Decíamos ayer

Hoy me permitiréis que os hable de memoria. Uno de mis libros preferidos, por muchas razones, es el llamado «Códice Albeldense» (o «Vigilano» por el nombre de su autor y copista, un monje quizá riojano llamado Vigila) de finales del siglo x.
Lo sustancial sobre tal libro está dicho aquí. Como lo mío es más bien lo insustancial, me dejaréis que os dé una de las razones por las que ese libro en particular se cuenta entre mis preferidos. Parte del códice transmite el texto de un hipótetico diálogo entre el libro y el lector. Un momento de ese diálogo dice, en un fragmento que mi mala memoria se toma la libertad de mistificar, algo así:

[Lector:]
Quid es?
[«¿Qué eres?»]

[Libro:]
Ego sum socius itineris.
[«Soy un compañero de viaje».]

Socii itineris.

Socii itineris.

No me ha venido a mi pobre magín mejor manera de definir mi objeto de estudio y a los lectores de este blog. Echando mano de la reprensible ciencia de las etimologías, cumple advertir que, en latín, studium vale tanto como «afecto». En fecha tan señalada por muchas cosas como la de hoy, entre las que no es la menor razón que hoy quede exactamente un año para el primer cumpleaños de María González Hernández, no he encontrado mejor manera de marcar el final de un viaje para dar principio a otro.

Fotografía extraída del facsímil Códice albeldense, Francisco Javier García Turza (coordinador), Madrid, Servicio de Publicaciones del Patrimonio Nacional, Testimonio Compañía Editorial.