I:

The third element was perhaps chiefly a response to the ‘cultural revolution’ of the second half of the century, that extraordinary dissolution of traditional social norms, textures and values, which left so many of the inhabitants of the developed world orphaned and bereft. Never was the word ‘community’ used more indiscriminately and emptily than in the decades when communities in the sociological sense became hard to find in real life – ‘the intelligence community’, ‘the public relations community’, the ‘gay community’. The rise of ‘identity groups’ – human ensembles to which a person could ‘belong’, unequivocally and beyond uncertainty and doubt, was noted from the late 1960s by writers in the always self-observing USA. Most of these, for obvious reasons, appealed to a common ‘ethnicity’, although other groups of people seeking collective separatism used the same nationalist language (as when homosexual activists spoke of ‘the queer nation’).

Tal vez fuera el tercer elemento principalmente una respuesta a la «revolución cultural» de la segunda mitad del siglo, que supuso que se diluyeran extraordinariamente las normas, los tejidos y los valores sociales tradicionales, lo que dejó a tantos habitantes del mundo desarrollado huérfanos y desposeídos. Nunca se usó el término «comunidad» de forma tan indiscriminada y vacía como en las décadas en que se han vuelto tan difíciles de encontrar comunidades en el sentido sociológico de la palabra: la «comunidad de los servicios de inteligencia», la «comunidad de las relaciones públicas», la «comunidad gay». El surgimiento de «grupos identitarios», conjuntos humanos a los que una persona daría en «pertenecer», de forma inequívoca y con una certeza fuera de toda duda, empezó a registrarse, a partir de los últimos años 60, por autores de los siempre ensimismados Estados Unidos. La mayor parte de estos grupos apeló, por razones obvias, a una ‘etnicidad’ común, aunque otros grupos de personas en busca de una entidad colectiva separada se sirvió del mismo lenguaje nacionalista (como los activistas homosexuales que hablaban de una «nación rarita [queer]»).

Eric Hobsbawm, Age of Extremes: The short twentieth century 1914-1991 («Era de extremos: el breve siglo xx, 1914-1991»), Londres, Abacus, 1995 (primera edición de 1994).

II:

No, si yo lo comprendo: es la excitación. Es que uno lo ve y empieza a salivar como uno de esos simpáticos perrillos de Pavlov de los que nos examinaban en la insospechada formación humanista del BUP español de los años noventa. Si yo en realidad lo entiendo: son los reflejos.

Por eso, cuando leí el artículo de Ofri Ilani en el Haaretz – versión hebrea y versión inglesa – del que nos daba noticia Manuscriptboy (conocido por otros pseudónimos en inglés y en hebreo), tampoco me llamó tanto la atención. Ni siquiera me asusté de que apareciese por ahí, un poco de rondó, el viejo Simonsohn:

על כל פנים, בחירת אפיפיור לא מתרחשת כל יום, ובשגרה עובדי הספרייה אינם פוגשים את האב הקדוש, שעל אף התמחותו בספרות תיאולוגית אינו נוהג לבקר במקום.

It is not every day that a new pope is elected, and in their routine work the library staff do not meet the Holy Father, who despite his expertise in theological literature, does not customarily visit the large library.

[Traduzco del hebreo: «En cualquier caso, la elección de un papa no acontece todos los días, y de forma rutinaria los trabajadores de la Biblioteca no ven al Santo Padre, quien no frecuenta el lugar a pesar de su especialización en literatura teológica».]

Y se pregunta uno: por muy teólogo (que no «especialista en literatura teológica») que uno sea, ¿por qué diantres tendría que «frecuentar» una biblioteca de fondo antiguo, donde lo menos valioso son impresos del siglo xviii? ¿Para manosear los manuscritos? ¿Es que ahora la ósmosis física ha sustituido a la lectura comprensiva como método de aprendizaje?

Tampoco parece que la internet como método de aprendizaje sirva de mucho: Ofri Ilani aún no se ha enterado de la diferencia entre el danbrownesco, misterioso y enigmático «miles de manuscritos» y la prosaica realidad de los catálogos. En el caso de los manuscritos hebreos de la Biblioteca Vaticana «803 manuscritos en escritura hebrea» (que no «hebreos», que son cosas distintas):

בנוסף, ביקרה בבית הספרים הלאומי בירושלים כדי לחזק את הקשרים בין המוסדות האקדמיים בישראל לבין הספרייה, שבה אלפי כתבי יד בעברית.

She [Luigina Orlandi] also visited the Jewish National and University Library in Jerusalem in order to strengthen the ties between her library, which contains thousands of Hebrew-language manuscripts, and Israeli academic institutions.

[«Visitó además la Biblioteca Nacional (de Israel) en Jerusalén para reforzar los vínculos entre las instituciones académicas israelíes y su biblioteca, donde hay miles de manuscritos en hebreo».]

¡Ah, miles los manuscritos y el burro, grande, ande o no ande!

Luego, claro, no puede faltar (como al salpimentar los guisos) el especialista académico que confirma lo justo de la salivación:

ההיסטוריון פרופ’ שלמה סימונסון מאוניברסיטת תל אביב, מומחה ליחסים בין הכנסייה ליהודים בימי הביניים, בילה מאות שעות בספריית הוותיקאן ובארכיון הסמוך לה מאז שנות ה-50. לדבריו, החוויה לא היתה תמיד נינוחה. “התנסיתי שם בדברים שכמו החזירו אותי לימי הביניים. שמרנות קיצונית שאין לה הסבר”, הוא נזכר.

זה קרה כשביקש לעיין במכתבי אהבה אינטימיים שכתב הקרדינל בן המאה ה-15 פייטרו במבו, כדי לבדוק את ההערות שכתב עליהם צייר יהודי. אלא שהספרנים בוותיקאן לא ששו להעביר לידיו את המכתבים. “בהתחלה הם אמרו לי שזה לא קיים. אחר כך שלחתי מברק, ולא קיבלתי תשובה. הם הצניעו את זה, בגלל שאלה אהבות של קרדינל. יש עדיין אנשים בכנסייה הקתולית שחיים כמו בימי הביניים”.

Prof. Shlomo Simonsohn, a historian from Tel Aviv University and an expert in relations between the Church and the Jews in the Middle Ages, has spent hundreds of hours in the Vatican Library and its adjacent archives since the 1950s.

“I encountered things there that seemed to take me back to medieval times: extreme conservatism that is inexplicable,” he said.

That happened when he asked to see intimate love letters written by a fifteenth-century cardinal, Pietro Bembo, in order to examine comments written on them by a Jewish painter. “At first they told me it did not exist. Afterward, I sent a cable but did not get a reply. They kept it secret, because it involved the loves of a cardinal. There are still people in the Catholic Church who seem to be living in the Middle Ages.”

[«El historiador Šelomo Simonsohn, de la Universidad de Tel Aviv, experto en las relaciones entre la Iglesia y los judíos en la Edad Media, ha pasado cientos de horas en la Biblioteca Vaticana y en el archivo adjunto desde los años 50. Según él, la vivencia no siempre ha sido agradable. ‘Allí he experimentado cosas que me hacían volver a la Edad Media. Un conservadurismo extremista sin explicación’, recuerda.

Así ocurrió al solicitar la consulta de unas cartas de amor íntimas que escribió un cardenal del siglo xv, Pietro Bembo, para comprobar las anotaciones que dejó escritas en ellas un pintor judío. Pero a los bibliotecarios de la Vaticana no les complació en exceso tener que llevarle las cartas. ‘Al principio me dijeron que no existían. Después envié un telegrama, del que no recibí respuesta. Lo ocultaron porque se trataba de los amores de un cardenal. Aun existe gente en la Iglesia Católica que viven como en la Edad Media».]

Estoy de acuerdo: aún hay gentes en la Iglesia Católica que viven como en la Edad Media. Y en Tel Aviv también las hay. Pero yo no me los he encontrado en las bibliotecas eclesiásticas de forma especial: me los he encontrado en general en las bibliotecas de fondo antiguo, auténticos nidos de freakie-bibliotecarios, de arqueoarchiveros, con un acendrado sentido de la posesión. Feliz Simonsohn que nunca se había topado con gentes de esa laya en sus anteriores pesquisas («desde los años 50»; ahí es nada); que nunca había recibido la callada por respuesta al escribir a un archivo o una biblioteca de fondo antiguo; que nunca había pedido un libro para descubrir que estaba «perdido» o «inconsultable»… después de haberse hecho kilómetros y kilómetros para llegar a la biblioteca de personal mudo. Ay, Solly, Solly, pero hombre, si tan secretos había que dejar los amores del cardenal Bembo (de cuando, por cierto, aún no era cardenal), ¿para qué diantres pidió Edmund Burke – el del siglo xx, no el filósofo del xvii, no se me confundan – el nihil obstat del censor eclesiástico Remy Lafort, confirmado con el imprimatur del arzobispo de Nueva York, John M. Farley, para su entrada «Pietro Bembo» de la Catholic Encyclopedia de… ¡1907!?:

He remained at Rome for eight years, enjoying the society of many distinguished men and loved and admired by all who knew him. There he became enamoured of the beautiful Morosina.

[«Se quedó ocho años en Roma, disfrutando de la compañía de muchos hombres distinguidos, querido y admirado por todos los que le conocieron. Allí se enamoró de la bella Morosina».]

Bello nombre, Morosina. Ay, Solly, Solly…

Pero aún quedaba el plato fuerte, inevitablemente eclesial, imprescindible mostaza fuerte vaticana, punto necesario de todas las fantasías lúbricas sobre el tema. Sí, lo han adivinado:

אורלנדי, על כל פנים, מופתעת מהטענות. “ספריית הוותיקאן פתוחה כבר כמה דורות לחוקרים מכל העולם. הכל פתוח לציבור, מלבד מסמכים שצריך לשמור עליהם מפאת מצבם”, אמרה. על כל פנים, גם המושג “פתוח לציבור” יחסי כשמדובר בספרייה המכילה בין השאר את דו”חות החקירה של האינקוויזיציה.

Orlandi expressed surprise at these allegations.

“The Vatican Library has been open for a number of generations to scholars from the whole world. Everything is open to the public, other than documents that must be preserved because of their condition,” she said.

“Open to the public” is a relative term in regard to a library that possesses, among other items, the investigative reports compiled on the Inquisition.

[«En cualquier caso, Orlandi se sorprende de tales afirmaciones. ‘La Biblioteca Vaticana está abierta, desde hace varias generaciones, a investigadores de todo el mundo. Todo está abierto al público, excepto los documentos cuya conservación lo exige’, dice. En cualquier caso, el mismo concepto de ‘abierto al público’ es relativo al hablar de una biblioteca que contiene entre otras cosas los informes de las pesquisas de la Inquisición».]

¡Ah, la buena, vieja, inmarcesible Inquisición! ¿Qué sería de nuestros sueños más lúbricos sin ella?

Ya puede cantar misa la Orlandi, la Biblioteca Vaticana entera y el papa de Roma, que la espectacular exigencia de la biblioteca y los archivos vaticanos:

אבל גם כשהיא פתוחה, רק חוקרים עם מכתבי המלצה ממוסדות אקדמיים מכובדים רשאים לדפדף ב-150 אלף כתבי היד ובמיליון וחצי הספרים שאצורים בספרייה.

But even when it is open, only researchers bearing letters of recommendation from respected academic institutions are permitted to browse through the 150,000 manuscripts and 1.5 million books the institution holds.

[«Aunque incluso cuando esté abierta, solo investigadores con cqartas de recomendación de instituciones académicas respetables tendrán permiso para hojear los 150.000 manuscritos y el millón y medio de libros que se encuentran depositados en la Biblioteca».]

Sin duda, una evidente muestra de secretismo por parte de la Biblioteca Vaticana. Sin duda. Y por parte de la Biblioteca Nacional de Israel, que pide exactamente lo mismo. Y de la Biblioteca Británica. Y de la Biblioteca Nacional de Francia. Y del cien por cien de las bibliotecas actuales de fondo antiguo. Y menos mal. Yo debo de ser un conservador vergonzante que aún no ha salido del armario, porque comparto la opinión de la bibliotecaria vaticana:

לדברי אורלנדי, “כדי לקרוא כתבי יד, אתה צריך להיות מוכשר לכך. הרבה מהתעודות ניתנות כיום לגישה באופן דיגיטלי, כך שלא תמיד יש צורך לקרוא אותם בספרייה”.

According to Orlandi, “To read manuscripts, one must be qualified for this. Many of the documents are now accessible digitally, so it is not always necessary to read them in the library.”

[«Según Orlandi, ‘para leer manuscritos, tienes que estar acreditado. Muchos de los documentos están disponibles digitalmente hoy por hoy, de forma que no siempre sea necesario leerlos en la Biblioteca».]

Como sería repetitivo volver a lo de las falsas conclusiones que los bibliotecarios suelen sacar después de los masivos procesos de digitalización de fondo antiguo en los últimos años, no me extenderé sobre el particular. Tampoco sobre lo que dicen de los documentos sobre Pío XII: de forma general, existe una prevención quizá entendible, aunque no deje por ello de ser criticable, de los titulares habituales de los archivos públicos – los estados – por la que el acceso a los fondos recientes solo se efectúa libremente pasado un plazo que juzgan prudencial, que puede variar de los 25 a los 75 años, de forma general.

En fin, una última nota para contrastar la excelente información que sostiene el artículo de Ofri Ilani: los misteriosos informes inquisitoriales no están en la Biblioteca Vaticana. Están donde tienen que estar: en el Archivo Secreto Vaticano (que no tiene de secreto más que la propia etimología de la palabra secretario), una institución distinta, ni siquiera contigua, con su propia dirección, su propio personal y sus propias instalaciones.

Flatiron

Entiendo que la normalidad sea mucho más difícil de percibir que lo extraordinario. Que las crónicas del mal que ha escrito discretamente desde París Patrick Mondiano sean best-sellers mucho menos notables que las noveluchas de Dan Brown. Que las explicaciones del contexto histórico de las persecuciones antijudías medievales sean mucho más prolijas y menos interesantes que la teleología de la historia: nos mataban por ser judíos. ¡Ay, ese nosotros! ¡Cuántas tonterías alberga tu pronombre! El nosotros que gana partidos con la selección, oficial u oficiosa. El nosotros que solo se interesa por la carrera espacial cuando mandan un compatriota al espacio. El nosotros que vibra con la fórmula 1 (¿se habrá imaginado deporte más rematadamente insulso?) solo cuando un piloto de la tierra se dedica a quemar asfalto. El nosotros de los coros y danzas, de los hooligans, de las inflamaciones patrióticas. Como dijo aquel, perdonen que no me levante al paso de la bandera ni al sonar el himno. Sobre todo los míos, claro. ¿Dónde estaría la moral en caso contrario?

La normalidad y su deseo (que para los propósitos de este apunte llamaremos lanormalidad) aparecen donde uno menos se lo espera pero, sobre todo, donde más esperada es su presencia. Ayer ocurrió en España uno de esos partidos que acontecen cada año y que la ignorancia de la paradoja califica del siglo. El Barcelona y el Athletic de Bilbao (que curiosamente no se llama «Bilbao» sin más, aunque sea el único club de fútbol de primera de la ciudad) se jugaban la Copa del Rey (Juan Carlos I), que antes fue Copa del Caudillo (Francisco Franco – cuyo nombre maldiga Dios muchos años. Amén –), que aún antes fue Trofeo del Presidente (de la Segunda República española), que previamente había sido Copa del Rey (Alfonso XIII).

Es tradicional (¿quizá obligado?) que el Rey de España – de naturaleza bastante futbolera, por cierto – esté presente en la final de la Copa y entregue la Copa en cuerpo mortal al capitán del equipo ganador. Al entrar el rey y la reina en el palco, se interpreta por la megafonía del estadio el himno español. Ayer, en Valencia (donde se jugó la final), así fue el caso. Como supongo que todo el mundo podía sospechar al juntar a las aficiones del Barça y del Athletic de Bilbao, es decir, de Barcelona y de la Capital del Mundo (también conocida como Las Siete Calles), es decir, de las dos principales naciones sin estado de España, Cataluña y el País Vasco, las gradas silbaron tanto y tan fuerte el himno español que se hizo prácticamente inaudible. Televisión Española, que transmitía en directo la final, decidió cortar abruptamente la retransmisión y retomarla cuando acabaron himno, entrada de los reyes y silbidos. Una decisión evidentemente muy censurable, que hermana a la televisión pública española con las curiosas prácticas negacionistas (de negación de la realidad) en las que se entretuvo la BBC de la época de Thatcher cuando doblaba con actores las voces de los dirigentes del Sinn Féin, partido independentista irlandés y brazo político del grupo terrorista IRA.

Hoy, con la resaca de un buen partido y de la siempre notable afición del Athletic (el jugador del Barcelona, Alves, tendrá buen recuerdo de ella para lo que le queda de vida profesional, seguramente), se han despertado las ansias salivatorias habituales tras el episodio de rechazo al himno español. Nada fuera de lanormalidad, ya les digo. Nada que no haya pasado, por ejemplo, en Francia. Siguiendo el ejemplo de los sabios, me he tenido que preguntar a mí mismo si sería verdad aquello que afirmó Josep Pla:

Nada hay que más se parezca a un español de izquierdas que un español de derechas.

Porque yo, que debo de ser un español irredento sin salir del armario, no acabo de verle el sentido a pagar los buenos cuartos que tuvo que costar la entrada, el viaje y la alegría o el disgusto, según en cada cosa, como si alguien te hubiera engañado, como si no supieses el nombre del trofeo, Copa del Rey, la titularidad territorial de quien lo otorga, España, y los símbolos nacionales que van asociados a la circunstancia, el himno. Me ocurre lo mismo que en aquella ceremonia, en Barcelona por cierto, donde me tocó conocer al Rey Borbón. No censuré que Glòria llevara, debajo de su vestido de noche, una estelada en forma de brazalete. Pero tampoco lo entendí. Como nunca he entendido las carrozas pagadas por los bares de Chueca en el Desfile (antes manifestación) del Día del Orgullo Gay en Madrid, siempre tan concurrido. Yo, ustedes me disculparán, no acabo de verlo: debe de ser mi censurable sentido de la compostura para el que no encuentro circunstancias atenuantes.

Lanormalidad, mezcla del deseo de normalidad y del refocilarse en la anormalidad, es como Lamerica en la que se inspira el sentimiento: una inspiración, una negación persistente de la realidad, un desapego por el análisis, una inevitable trayectoria hacia el fracaso y la frustración. Porque Lanormalidad, como Lamerica, simplemente no existe. Solo existe el deseo de alcanzarla, sin que jamás se obtenga la satisfacción debida. Para que Lanormalidad cumpla su destino, el Vaticano debe de ser oscuro, inexplicable, conspiratorio, así la Curia como la Biblioteca, así sus finanzas como su Archivo (¡Secreto!). Para que Lanormalidad prevalezca, la única causa de todo contratiempo individual o colectivo de un judío se fundamenta en la persecución. Para que Lanormalidad cumpla sus funciones, la censura es expresión de un alma inmortal y enemiga: nunca es sorpresa. En el país de Lanormalidad, el Marca, ese irreproducible panfleto cuya dignidad solo salva que existan panfletos aún más ínfimos, como el As, no puede incumplir las leyes del deseo y estar de acuerdo con la catosfera nacionalista:

Los masivos pitos a los acordes de la Marcha Real fueron tapados por los decibelios y por TVE que, al más puro estilo franquista, decidió ejercer la censura. Luego, en el descanso, pidieron disculpas por el error humano (¿?), optaron por emitirlo en diferido manipulando las imágenes —nos mostraron incluso a un seguidor del Athletic con la mano en el pecho al estilo Obama— y dejaron casi imperceptibles los múltiples pitos de buena parte de los aficionados en Mestalla. A esto se le llama una burda manipulación sin sentido.

Curioso país este de Lanormalidad, adonde no pretendo pedir visado, al menos mientras sea de forma consciente. Como tampoco, por muy mala situación que tenga, no pediré visado a Lamerica: prefiero pasar hambre a engañarme.

A Lamerica, a Lanormalidad, yo prefiero poder cumplir mi sueño: llegar a América, comprender la normalidad. De forma que después pueda criticar esa misma normalidad. Pero esa crítica ya la haremos en otro momento.

Advertencia: Y parezca lo que parezca, este no es el apunte De naciones y fútbol que llegará en unos días.

«Flatiron, New York City», foto de xshayx, 10 de febrero de 2009.

III:

Burning down the house, versión de Tom Jones y The Cardigans.