Un intercambio de comentarios en el blog de Juan Pedro Quiñonero me aguza la prisa (que nunca es buena consejera) de rematar un apunte que lleva tiempo en la alacena. Confiar en que la juventud, parámetro por otra parte tan variable según épocas y lugares, sea de verdad la única enfermedad que indefectiblemente se cura con el tiempo, no me redime de la sospecha de que Quiñonero acierte al decir: «Me gustaría pensar que la pedantería suficiente pudiera curarse con la edad».

Vaya usted a saber.

Sin ser irrelevante, ya digo que sobre todo por lo atinado de su deseo, la sustancia de este apunte se fundamenta en lo que yo afirmaba (con sintaxis por cierto bastante mejorable):

Entre los hispanistas franceses (conocedores de España por obligación profesional) es el único caso de hispanistas que he tratado en que he encontrado un número relevante de hispanófobos, sin que tal circunstancia les pareciera en general una contradicción in terminis. De ahí mi méfiance general, abusiva seguramente.

Que él negaba:

No conozco ningún hispanista hispanófobo. La inmensa mayoría de los hispanistas queconozco aman mucho y conocen muchísimo España.

Imaginemos que mi afirmación sea verdad. Solo imaginémoslo, porque Quiñonero es mayor que yo y por tanto hemos de estar seguros de que se ha curado de ese defecto tan reprochable que es la soberbia suficiente, especialmente notorio, ya queda dicho, a causa de la poca edad.

Como del nacionalismo, del que yo me permito afirmar con soberbia que bueno, lo que se dice bueno, no hay ninguno, sea en su estadio previo al éxito o – más a menudo – una vez conquistada la hegemonía social y el gobierno de la cosa pública, de xenofobia, y específicamente de hispanofobia, y marginalmente de hispanofobia a la francesa, hay muchos tipos. El subtipo específico del que yo hablaba era el que nutre la hipotética contradicción – si la evidencia empírica que yo creo haber recogido pudiera contradecir la experiencia de muchos años de Quiñonero en París y en Francia – de ser equisistanólogo («dícese del especialista en cuestiones relativas al país de Equisistán») y ser, a la vez, equisistanófobo. En la variante francesa de esa afección que yo he creído detectar en más ocasiones de las que quisiera, el tipo de desprecio (componente principal de cualquier xenofobia) es precisamente el menosprecio por altanería suficiente. En ese tipo de desprecio por la cosa hispánica (sea lo que sea tal cosa), África – que es en este tipo de mentalidad archivo de todos los atrasos y albergue de casi todas las barbaries – empieza en los Pirineos y reduce mi Península natal al estado de curiosa parcela de safaris con salacot.

En ese tipo de desprecios, en Madrid el expedicionario rememora que:

Sortant d’une auberge où l’on grille encore le cochon dans un four au bois de chêne rouvre et après un gâteau de riz au lait, on se retrouve dans une taverne aux sons nostalgiques du flamenco. Dans les vibrations des claquettes et castagnettes flambe le Madrid éternel, perdu entre Orient et Occident.

Al salir de un hostal donde aún se tuesta el cochinillo en un horno con madera de carrasca y después de una tarta de arroz con leche (?), acabamos en una taberna escuchando los tonos nostálgicos del flamenco. En el vibrar de taconeos y castañuelas, relumbra el Madrid eterno, perdido entre Oriente y Occidente.

A l’heure sacrée de la siesta, le quartier de Chueca, petit Marais madrilène encore baigné par la Movida, se prépare à l’effervescence nocturne.

A la hora sagrada de la siesta, el barrio de Chueca, pequeño Marais madrileño bañado aún por la Movida, se apresta para la efervescencia nocturna.

Madrid, c’est aussi Almodovar. Portraitistes, jeunes gens allongés par terre, saltimbanques et photographes jouent une pièce féerique sous la voûte céleste. Familles madrilènes et touristes cheminent d’un bar à l’autre, savourant des plats aux allures paysannes. Madrid, c’est l’appétit dans la démesure.

Madrid es también Almodóvar. Retratistas, jóvenes tirados por el suelo, saltimbanquis y fotógrafos interpretan una obra de fantasía bajo la bóveda celeste. Familias madrileñas y turistas andan de un bar a otro, probando platos de regusto terruñero. Madrid es el apetito en la desmesura.

Que todo esto lo diga Le Point (proveedor de los excelentes análisis económicos de Nicolas Baverez y Jacques Marseille, según la amabilidad de Quiñonero advierte a mi ignorancia) ofrecería el trasfondo de mi tesis: la de los hispanistas hispanófobos franceses. Alabarle a la mujer de uno lo excelente de su toque con la paella, mientras se la mantiene con la pata quebrada y en casa, es como alabar el sol, la alegría, la fiesta y la siesta de los españoles desde una terracita del Boulevard Saint-Michel: reprobable. Pero es justamente eso lo que el notorio catedrático hispanista de nación francesa, asesor bien pagado de innumerables eventos culturales que abona a precio de rescate de piratas el Gobierno español, hace cuando rechaza sistemáticamente las peticiones de formar parte de tribunales de tesis en la Castilla profunda (y fría) y acepta, con igual rigor, todas las que provienen de la Málaga jacarandosa (y cálida). A la misma escuela podemos adscribir a los pensionados de la Gran Casa de Francia en España, que pasaban ocho de cada diez meses de su encomienda temporal en la Métropole cabe el Sena, en lugar de en su destino obligado, y se permitían, amparados por su título universitario de «descifradores profesionales de la España eterna», pontificar sobre la íntima conexión entre el trasfondo metafísico de hidalgo tristón del hispanófono y la productividad de la fábrica de Renault en Valladolid. Igual y reprensible doctrina trasluce del análisis que hace el aspirante ambicioso a mandarín académico, especialista de los mundos atlánticos (?), muy franceses y poco hispanos al parecer, cuando afirma y remacha en el debate público la centralidad de Francia y la marginalidad efectiva de la historia hispánica… por su inexorable condición de «marginal» respecto del mundo… atlántico (?).

Al cabo de casi tres años de residencia y bastantes más de convivencia con el potente lobby profesional de los hispanistas franceses, la frecuencia de esta afección de hispanofobia por altanería me preocupa. Quizá, si Quiñonero tiene la razón que le supongo por experiencia y tino acreditados, me debería preocupar por mi exceso de susceptibilidad. Y todos deberíamos felicitarnos porque, como en el caso de Italia, ese otro gran objetivo de las querencias francesas y de sus redes culturales, Francia sea pródiga en darnos tantos de sus hijos, enamorados objetivos de nuestras bellezas colectivas y censores igualmente equilibrados de nuestros desafueros nacionales.

Dicho lo cual, solo me queda preguntarme si las naciones, y las categorías de (¿des?)conocimiento que por la fuerza de su naturaleza ellas mismas originan, provocan otra cosa que hacernos, en nuestras vidas individuales, la puñeta.

Y el caso es que el origen real de este apunte era algo distinto y, me parece, más interesante que este apunte infelizmente diletante (afortunadamente corregido por la pericia de la mucha experiencia en el negocio hispanista y francés de Juan Pedro Quiñonero). Los que os hayáis cruzado con mi verborrea en persona, quizá hayáis notado mi insistencia en glosar las prevenciones que me ha inoculado mi condición repetida de extranjero, conjugada con mi casi inexistente patriotismo y mi aceptación analítica y mi repulsión cívica por algunos de los conceptos que nos ha legado la Edad Contemporánea: nación, clase e individuo.

Ya sabéis que considero Inglaterra mi patria intelectual . Allí me topé con un fenómeno que despertó profunda y perdurablemente mi atención: el de que yo, por mi innata e involuntaria condición de español, fuera a la vez cobaya inicial y concentrado químico final de las disquisiciones de un nutrido y notable grupo de entómologos: los hispanistas. En mi experiencia, eran una tribu, quizá una raza, tranquila, a veces ingenua por no ser conscientes de que los huesos de santos se comen por noviembre y, sin embargo, las torrijas por Pascua (que no es lo mismo que Pascuas, sutil morfología cronológica que separa en español el natalicio de Dios de su pasión, muerte y resurrección). Pero, ya digo, en mi experiencia eran un grupo humano respetable, con las excepciones propias de todo grupo humano amplio. En Túnez, mi experiencia fue parecida. Allí era otra la cosa: la condición hispanista proveía de altanería, sí, pero ciertamente intratunecina. Las orejas, en general, junto con la altanería, se volvían gachas en cuanto tropezaban con un aborigen español.

Pero ya digo que esa es solo mi experiencia y mi mala memoria.

Solo en Francia y entre franceses esta excepción altanera de los hispanistas hispanófobos me ha parecido lo suficientemente notoria (y preocupante, por el peso específico del gremio en la cultura y la impostura burocrática del Estado francés – «La France, c’est l’État; le reste, c’est du paysage» –).

Por el bien de la concordia entre las naciones (y entre quienes las interpretan), me felicito de que la mayor experiencia de Juan Pedro Quiñonero le permita negarme la mayor.

Hispanistas hispanófobos, hebraístas antisemitas, arabistas maurófobos y, en general, filólogos redundantes, armados para comprender el mundo de esencialismo lingüístico (que en su caletre igualan a cultural, como si fueran siquiera sinónimos) y de historia teleológica: son subcategorías de desprecio que me he topado con demasiada frecuencia para evitar señalarlas. Si la caridad fuera permisible con estos individuos, cabría quizá emocionarse ante ingenuidad tan entrañable: Dios, dijera lo que dijera Nietzsche, no ha muerto. Simplemente, en las conclusiones de estos especialistas que nuestros modernos templos universitarios del saber procrean, Dios se ha mutado en naciones (por lo que sospecho de que están íntimamente convencidos de la verdad de las categorías teológicas de politeísmo y jerarquía divina). Que, pese a mi agnosticismo general, la práctica de la liturgia propia de mi profesión me haya hecho coincidir en la misma iglesia con estos teólogos del destino colectivo (e inmutable), es solo una constatación más de lo perra que es la vida.

Una última constatación: Le Point, como el ABC en España, es una publicación conservadora, «de derechas», si se quiere. Esto, en cualquier caso, es como no decir nada hoy por hoy, me temo.

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Todos estos eruditos se autodefinen como «científicos». Dominan un método que les permite leer, traducir e interpretar textos y documentos del pasado. Y ello lo hacen de forma objetiva, desapasionada y fiel. Si se les pregunta por su ideología nos dirán que, como científicos, carecen de ella. Y, aunque la tuvieran, ello no interferiría nunca en su investigación. Su probidad no se lo permitiría en modo alguno. Ellos no aspiran a dirigir las conciencias. Su ideal de vida es el de una vida retirada, casi monacal, en la que gustan de relacionarse con sus colegas, que son los que verdaderamente los comprenden y con los que comparten su amor al pasado y a las lenguas muertas, lenguas cuyo cultivo es quizá una de las pocas cosas que nos pueden permitir el llegar a ser plenamente humanos.

José Carlos Moreno Barrera, «Historia Antigua, ¿para qué? Vigor y decadencia de la tradición clásica», ¿Qué es la historia teórica?, Tres Cantos (Madrid), Akal, 2004, pág. 176.

«Details Interior arches – Panthéon, Paris», foto de Timlam18, 31 de enero de 2009.