«Israeli soldier on the city bus», foto de Roxanne in real, 2 de abril de 2009.

«Israeli soldier on the city bus», foto de Roxanne in real, 2 de abril de 2009.

De las impresiones que más me marcaron la primera vez que llegué a Israel (y de eso me acabo de dar cuenta de que se han cumplido diez años hace apenas dos meses), una que nunca se me ha quitado es la que tuve al montar por primera vez en un autobús (que debía ir desde Kiryat Anavim a Jerusalén, lógicamente). Sí, me refiero a ver montar a los soldados de tránsito o de permiso con la «novia», o sea, con el fusil, a cuestas. Véase foto adosada.

A la vista de este testimonio gráfico puedo colegir dos cosas: que lo del fusil no es mentira (y mi memoria no me engaña) y que la tapicería de Egged no ha cambiado en diez años.

Montar en un autobús de línea interurbana con chavalitos y chavalitas de dieciocho a veintiún años, con un pedazo de fusil de asalto de un tamaño (ergo, de una potencia de fuego) que ni en mis sueños más belicosos me hubiera imaginado, me enseñó de golpe más sobre Israel de lo que aprendía uno en la antigua carrera de cinco años que respondía a la denominación de «Filología Hebrea». Afortunadamente, y vistas las penurias docentes de la carrera en algunos aspectos (en otros no, que conste – para mi sorpresa en primer lugar –), yo me había aplicado a aprender por mi cuenta (con éxito dispar, ni que decir tiene) lo que púdicamente llaman los académicos «hebreo moderno» o (siempre me ha encantado esta hipocresía terminológica) «hebreo hablado» y que yo, saltándome la variante ni chicha ni limoná de «hebreo israelí», llamaría sin más «israelí» y a freír espárragos las excusas de mal pagador diaspórico.

Conocer tal dialecto semítico noroccidental indoeuropeo germano-eslavo (¿así nos quedamos todos contentos?) me sirvió para creer que entendía muchas cosas. Otras muchas, no, aunque no cejo que en los años que me quedan de vida y de hebraísmo entusiasta y practicante pueda llegar a entenderlas. Quizá, si encontrara algo de talento en unos saldillos pedagógicos, pudiera llegar al paso siguiente: explicarlas.

El caso es que una de las primeras cosas que me entraron por los ojos (literalmente) fue el papel del Ejército («de Defensa de Israel», claro) en la sociedad israelí. No puedo decir que entender tal papel me llevara a que me congratulara de que existiera, pero eso forma parte del pertrecho de incomprensiones que todo observador foráneo acarrea en su trato con un país que no es el suyo (y cada vez ando más convencido de que el país de uno no llega a mucho más que el término municipal de su barrio).

No me he puesto a escribir aquí ahora para dar cuenta de las contradicciones inherentes a los usos y abusos del Ejército en Israel (y de tantos otros aspectos de la sociedad israelí). Entre otras razones, porque hay quien lo ha hecho ya, y hace años, mucho mejor que yo. En realidad, mi malsano objetivo es hablar de música: disco-pop y retro-camp, concretamente. Y de lengua hebrea.

Ya digo que la existencia y la organización del Ejército de leva nacional (o casi) es un hecho más de la vida israelí. Sea o no definitoria de la vida israelí su condición de «burbuja» intramuros de la «Línea Verde» y, extramuros de la Línea e intramuros de lo que queda de la casa de los vecinos, su condición de potencia ocupante colonial (es una definición objetiva y ajustada al derecho internacional, digan ustedes lo que digan), la presencia del Ejército es una constante que se impone casi a cada paso que da en Israel y casi cada vez que uno enciende la radio, donde las dos emisoras del Tzáhal, Galéy Tzáhal («Ondas del Ejército de Israel») y Galgalatz, cumplen las funciones que en España harían, respectivamente, Radio 3 (con algo de Radio 5) y los 40 Principales (o, más bien, Cadena Dial, por su tendencia a programar mayoritariamente en hebreo). Solo ese hecho ya debería ponerle a uno en la pista de que hay algo más de lo que parece en el uniforme verde oliva (y poco favorecedor, en mi opinión) de la soldadumbre israelí (aparte de la causa de cierta parafilia sexual que yo, antimilitarista por cobardica que soy, nunca he llegado a entender).

Es curioso que mi experiencia (poco estadística y supongo por eso que poco válida) me ha llevado a constatar que el (largo) paso por el Ejército (tres años los hombres, dos las mujeres, media vida de reserva activa para todos) no se recuerda, en general, como algo negativo: antes al contrario. Es un ejemplo más de que lo más contradictorio de la realidad son los prejuicios con los que uno quiere entenderla a priori.

En los orígenes del Estado, en los momentos de las emigraciones masivas que se prolongaron durante todos los años 50, mientras en Israel estaba en vigor el racionamiento, el Ejército sirvió para construir la nación: aparte de para estabilizar las pseudofronteras de Israel (que no fueron, hasta los tratados de paz de los 70 y los 90 con algunos de sus vecinos, más que lábiles «líneas de armisticio»), encuadró a los emigrantes, les enseñó hebreo, les hizo creer que se habían olvidado de sus lenguas maternas y diaspóricas y sirvió para encarrilar una parte de la extraordinaria creatividad humana que atesora la «Entidad Sionista» (ahora, en realidad, más bien post-sionista) y que me hace volver de vez en cuando por «el país» por antonomasia, a ver si se me pega algo (de creatividad. De sionismo me temo que ya no).

Entre 1967 y 1973 se produjo uno de esos hechos curiosos que han determinado la existencia de Israel: el Ejército decidió tomar a su cargo la defensa y promoción de la música ‘chochi’ hebrea, que en inglés bien podríamos denominar ‘Original Hebrew Cheesy Music’. Porque ustedes me dirán si cosas como esta, esta o esta no entran derechas en lo más granado del imaginario ‘chochi’, ‘petardo’ u ‘hortera’ (cheesy, vamos). Es uno de esos hechos culturales que uno no acaba de entender, pero que acepta, como la inevitable levedad de los desayunos continentales en las cadenas hoteleras internacionales, la extraordinaria creatividad fonológica (y casi nula capacidad comunicativa) del inglés internacional o la irracional aunque llena de tipismo propensión a hacer mucho, pero que mucho, pero que mucho, mucho, mucho, ruido en los festejos populares españoles. Además, aceptando esas cosillas uno se lo pasa mejor en la vida, dónde va a parar, qué carajo. Pues no he frecuentado yo los bares de Chueca ni nada…

Se aprenden además muchas cosas. Por ejemplo, las inevitables tensiones de la normativa lingüística. El «israelí» (antes conocido como «hebreo moderno» y aún antes como «hebreo hablado») se caracteriza por una cierta esquizofrenia de la que sufren, en diverso grado, el francés, el español, el catalán, el euskara y, en una variante acusada de la dolencia, el árabe: la pasión normativista de la lengua. Al «israelí», además, le cayeron encima tres mil y pico años de santificación de la lengua. Y eso, claro, no hay quien lo resista. Cada vez que uno se «equivocaba» y hacía transitivo un verbo intransitivo según el diccionario, cada vez uno que regularizaba por analogía pero contra la gramática heredada la flexión verbal (/hi mekirá otó/ por /hi makkirá otó/), cada vez que uno ponía una partícula sospechosa de transitividad indoeuropea allí donde la pureza semítica exigía una frase nominal ascéticamente semítica (/yeš li et ha séfer/) , no es solo que se cometiera un error lingüístico: se incurría en blasfemia (pues santa la lengua, blasfemas sus erratas son); se daba un paso más en la destrucción del Tercer Templo; se insultaba a la memoria de tropocientas generaciones de piadosos judíos (casi nunca se decía nada de las judías, que habían sido generalmente de naturaleza más bien vernácula) que habían mantenido los usos transitivos de lo que Dios había instituido en la Biblia (principal guía gramatical del hebreo eterno) como transitivo, las flexiones verbales como había que hacerlas y las frases nominales como tocaba aplicarlas.

Un puro dislate, claro, sobre todo si en la ecuación Dios + (lengua + nación) = vida eterna se elimina a Dios. Luego nos entran las neurosis, individuales o colectivas.

Así que el «israelí» se caracteriza por la creatividad resultante de tener como plastilina original de los usos lingüísticos no solo tres mil años de estratos hebreos sino ciento y pico años de neurosis colectiva normativista desde que (cuenta el mito del génesis) Ben Yehuda se inventó el «hebreo moderno» y lo «resucitó», un sábado por la tarde en su casa de Jerusalén, hasta que los israelíes se dieron cuenta, con dolores de parto, que a lo mejor el niño «hebreo» no acaba de parecerse ni a su padre ni a su madre sino a algo, otra cosa distinta, que quiere pronunciar las /r/ a la sefardí pero le sale a la asquenací y que debería pronunciar la vocal tzeré como una /e/ pero siempre le sale como una /éi/. Muy chanante todo, vamos, como vamos a ver a continuación en la modesta ilustración audiovisual que les propongo.

Pues eso: aceptemos la música chochi militar (Dios mío, qué colocación más inquietante…) como expresión profunda del alma israelí, del insconciente colectivo de la Nación Hebrea, de la creatividad de los hijos (legítimos) de Abraham.

Señoras, señores, bienvenidos a 1972 (reloaded), a la expresión profunda del alma israelí y al inconsciente colectivo de la Nación Hebrea. Y que el Dios de los Ejércitos nos pille confesados (y me pregunto si esto colmará la curiosidad de Alexandre por mis gustos en música moderna):

היי בן אדם נא הבט לצדדים
ראה מה רוחש מסביבנו חבר
גלי גלים הנראים באוויר
תדר נמוך כיאה
כאן במדבר הרחוק מכל עיר
אח, איזה בוקר נאה

Hey, benadam na habbet latzdadim / re-é ma rojesh misvivéinu javer / galéy galim hanir-ím ba-avir / téder namuj kayaé / kan bamidbar harajok mikol ir / aj, éize bóker na-é!

Oye, tío, mira a los lados / para ver lo que se mueve cerca nuestro, colega: / ondas que aparecen en el aire, / propias de baja frecuencia, / aquí en el desierto alejado de toda ciudad, / ¡chaval, qué primor de mañana!

ואם נטייל אל קצה של קצהו של שביל המוביל אל קצה של קצה
אזי נלגום טיפת קסם וקודש – אח, איזה בוקר יפה

veím netayel el katzé shel katzehu shel shvil hamovil el katzé shel katzé / azay nilgom tipat késem vakódesh – aj, éize bóker yafé!

Y si viájasemos al final más final del sendero que lleva al final más final, / ¡sí que nos íbamos a apurar las gotas de una magia divina! ¡Chaval, qué pedazo de mañana!

אל לב ליבה של הילולת חורש
נשוב נשתחל אל בינות מקולים
פעמות זעם יכו בחזנו
תדר עמוק שכזה
אור אז יפציע מזרח אוהלינו
אח, איזה בוקר הוזה

El lev libbá shel hilulat jóresh / nashuv nishtajel el binot makolim / pa-amot zá-am yakú bejazéinu / téder amok shekazé / or az yaftzía mizraj ohaléinu / aj, éize bóker mozé!

A lo más hondo de una romería en el bosque, / nos abriremos paso donde el tocata; / nos batirá el furor en el pecho, / propio de una frecuencia profunda / y ahí, por encima de nuestras tiendas, irá amaneciendo: / ¡chaval, qué inspiración de mañana!

בלב האבק עדרים אלי חופש יפים כיפות במחול מטלטל
בל יעצרונו גם כוחות האופל – אח, איזה בוקר סטל

Belev ha-avak adarim eléy jófesh yafim keyafot bemajol metaltel / bal ya-atzrunu gam kojot ha-ófel – aj, éize bóker satel

En mitad del polvo, un tropel de bellos y bellas se arroja al baile en libertad / no sea que nos paren las fuerzas de las oscuridad. / ¡Chaval, menuda mañana de fumada!

צבעי אדמה מול גוֹנֵי תכול רקיע בלאט יהפכו לקו אופק נושם
עד לב שמיים קולנו ירקיע – אח איזה בוקר קוסם
אח . . . בוקר יפה ! ! !

Tziv-éy adamá mul gonéy tjol rakía balat yahafjú lekav ófek noshem / ad lev shamáyim koléinu yarkía – aj, éize bóker kosem / aj… bóker yafé!

A paso lento se convertirán los colores de la tierra, / enfrentados a los azules del firmamento, / en una línea del horizonte que toma aire, / hasta más allá del cielo extenderá nuestra voz: ¡sí que mola esta mañana! / ¡Chaval, pedazo de mañana!

Con cierto espíritu de respeto a mis mayores, le he dado un par de vueltas a la letra de la canción pertrechado del Diccionario de Judit, a ver qué salía. El resultado era el esperable: surrealista. A título de ejemplo, el único significado que conoce Judit de makol (מקול), dizque «altavoz, bafle», es este.

(Este apunte no habría sido posible (y quizá mejor hubiera sido así, pobrecicas y pobrecicos míos) sin la intervención de mi yorédet de cabecera, Ilana.)