«Salon Moderno...», foto de Lapidim, 26 de junio de 2004.

«Salon Moderno...», foto de Lapidim, 26 de junio de 2004.

Si existen los antiguos es porque existen los «modernos». Moderno: palabra que acarrea en su historia una sorprendente carga semántica. Hacia el siglo v de nuestra era, el adjetivo modernus se formó con el modelo de hodiernus, «de hoy» o hesternus, «de la víspera», a partir del adverbio modo. Modus indica, en principio, la medida en todos los órdenes y designa, en particular, una medida breve de tiempo. Por tanto, modo quería decir en latín clásico «recientemente». El jurista Gayo, de la segunda mitad del siglo ii de nuestra era, confiere a la palabra modo el significado de «ahora»: lo moderno, lo reciente, se convierte en actual. En los documentos escritos, el adjetivo modernus aparece por primera vez en dos letras del papa Gelasio, en los años 494-495.

De una cierta manera, es moderno lo que está «de moda», gracias a su común origen; es moderno lo que ha pasado hace poco tiempo y que sigue hoy en vigor. Así, en el francés del siglo xviii, «à la mode» es sinónimo de «du jour» [Ferdinand Brunot, Histoire de la langue française, tomo vi, pág. 1094]. Lo moderno es lo que acaba de aparecer, el hoy, el hoggidi [Secondo Lancellotti, L’Hoggidi overo gl’ingegni non inferiori à passati, 1623], lo que se opone a lo que ya existe, que es, en consecuencia, «antiguo». Vemos cómo el significado en las lenguas «modernas» se ha ido deslizando como había ocurrido en el adjetivo latino: lo que es reciente se convierte en actual. Es el significado primero de modern que encontramos en un poema del escocés William Dunbar (¿1460?-¿1520?): «Hodiern, modern, sempitern, angelicall regyne» [«reina de hoy, moderna, de siempre, angélica»; Poems, lxxxxv, 5, citado por el Oxford English Dictionary, sub voce].

Antiguo/moderno: esta simple oposición semántica introduce todo un sistema de valores tras ambos adjetivos. Podemos afirmar, sin temor a exagerar, que la última ruptura mental del Renacimiento radica en el triunfo del adjetivo moderno y en su connotación positiva y triunfal. Mientras que durante mucho tiempo lo «moderno» designaba lo efímero, lo pasajero, en oposición a la estabilidad de lo antiguo, el Renacimiento invirtió la distinción. Empieza en el ámbito de las ciencias, como [el diccionario de la lengua francesa de Émile] Littré (1882) había notado con acierto, dando como ejemplo del artículo «moderne»: «geometría moderna, la de Descartes; astronomía moderna, la que empezó Copérnico; física moderna, la de Galileo, Descartes y Newton; química moderna, la creada por Lavoisier.» Precisa a continuación: «historia moderna, la historia desde el Renacimiento del siglo xvi hasta nuestros días.» Así, el adjetivo denota un cambio de paradigma, un tránsito de la visión antigua del mundo a la visión actual. El «renacimiento» es la época de lo moderno.

Y, sin embargo, esta conciencia asumida de ruptura no es monopolio de los «tiempos modernos»: la historia literaria de la Europa occidental abunda en rupturas proclamadas unas tras otras, de las cuales la producida en los siglos xvi y xvii es la última cronológicamente, que permite hoy encontrar, en la postmodernidad, ciertas formas de pensar o de expresión artística.

Jean-Robert Armogathe, «Posfacio», La Querelle des Anciens et des Modernes, edición de Anne-Marie Lecoq, prólogo de Marc Fumaroli, París, Gallimard, 2001, págs. 802-803.

«Ouverture», «Gavotte», «Canaries», «Marche pour la Cérémonie turque», «Premier Air des Espagnols : Sarabande», «Deuxième Air des Espagnols : Gigue», de El burgués gentilhombre de Jean-Baptiste Lully (1670), interpretado por Le Concert des Nations, dirigido por Jordi Savall, para el disco Jean-Baptiste Lully : L’Orchestre du Roi Soleil, Alia Vox, 1999.