Como cada vez que he oído últimamente a Luis Fernando Bernabé Pons, salgo muy enseñado y contento. Además, hoy actuaba a dúo con Jorge Gil Herrera. Me han sacado de dudas: en dirección al Magreb o a Francia, en lo que ellos han denominado las «rutas de huida» de los moriscos, antes de las expulsiones que empezaron en 1609, se daba la constante de la intervención de los judeoconversos (que es el término que ellos han empleado). No por solidaridad «entre minorías», como ha explicado Luis Bernabé en el turno de preguntas, sino por una cuestión mera, pero no por merina menos interesante, de cuartos, reales, perras gordas y chicas, pasta, parné: vil metal en suma, a veces notoriamente vil como en el caso del célebre caso de falsificación de moneda que debería haber entrado en España (ah, ¿que no se me habían enterado ustedes? Sí, España existió seis décadas entre finales del xvi y mediados del xvii) por obra y cábala de moriscos residentes en Francia.

 

En el mismo turno de preguntas, me he quedado con la cifra que una rica familia morisca (no: ninguno de los tres términos es un oxímoron del otro) pretendía sacar de la Península: 18.000 ducados. Unos pobres parias, claro, sí, ya se sabe. Pobrecitos. Criaturas. Arcaicos, analfabetos, metidicos ahí en su mundo. Lo mismo en Valencia que en Granada, lo mismo en Castilla que en Aragón, sin que nada de esto quiera decir que moriscos valencianos, granadinos, castellanos o aragoneses eran lo mismo. Ni mucho menos. Pero, oigan, 18.000 ducados. Que eran… como decirles… eran… Mogollón.

 

Siempre he dicho que Alfonso de Zamora limita, al sur, con los manuscritos aljamiados; a levante, con los impresos griegos en España; a poniente, con las tradiciones librarias de los judíos portugueses; y al norte, con la polémica erasmiana. Las vacaciones, las pasó en Italia, sin haberse movido jamás – que se sepa. Y si no lo sé yo… – de Zamora, Salamanca y Alcalá. Cualquier cosa que haga para entender esas fronteras de la patria alfonsina no será en balde para entenderlo.

 

Lo último: la última. ¿Qué tendrá esta etimológica mal baisée para querer dejar claro la jerarquía, el dominio, el sultanismo pretéritamente colegiado, la altanera componenda de funcionaca de alto standing? ¿La insoportable levedad de ser lo que se es y no lo que se hubiera querido y nada más?

 

En fin, antes de la segunda parte selecta de mañana (que no dan las horas para todo, ni los quereres, ni los aguantes), pongámonos de nuevo con el amigo Alfonso, que al final me van a sacar coplas: