De la botanica transterrada

«The First Letter from the Exiled Botanist», foto de Magic Fly Paula, 30 de septiembre de 2007

בצאת ישראל ממצרים בית יעקב מעם לעז

«Al salir Israel de Egipto, la casa de Jacob de un pueblo que hablaba extranjero» (Salmo cxiv)

Ya lo decíamos ayer: la permanente incredulidad en que se instala quien se ve forzado, felizmente o no, a tener que adueñarse de una lengua que no es la propia. No recurriré al tópico facilón de que tal cosa es una condición harto judía. Vayan ustedes a ilustrarse sobre el particular a otra parte, que ejemplos sobran. Me voy a regodear, si me lo permiten, en la serendipia. Buscando como responder a Alexandre, me he dado de bruces con un poema de José María Valverde. Si, hombre (y mujer), sí: el de nulla aesthetica sine ethica, el de las traducciones castellanas de Shakespeare. Tanto me he visto en el poema (y tan poco, a la vez, por una indisimulada tendencia personal a no sentirse del todo extraño en casi ningún sitio ni lengua que sean ‘extranjeros’), que habla de cuando los transterrados se descubren inevitablemente afásicos, que lo vamos a utilizar como primer capítulo de toda una nueva categoría: los dimes y diretes del aprendizaje y enseñanza (dos cosas no necesariamente relacionadas) de las lenguas forasteras. En doble homenaje a una expresión del catalán popular aunque latinado de Mallorca («En Toni m’ha dit que, si no li pagues, vendrà a ca teva i te’n farà una de pòpulo bàrbaro») y a una nada sutil referencia al libro más deleitoso que produjo la erudición clásica sefardí, llamaremos a la categoría De populo barbaro. Al fin y al cabo, quizá sea verdad que la llegada de los bárbaros nos arreglara siempre más problemas de los que nos crea.

Maduro ya de edad y de poesía
te has mudado a un país de lengua ajena,
y no es vivir. Lo que ellos aquí dicen,
como respirar, fácil, rico, exacto,
tú intentas remedarlo con esfuerzo,
y oyes tu voz, ridícula y extraña,
fallar lo que aquí un niño siempre acierta,
hasta acabar diciendo algo no tuyo.
Ahora te es ajeno hasta el paisaje:
no te habla a ti: hasta el pájaro y el árbol
y el río te escatiman las leyendas
que aquí envuelven sus nombres -en ti, rótulos-.
En vano te sonríen los demás,
corteses, y aun amigos, animándote
desde la lengua en que ellos son los amos:
no aciertas a quererles: se te olvidan:
el fondo de tu espíritu no late
si no vive en la lengua que es tu historia.

José María Valverde, «La torre de Babel cae sobre el poeta», Ser de palabra (1973).

Coda cavafiana: Sobre lo de los anhelados bárbaros que no comparecen, el original griego (ortografía demótica); el griego tan original que fue el alejandrino Cavafis recitando el poema; una traducción española (¿de Ramón Irigoyen?); otra catalana de Carles Riba; la opinión de Josep Pla -en catalán- sobre el particular; y otra inglesa, de Dios sabe quién.