«En un punt solen coincidir la gent de totes les races -jueus inclosos: en l’odi al jueu (potser exagere, però no gaire).»

[En un punto suelen coincidir la gente de todas las razas, judíos incluidos: en el odio al judío (tal vez exagero, pero no mucho).]

Joan Fuster

He tingut curiositat de veure en quin estat es troba això que en diem ací «matar els jueus». En tal dia com avui, a l’època de la meva infantesa, les criatures del poble acudíem a l’església havent dinat, a matar els jueus. Hi acudíem amb tota mena d’estris per fer fressa. Els uns, amb els garrots, picaven a terra; els altres percudien una llauna de petroli amb un tall de ferro; el petit comerç posava en venda unes maces ad hoc per a picar sobre qualsevol cosa; hom podia comprar també una joguina feta amb un engranatge de fusta, que es feia rodar i produïa un soroll desagradable, absolutament molest. A l’església es produïa un xivarri enorme, immens. Aquell desori representava una matança hipotètica de jueus.

Quin origen té aquest esdeveniment? ¿És una venjança per la mort de Nostre Senyor, una venjança teòrica però de sentit claríssim? ¿És una reminiscència d’un pogrom evitat per desviació –i realitzat només simbòlicament?

Aquesta tarda he constatat que hi havia moltes menys criatures a matar jueus que en el meu temps. En aquella època hi havia totes les criatures del poble de casa bona. Avui hi havia les més estripades: hom els deu haver donat un tall de pa i xocolata perquè vinguessin a matar els jueus. D’aquesta manera, la tradició s’haurà mantingut un any més.

Em produeix una gran satisfacció constatar la decadència d’aquest desori arrilat i grotesc.

[Me ha entrado la curiosidad de ir a ver en qué estado se encuentra lo que aquí llamamos «matar a los judíos». En fecha como la de hoy, en la época de mi infancia, los niños del pueblo acudíamos a la iglesia, después de comer, a matar a los judíos. Acudíamos con toda clase de útiles para meter bulla. Unos, con garrotes, pegaban en el suelo; otros percutían una lata de petróleo con un trozo de hierro; el pequeño comercio ponía a la venta unas mazas ad hoc para dar golpes en cualquier cosa; podíase comprar también un juguete hecho con un engranaje de madera, que se hacía rodar y producía un ruido desagradable, absolutamente molesto. En la iglesia se producía un jaleo enorme, inmenso. Semejante barahúnda representaba una hipotética matanza de judíos.

¿Qué origen tiene este acontecimiento? ¿Es una venganza por la muerte de Nuestro Señor, una venganza teórica pero de sentido clarísimo? ¿Es una reminiscencia de un pogromo evitado por desviación, realizado solo simbólicamente?

Esta tarde he constatado que había muchos menos niños matando judíos que en mi época. En aquel tiempo estaban todos los niños de buena familia del pueblo. Hoy estaban los más desharrapados: debíase haberles dado un poco de pan con chocolate para que fuesen a matar judíos. De esta manera, la tradición se habrá mantenido un año más.

Me provoca una gran satisfacción constatar la decadencia de esta barahúnda destartalada y grotesca.]

Josep Pla, El quadern gris («El cuaderno gris»), apunte del 17 de abril de 1919.

Aparte de la constatación de que Josep Pla y Joan Fuster nunca defraudan, aunque sea por razones distintas, me hace gracia esta evocación de la belleza de las paradojas que pueblan las celebraciones peninsulares de la Semana Santa. Hablo con cierto conocimiento de causa: en el Monreal de donde provenimos los Plumed, el abuelo y los tíos se vestían cada año de «judíos». Solo que se vestían tal que así:

judios-de-monreal

Al mismo reino de Paradoja puede pertenecer la circunstancia de que un elemento folclórico central de las celebraciones de Purim, en que el judaísmo conemorar la salvación por la reina Ester de los judíos de Persia en época legendaria, sea darle a una matraca parecida a las que se utilizarían en el Palafrugell de Pla para «matar judíos». Solo que, en Purim, mientras se lee el Rollo de Ester (que, paradójicamente, es una narración casi trepidante) lo que se intenta ocultar con el estruendo de las matracas es el nombre de Hamán, malo malísimo por antonomasia.

Si nos pusiéramos estupendos y semiólogos, podríamos ver en esta madeja de pascuas, judíos y matracas una constatación algo facilona de la arbitrariedad del signo. Constatar la insoportable levedad del ser fusteriano, aparte de conjurar un demonio privado, es una proclamación casi inútil por banal.

Fotografía tomada del artículo «La cultura inmaterial» de José Hernández Benedicto, José Serafín Aldecoa Calvo y María del Carmen Fuertes Sanz, en Emilio Benedicto Gimeno (coordinador), Historia de Monreal del Campo, Calamocha (Teruel), Centro de Estudios del Jiloca, Monreal del Campo (Teruel), Ayuntamiento, 2006, pág. 322.