up sending a different company there. No easy way out this time.

So here I am, in the West Bank. Again. It’s been 16 years since my first visit in uniform to the Palestinian territories. Ironically, on the same week I got there, in the summer of 1993, the Oslo accord was signed. We were 18 years old, and we thought the end of the conflict was coming. Some guys on my unit were actually sorry that they wouldn’t get a piece of the action. Well, we certainly got our share since. I’ve been to Nablus, Ramallah, Bethlehem, Hebron, Gaza and some places in between. I took part in the evacuation of Hebron and a few years later, refused to re-enter the West Bank, I protested and even sat in prison, and now I am back at the starting point, patrolling and doing checkpoints as if nothing ever happened. It’s a strange feeling. (…)

No me opongo al servicio militar por principio, aunque sea consciente del papel problemático que juegan las Fuerzas de Defensa de Israel en la sociedad israelí. Me cae bien la gente con la que estoy destinado y creo que el servicio activo, igual que pagar impuestos, es solo una obligación que comporta ser ciudadano de este país. No me gusta la idea de que haya otro que lo haga por mí. Que yo me sienta profundamente ajeno a los actuales dirigentes políticos de Israel (hasta el punto de no considerarme patriota, ni siquiera de que me guste ya cómo suena la palabra) no cambia mucho.

Como ya digo, lo que estoy haciendo no es «ocupación dura». Estamos en el borde del territorio palestino, en una zona muy tranquila. Hasta el último momento tuve la esperanza de que me acuartelaran en la frontera con Jordania y que no tuviera que tratar directamente con los palestinos, pero al final mandaron a otra compañía. Me quedé sin la solución fácil.

Así que aquí estoy, en Cisjordania. Otra vez. Hace dieciséis años de mi primera visita de uniforme a los Territorios Palestinos. Resulta irónico que, la misma semana en que yo llegué entonces aquí, en el verano de 1993, se firmaron los Acuerdos de Oslo. Teníamos dieciocho años y creíamos que el final del conflicto estaba cerca. De hecho, a algunos miembros de mi unidad no les gustaba la idea de que se fueran a perder algo de acción. En fin: hemos tenido de sobra desde entonces. He estado en Nablús, Ramalá, Belén, Hebrón, Gaza y algunos otros sitios entre medias. Participé de la evacuación de Hebrón y, unos años después, negándome a volver a entrar en Cisjordania, protesté e incluso fui a la cárcel, y ahora estoy donde empecé, de patrulla y haciendo controles como si no hubiera pasado nada. Como para sentirse raro. […]

Noam Sheizaf, «Back in the West Bank (part I)» («De vuelta en Cisjordania (1ª parte)»), Promised Land, 10 de agosto de 2009.

(Segunda y tercera partes aquí y aquí.)

Banda sonora: «Jewish revolutionaries», del disco Filmworks XX: Sholem Aleichem de John Zorn (2008).

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