Ahí andamos: que si te mando mi libro, que si te hago una reseña, que si te lo traduzco, que si ya veremos si al español o al catalán (« – ¿Al catalán? Me parece estupendo pero, ¿no tendrá más repercusión si lo sacas en español?. – Hombre, quizá sí, pero no creo que el autor de un libro publicado en hebreo tenga legitimidad moral para preocuparse de la repercusión universal de su obra, ¿no crees? Además, lo importante es traducirlo, ¿no? Te aseguro que en Cataluña – y en Valencia, dicho sea de paso – lectores interesados en sociolingüística los hay a puñaos. Creo que incluso hay peñas sociolingüísticas que se reúnen los domingos después de comer para discutir encuestas de uso de las lenguas y disposiciones transaccionales a los presupuestos regionales para el fomento y cultivo de la morfología tradicional del verbo incoativo subjuntivo. Me parece que, como a los casals falleros y las colles sardanistas, las subvencionan los gobiernos autonómicos. Creo»). Que si tal, que si pascual.

No puedo evitar hacerle una pregunta:

– En el libro dice que está traducido del inglés, pero tu lengua materna es el hebreo. Además, trata de sociolingüística hebrea, lo ha publicado en hebreo una editorial israelí y en el libro se menciona a la traductora del hebreo. Menudo galimatías, ¿no?

– Ya. Sí. El caso es que lo escribí primero en inglés, porque… escribo a máquina el doble de deprisa que en hebreo.

– Ah…

The road to Beit Oren

Me hizo pensar. Por ejemplo, en los varios casos en los que un hablante de un dialecto magrebí del árabe utiliza para entenderse oralmente con otro de una variante oriental otra lengua distinta del árabe: el inglés o el francés, tantas veces, pero también el español. Y también los contraejemplos: los malteses que iban a Túnez y se entendían en maltés con los comerciantes tunecinos (que seguían hablando en tunecino). O el curiosísimo caso de los jóvenes de nacionalidad árabe y ciudadanía israelí que hablaban entre ellos… en hebreo. O E., la hija de diplomático tunecino, que había pasado infancia y adolescencia fuera de Túnez, escolarizada en colegios internacionales, para llegar a estudiar a la universidad en Túnez sin poder descifrar los carteles, las indicaciones, los periódicos, los libros, los interminables discursos de Ben Alí – cuyo nombre Dios confunda por los siglos de los siglos. Amén – escritos y retransmitidos en árabe llamado «clásico». Por que me entendáis, como si a un hablante de lengua romance tuviera que informarse únicamente en latín. Clásico. Como para entender la filigrana caligráfica de lo que había escrito esa noche de paseo nocturno en Túnez, lo que luego resultó algo tan anodino como Festival de la Medina.

Y más contraejemplos: el inentendible marroquí, ya se sabe, lengua degenerada donde las haya. Si es que a lengua llega. Y, sin embargo, W., tunecinófona nativa, cairófila entregada, hablante (no solo oyente) tanto de su tunecino natal como de su cairota entrañable y añorado (más el francés que salpimenta con una gracia y un salero dignos de elogio en una lengua de hablantes tan sosos como es el franco-francés universitario parisino), que llega a aquella ciudad verdaderamente perdida – y luego verdaderamente entrañable – de abrumadora mayoría berberófona pero hablante del marroquí cada vez más estándar (el de la tele, para entendernos) que les sirve de lingua franca nacional. En tres días metió la preformativa /k{a}-/ en los verbos que había que meterla, cambió la partícula genitiva mtāʕ por dyāl y mudó el acento tónico de las palabras: se convirtió en una eficaz hablante de marroquí lingua franca y nos deparó muchos momentos del asombro que produce hablar con las gentes de un lugar con suficiente facundia y sin la voluntad de enrocarse en el prejuicio para formar el juicio. Y me reveló, de paso, la causa última de la extendida idea de lo ininteligible del árabe marroquí: la falta de voluntad forastera para entender a los marroquíes.

Aún no he sacado conclusiones, aparte de dos provisionales que juzgo necesarias. La primera, inspirada por mis exploraciones codicológicas: por muy difícil que parezca, el curioso observador, más si es forastero, ha de partir con la idea previa y necesaria de que quien escribió algo, lo escribió para leerse o para que lo leyeran. Por tanto, es comprensible y la necesidad de hacer un esfuerzo para comprenderlo no debe ser excusa barata y arrastrada para justificar nuestra pereza de observadores indolentes. De la misma manera funciona el fundamento último de la humanidad de las lenguas: la dignidad intrínseca de sus hablantes.

En segundo lugar, que las lenguas – o las escrituras – puedan ser comprensibles en última instancia no debe hacernos pensar que la realidad no tendrá mil facetas, tantas que pueda llegar a parecernos que pueden ser contradictorias entre sí. Puede que en realidad así acaben siendo.

Volveremos por aquí con este soniquete.

Tzfat Girls

«The road to Beit Oren», foto de Mirovarda42, 6 de septiembre de 1990; «Tzfat girls»,  foto de TmunaFish, 8 de julio de 2005.