E más son de las mujeres viejas y pobres, que de las mozas y ricas, porque después de viejas los hombres no hacen caso dellas, tienen recurso al demonio, que cumple sus apetitos, en especial si cuando mozas fueran inclinadas y dadas al vicio de la carne; a estas semejantes engaña el demonio cuando viejas prometiéndolas de cumplir sus apetitos, y cumpliéndolos por obra, como adelante se dirá. E más hay de las pobres y necesitadas, porque como en los otros vicios la pobreza es muchas veces ocasión de muchos males en las personas que no la toman de voluntad o en paciencia; por esto, pensando que el demonio suplirá de sus necesidades, o responderá a sus deseos y apetitos, más son engañadas las viejas y pobres, que no las mozas y las que tienen bien lo que han menester, porque les dá a entender que no les faltará nada, si a él siguen. E ninguno se ha de maravillar si no les dá cosa que les pueda aprovechar, porque no consiente Dios que tengan los demonios tanto lugar para engañar a los hombres, porque si tuviesen licencia para dar oro y plata a sus familiares, no sé si hallaría quien los castigase; y por eso muéstranles agora grandes tesoros, lo cual no sólo engañando, mas aun de verdad lo pondrían si quisiesen y darían largamente a sus secuaces, si Dios lo permitiese, como será en tiempos del Anticristo; mas por agora verifícase aquel dicho que dice el Eclesiástico: halagándote, dará esperanza; prometiéndote, muchos bienes; y, en fin, te dejará burlado.

Fray Martín de Castañega, Tratado muy sotil y bien fundado de las supersticiones y hechizerías y vanos conjuros y abusiones: y otras cosas al caso tocantes y de la possibilidad y remedio dellas, Logroño, Imprenta de Miguel de Eguía, 1529, capítulo iv: «Por qué destos ministros hay más mujeres que hombres».

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Durante lo menos veintipico años, Alfonso de Zamora tuvo en Pedro Ciruelo (Daroca, Reino de Aragón, 1470-Salamanca, 1548) un casi perfecto coetáneo, un compañero, un inspirador y quiero pensar que un amigo, al que le dedicó por ejemplo un poema laudatorio en hebreo y un prólogo latino de una traducción que hicieron de consuno de las traducciones canónicas al arameo conocidas tradicionalmente como targumim. Este Pedro Ciruelo ha salido poco por aquí: tendría que salir más. Fue, principalmente, teólogo, matemático (de abundante producción escrita pero escasa originalidad, a juicio de los que pueden emitir un juicio al respecto), reformista católico de escuela cisneriana, antierasmista irredento y, probablemente, tan misógino como exigía el consenso de la época. Ya mayor, casi anciano para los parámetros de su tiempo, se puso a aprender hebreo, con probables resultados modestos que su colega Zamora se cuidó mucho de rebajar. En Alcalá, fue catedrático de teología (de Santo Tomás, si no recuerdo mal: no encuentro mis notas al respecto) y, por tanto, compañero de claustro de Zamora.

En 1538 salió en la imprenta salmantina de Pedro de Castro su Reprobación de las supersticiones y hechicerías, luego reimpresa en bastantes ocasiones. En la red se pueden encontrar la que creo que es esta primera edición, de Pedro de Castro, digitalizado por la Biblioteca de la Universidad de Salamanca (aquí) y la edición transcrita en tipos góticos (?) dentro de la «Colección Joyas Bibliográficas» (Toledo, imprenta de Rafael Gómez Menor, 1952) que la Editorial y Librería Maxtor de Valladolid ha sacado en reproducción fotoestática recientemente. José Luis Herrero Ingelmo sacó en 2003 una edición crítica de la obra, publicada por la Diputación Provincial de Salamanca. Aunque el librito trae alguna conclusión interesante para el estudio del hebraísmo cristiano del siglo xvi (como la algo sorprendente negación de la naturaleza primordial y la primacía natural de la lengua hebrea) en realidad sigue los tópicos del género. Y su género es una cosa relativamente nueva entonces, los «tratados de reprobación de las supersticiones (y hechicerías)», cuyo primer ejemplo dio a la imprenta logroñesa de Miguel de Eguía, en 1529, el fraile Martín de Castañega, cuyas fechas de nacimiento y muerte he de confesar que ignoro, aunque sospecho que debió de ser coetáneo tanto de Pedro Ciruelo como de Alfonso de Zamora. El libro del fray Martín es, por supuesto, el Tratado muy sotil y bien fundado de las supersticiones y hechizerías, del que he extraído la cita que encabeza estas líneas.

El juicio crítico global sobre la actividad inquisitorial ibérica contra brujas y hechiceros es en general benévolo: parece que el consenso de la investigación apunta a que la inquisición colmó sus escabechinas con género judaico o moro más que con adoradoras de Satán. Seguro que es verdad. Ahora bien, el tono y el lenguaje de estos trataditos antisupersticiosos son de un clasismo y de una misoginia casi de manual. El padre fundador del género de estos opúsculos en lengua «vulgar», el tal Castañega, marca la pauta de lo que vendrá después: si eres mujer, has sido de juventud casquivana y de condición pobre, tienes asegurado el camino más corto y más rápido para el oficio brujeril. Y ya puedes cantar misa afirmando lo contrario, que la autoridad de un predicador de la Santa Inquisición no se discute. Y vaya que no se discutió.

Esto del clasismo, como lo de la misoginia inherente a la sociedad patriarcal, es un clásico de ayer, de hoy y de siempre. La adorable A., madre de S., mujer de tanto cariño y de tantos desvelos por mi familia, era (y es) de la opinión de que mejor los del Partido Popular que los socialistas en el gobierno de mi país puesto que, siendo los primeros mayoritariamente de buena familia, ya llegaban al poder siendo ricos, lo que evitaba la reprobable circunstancia de tener que meterle mano a la caja del Estado para compensar, supongo, la falta de fortuna que la cuna les había deparado.

Y el caso es que yo, hoy, quería hablaros de Dios y de Fuenlabrada con un punto (¡ay!) de cierto clasismo… Será cosa de brujas lo de este excurso.

«L’altro lato della medaglia», foto de eMA! (Hora yarou), 11 de julio de 2007.

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