BNE Madrid

Casi todo lo he leído de bibliotecas, salvo en la Nacional, que es un lugar que detesto. Iba de niño, cuando estaba en el colegio (y aún había una sección de préstamo o circulante). Luego lo cambiaron todo.

Una vez, después de que la reformaran, fui a sacarme el carnet y me preguntaron qué quería leer.

-Libros, claro. No te fastidia.

Querían que les dijera qué libros y para qué quería leerlos. Además, necesitaba una carta de un profesor de universidad.

-Pero yo soy profesor de universidad -aduje, porque entonces lo era, si bien en otro país.

-De una universidad española -me advirtieron.

Para leer necesitaba la autorización de un funcionario español y explicar con qué propósito (oscuro, sin duda) quería leer. Me quedé de piedra.

Llevaba años leyendo sin problemas en las mejores bibliotecas del mundo y aquí, en Madrid, todo eran obstáculos. Luego leía en los periódicos la propaganda, que si estaban convirtiendo la Nacional en un centro a la altura de las grandes bibliotecas del mundo, etc., y no daba crédito: en ninguna de las grandes bibliotecas del mundo me habían pedido ni la hora para dejarme leer sin problemas.

Rafael Reig, «Se derrumba la poesía», Blog de Rafael Reig, 28 de junio de 2009

Me he reconocido. Evito como la peste la entrañable Sala Cervantes (y mira que entra luz. Y mira que no hay wifi. Que funcione). Y eso que se ha relajado el ambiente. Algo: cuando se estaba tan, tan abajo, cualquier cosa es relativa y cualquier mejora, elogiable. A mí aún me ha llegado la especie de que en la Nacional (ahora de España, antes de Madrid. Como la Nationale lo fue primero de París, ahora de Francia) se ligaba. Hay que explicar quien me transmitió la especie: mi recordado profesor de historia del instituto. Véase: rechoncho, miope, con gafillas de enteradillo, con una notoria mala leche. Y marxista-leninista. Pero con una notable capacidad pedagógica: solo con explicarnos los mecanismos de la crisis de 1929 y la posibilidad real de que pese a la rechonchez, la miopía, las gafillas de enteradillo, la mala leche y el marxismo-leninismo (militante) se podía ligar en cualquier sitio (la BNE, amigas, amigos, para los propósitos que nos ocupan, es sin lugar a dudas un ejemplo perfecto de cualquier sitio), nos dio la lección más importante que cualquier pedagogo debe trasmitir a sus alumnos. Que nunca hay que perder la esperanza.

Así que la primera vez que traspasé el umbral del magno edificio del Paseo de Recoletos, no se lo voy a negar, yo andaba pensando en qué tal se daría el día. Por leer y tal, ya saben. Pero lo que me encontré fue una fortaleza. Yo diría (diría solo: la memoria anda floja) que «mi primera vez» en la BNE fue en plena era Regàs, en que todo parecido con la realidad de una biblioteca fue pura ficción. El caso es que el control de entrada es pesado, pesadísimo. La casa se rige por todo un catálogo (comentado e ilustrado) de normas absurdas, la más absurda de las cuales es, con mucho, que no se puede acceder a la sala de lectura con un libro (propiedad del lector, cumple explicarlo) del que ya exista un ejemplar… ¡en la misma sala de lectura donde se va a leer! Imaginemos que ustedes, por esas raras perversiones que promueve la indecencia de nuestra Edad de Hierro, quieren consultar el ejemplar único del Libro de las perlas de Oriente y de los batracios de Occidente del autor judeo-árabe, convertido de la ortodoxia copta, de origen parto-armenio, Aburrás Alquebir Imrán Manaarifish Shumdavaryan Alcubtí Alyahudí Alaarabí Alghurabí (siglo xiii. O xii. Depende del palito), del que un oscuro profesor ayudante, actualmente en la Universidad de Miskatonic, realizó una edición crítica para su tesis doctoral (con transliteración paleográfica) en dos tomos, posteriormente rehechos en uno solo, publicado por las Prensas Universitarias de Celama de Arriba (porque el oscuro profesor ayudante resultaba ser puertorriqueño de nación, americano de pasaporte, español de lengua y tartamudo de inglés. Y bizco, gordo, miope y cojo, pero eso son detalles que no vienen al caso). En fin, supongámoslo, por la necesaria coherencia interna de mi ejemplo y porque cosas más raras se han visto. Y en las bibliotecas de fondo antiguo, más. A ambos lados del mostrador de préstamo.

Imaginemos pues que la aguerrida lectora (o lector, pero no quería que se pusieran a fabular por el género de nuestro protagonista) se acerca a la Nacional de España con su copia impresa, subrayada, doblada, señalada, requeteusada y, sobre todo, personal, de la citada edición. ¡Malhaya semejante osadía! ¡Pluga a Dios castigue tal afrenta! (Si ponen atención les aseguro que podrán oír este tipo de román paladino en boca de los usuarios de bibliotecas de fondo antiguo. Y una curiosa afición por las camisas de cuadros, en el caso de los hombres, que nunca he conseguido explicarme. En fin…). Si la aguerrida pero imprudente lectora persiste en entrar con un tomo del que al menos un ejemplar se cuente en la colección de la Sala Cervantes (como sería el caso, claro, de la edición única del unicum de Abú Imrán Manaarifish conservado en la BNE), y se emperra, porque las lectoras de fondo antiguo son así (un pelín perras. Y perros, claro, si son hombres), sencillamente no podrá entrar a consultar el manuscrito. La ecuación por la que la dirección de la BNE ha llegado a la conclusión de que es más fácil robar un ejemplar de una obra impresa reciente que figure en el depósito o en las estanterías de la sala donde uno lee… si ya se entra con un ejemplar de la misma edición, es uno de sus misterios que, junto con la transustanciación del cuerpo místico de Cristo en la eucaristía, la lógica de las alianzas políticas en el parlamento de Israel, las virtudes del desayuno fuerte o la necesidad epistemológica e incluso ética del orgasmo simultáneo, superan la comprensión humana y entran de lleno en los abismos de la mística. Porque, con tanta prohibición pudibunda como se gastan en la BNE, la única virtud que se le ve al invento es que sea un emporio de mística funcionarial, de tanta necesidad para el alivio de nuestros atribulados tiempos. Dado el paupérrimo fondo corriente, la cosa roza lo vergonzante. Al contrario de lo que ocurre en las grandes bibliotecas «nacionales» (como los museos «arqueológicos», otro invento decimonónico con alguna virtud y muchos defectos), pero en las de verdad, estén sitas en Washington, Londres o París (¡o hasta Dublín o Edimburgo!), en la Biblioteca Nacional de Recoletos no vayan a pedirle peras al olmo. Por no pedirle, no vayan a pedirle ni siquiera que cumplan la primera obligación de toda biblioteca «nacional»: que tengan un ejemplar de cada libro publicado en España. Ni eso tienen. Ni con su obligación de ser depósito legal cumplen.

San Bernardo StreetY entre la paranoia de seguridad, la falta de movilidad de los volúmenes entre las salas (¡a quién se le ocurre la ocurrencia de leer una edición crítica de un manuscrito cuyo ejemplar de conservación en la Biblioteca Nacional no esté en la Sala Cervantes!) y los evidentes fallos de su primera y principal misión de ser el depósito legal de la edición española (y de hacerse con otros libros, publicados en el extranjero, que puedan servir al progreso del conocimiento y a la formación del patrimonio librario y libresco de la Biblioteca), es difícil ser ecuánime con la simpatía y disponibilidad del personal de la biblioteca y, especialmente, de quienes están en sala ni con el remarcable fondo manuscrito, ni con los tres manuscritos de Alfonso de Zamora que conserva la institución de Recoletos (signatura mss. 4188, 5454 y 7542, por si alguien tiene curiosidad).

Yo tengo mi refugio bibliotecario, mi locus amoenus libresco en pleno centro de la capital (con su aire acondicionado en verano; con su luz que entra a chorros en la sala de lectura en invierno) pero no se lo voy a decir así como así, a ver qué se piensan.

«Madrid. Biblioteca Nacional», foto de srmagori, 11 de noviembre de 2008; «San Bernardo Street», foto de Ibontxo, 31 de marzo de 2007.