Quire ceiling

«Quire ceiling», foto de Zoreil, 3 de enero de 2009

Cuando despertó, los cuadernos del manuscrito n.º 6 de Salamanca seguían ahí. Y había que seguir contándolos.

Durante el proceso de estudio de un ejemplar, el examen del tipo y estado de conservación de los cuadernos que lo conforman constituye una operación en extremo importante. Tal indagación tiene carácter prioritario ya que revela la estructura del manuscrito y su situación actual. Simultáneamente, esta tarea permite colacionar los componentes, esto es, controlar el número y sucesión de los cuadernos y folios del mismo.
Los especialistas han ideado diversos sistemas para representar gráficamente la composición del cuerpo de un manuscrito. Dos son los procedimientos sintéticos más frecuentes utilizados. El primero consiste en una combinación de elementos numéricos y verbales. Bajo una simple formulación se expresan, mediante una cifra inicial, la cantidad de cuadernos correlativos de una misma clase, a continuación la denominación tipológica y, por último, el número del folio que cierra la serie en cuestión, indicado entre paréntesis. Por ejemplo: 10 cuaterniones (80). Si hay alguna observación que hacer se incluirá sistemáticamente en dicho paréntesis: 10 cuaterniones (80, de los cuales falta el folio 34). Todas estas indicaciones se pondrán unas tras otras, a fin de que se represente gráficamente la sucesión de los cuadernos en el interior del manuscrito, por ejemplo: 10 cuaterniones (80); dos duernos (88), etcétera.
El segundo procedimiento, empleado particularmente por H. Hunger, es totalmente aritmético y sigue en esencia la pauta del modelo anterior. La única novedad consiste en evitar el empleo de la voz denominativa del tipo de cuaderno y en sustituirla por el guarismo correspondiente. De tal modo, el ejemplo anterior se expresaría de la forma siguiente: 10 x 8 (80); 2 x 4 (88), etcétera. Como se puede apreciar, la diferencia entre ambos métodos es mínima. Preferimos el primero a causa de su mayor claridad.

Este tipo de descripción se debe reservar para aquellos manuscritos que presentan una estructura muy clara y sin problemas. De no ser así, aconsejamos seguir una vía que permita visualizar la estructura mediante un diagrama. Esta opción viene exigida por la propia naturaleza y función del libro, el cual no es otra cosa que el soporte físico de un acto comunicativo de cierta extensión, expresado mediante signos gráficos (escriturarios y/o icónicos). Un examen meramente paleográfico o codicológico del mismo suipondría una visión monocular del objeto estudiado. Otro tanto ocurriría si exclusivamente se prestase atención al mensaje transmitido. En el manuscrito la forma material y el contenido son indisolubles y mutuamente se interrelacionan. El doble aspecto de la cuestión no se debe perder de vista a la hora de analizar un ejemplar.

[…]

En efecto, las alteraciones sufridas por el manuscrito con el paso del tiempo –y detectadas gracias al procedimiento de examen puesto en práctica– tienen una incidencia en el contenido de la obra copiada. Siguiendo las indicaciones del esquema realizado, se pueden localizar las lagunas textuales producidas por pérdida o transposición de folios y, asimismo, comprobar la extensión de las secuencias mutiladas. Este aspecto es muy importante en las tareas de catalogación. […] Los resultados de la aplicación de este procedimiento en nuestros trabajos de descripción de manuscritos han sido muy positivos y confirman de manera empírica la viabilidad del método empleado.

[Nota 2: La palabra «cuaderno» procede de la voz latina ‘quadernus’, ya que en un primer momento al nombre se aplicaba a la unidad usual de composición, formada por cuatro bifolios. Más tarde, y por extensión, este vocablo se usó impropiamente para designar cualquier tipo de agrupación de bifolios con independencia de su número. Quedan huellas en muchas lenguas europeas de este mismo campo semántico: «cahier», «quire», «quaderno», etcétera. Desde un punto de vista etimológico resultaría más adecuado el empleo del sustantivo «fascículo», puesto que evoca la idea de una reunión de objetos unidos por un vínculo. […]

Elisa Ruiz García, Introducción a la codicología, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 2002 (segunda edición), págs. 168, 169, 172 y 173.