Cada cual tiene sus recuerdos: yo también, por si no hubiera quedado bastante claro hasta ahora. Hago trampa, eso sí: en la palabra «recuerdos» solo incluyo los recuerdos buenos, esos que, al recordarlos, como escribir, calman.

Fue al principio de la última vez que llevé a cabo un ejercicio del que tengo cierta costumbre: mudarme a una ciudad nueva, a un país nuevo y a una lengua nueva. La ciudad era París; el país, Francia y la lengua, el francés, aunque no puedo decir en honor a la verdad que me pareciera una lengua especialmente nueva para mí. Solo al vivir en París, me fui dando cuenta de lo equivocado que estaba – obvio – y de lo que cuesta, siempre, pasar del estadio de balbuceo al estadio de permanente incredulidad que le proporciona a uno instalarse en una lengua que no es ninguna de las suyas primeras (y volver a practicar la materna, para incredulidad de los que no la han abandonado nunca ni se les ha pasado por la cabeza que el mundo pueda describirse con otras palabras que las propias).

Fue una tarde (pensado a la española: para el resto del mundo, civilizado o incivilizado, ya sería noche cerrada) y fue en la cocina (así que me supongo que estaría preparando la cena para la hora de ver a PPDA). Por casualidad, había caído en el dial de Radio Orient, la emisora principalmente en árabe de la ciudad. Y empezó a sonar la oración del magreb, la oración del ocaso. Y de repente me vi en Túnez, en La Goleta y en Ramadán, unos años atrás. En el café al lado de casa (acabábamos de llegar del centro) nos pilló la hora del ftur y nos trajeron unos dátiles y unos vasos de lben.

Y rompimos el ayuno, que guardábamos en público porque en todo momento nos parecía que era lo que había que hacer.

Y el caso es que, por poco que durara esa llamada a la oración del crepúsculo en París, yo me encontré en calma. Siempre me había pasado de antes, pero sospecho que el almuédano de la Gran Mezquita de París (cuyo pergüeño a la oración era el retransmitido por Radio Orient/Iḏāʕatu ššarq), que estaba dotado de una voz particularmente bella, me llevó de repente a un recuerdo que, vaya usted a saber por qué, también me ha resultado siempre particularmente bello: el de mi primer Ramadán en Túnez.

Supongo que habrá una ley general de la atracción por las ceremonias religiosas para los que somos reaccionariamente laicos. Debería existir una ley universal de la prudencia antes de opinar de un rito religioso: vívalo usted y luego opine. Yo, tal cosa he procurado siempre, principalmente para criticarlo después.

Admito, eso sí, una querencia especial por las ceremonias que dividen el tiempo (como el sábado judío, si hubiera que poner un ejemplo por antonomasia). Confieso que frecuentaría con gusto misas del gallo, rupturas del ayuno y, ya lo he dicho, ceremonias de bienvenida y despedida del sábado judío. También tengo una irrefrenable atracción por la Pascua judía. Pero hoy, como toca salir, me ha parecido que era buena idea traeros una primera entrega de una señora que comparecerá con cierta frecuencia por aquí. A continuación, os dejo traducida al castellano la letra completa del poema litúrgico que canta doña Ofra (coloreando de gris la parte que no canta).

Estamos en el momento de las «postrimerías del sábado» (o, más literalmente, de «las salidas del sábado»): מוצאי שבת, moṣaʔe šabbat.

«Havdala Service», foto de macintoshlover101, 11 de agosto de 2007.

«Havdala Service», foto de macintoshlover101, 11 de agosto de 2007.

La luz y las fragrancias es lo que ansía mi alma, / ¡si me dierais un vaso de vino para este final del sábado! / ¡Pavimentadme las sendas, dirigid bien a la desviada, / abridme las puertas, ángeles de lo alto! / Temerosa de corazón alzaré los ojos a Dios / que me provee día y noche de lo que preciso. / Tanto como me falta, dame de los tesoros de tu bondad, / porque tu piedad no tiene final ni remate. / Renueva mi alegría, mi sustento y mi bienestar / y elimina mis aflicciones, mis quebrantos y mis horas de oscuridad. / Llegan los días de labor, siempre renovados: / que en ellos se renueven lo bueno y la paz (final).

Sæʕadyah ben ʕamram, Yemen siglo xvii.

La que canta es Ofra Haza, claro. El programa, no tengo ni idea, porque yo no tenía diez años en el Israel de los setenta: los tenía en la España de los ochenta. La ceremonia para la que se canta la canción es la havdalá, que despide el sábado y da la bienvenida a la semana.

En fin, bendito seas, Señor, que separas lo sagrado de lo profano y «semanada clara y buena» para todos, en sentido estrictamente sabático.