Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los deleite.

Expolio gibraltareño salmantino

La anteriormente conocida como Calle Gibraltar, foto de Buñuelesco, 25 de noviembre de 2008

Por ninguna razón extraordinaria sino por las de siempre (que prohijan, por ejemplo, el mismo nacimiento y desarrollo de este cuaderno de viajes que os escribo, bien sea entre países, bien entre libros manuscritos) me encontraréis hasta finales de julio en la famosa ciudad del Tormes que, por seguir con la panoplia literaria, se hace acreedora de elogios de diablos voladores (signifique eso lo que signifique):

Lleváronse consigo a Tomás, y estuvo con ellos algunos días; pero, como le fatigasen los deseos de volver a sus estudios y a Salamanca (que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado), pidió a sus amos licencia para volverse.

Lo de la apacibilidad de su vivienda en la Salamanca eternamente universitaria, sandamente tuna y permanentemente goliárdica (me cuentan que no es que exista ya solo el jueves universitario: es que ahora se estila el martes, el viernes y el domingo, con el complemento del sábado), debe de ser una histórica coña marinera (fluvial, claro) del viejo Miguel, como en tantas otras cosas. O un trasunto literario de dos amigotes que, pasados los cuarenta, se juntan frente a dos güiscazos a recordar lo apacible de su vivienda y de su vivencia universitaria. Aquellos maravillosos años.

Siempre había dicho yo que, salvadas las distancias que impone el sistema tan poco sistemático de investigación y docencia universitaria de mi patria, Salamanca podría haber sido el escenario casi perfecto para un Oxford español, secundado por Alcalá de Henares o Santiago de Compostela en formato Cambridge. Siempre lo había dicho, aun sabiendo que, de donde no hay, no se puede sacar; que aquí paz y después gloria; y que, visto lo visto, muchos son los llamados y pocos los elegidos. Y en esas estamos y así nos luce el pelo: el de la cabeza y el del arco del triunfo de cuyo paso y paseo tanto disfrutan según qué próceres con muceta.

Lo que no había dicho hasta ahora y me acabo de dar cuenta en mi primer día salmantino es que Jerusalén y Salamanca se parecen, que ya es decir. Y se parecen en algo fundamental: la reverberación de su luz que produce la piedra con que estan construídas, la del Tormes y la del secarral mediooriental. Como yo, en otras circunstancias, tendría que estar de viaje por Jerusalén («Mi corazón,está en Oriente, y yo en los confines de Occidente»), me ha producido una curiosa reacción de apacibilidad íntima, si no por la vivienda, porque, sospecho, esas olimpiadas judaísticas jerosolimitanas que convocan cada cuatro años en la dizque capital de los siónidas, de los sionistas y de los sionólogos habrían sido una cita mucho más insoportable, mucho menos apacible y en un lugar de lejos muchos menos ameno que la que tengo, durante las próximas tres semanas, con la Biblia aramea (manuscritos 1 al 3), con la Banda de los cuatro (Camhi junior en versión gramatical y lexicográfica; Camhi senior y el rabino Meir, el limitante: manuscrito 6); la Biblia latinada (manuscritos 589, 590 y 2170) y el serendípico De astrologia en román paladino, dizque traducido de la lengua santa en que lo escribió Abraham Avanazra, como le decían en el vernáculo de su tierra (manuscrito 2138); a la sombra todos de la catedral resplandeciente, en el rinconcito tan ameno del fondo del Patio de las Escuelas Mayores.

Ea, señoras, señores, queden con Dios…

Lleváronse consigo a Tomás, y estuvo con ellos algunos días; pero, como le fatigasen los deseos de volver a sus estudios y a Salamanca (que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado), pidió a sus amos licencia para volverse.