[En la misma serie.]

Després d’aquests cinc anys passats a la Universitat, em sembla que el que hom sol dir-ne rutinàriament: que s’hi perd el temps i que en sortir-ne és quan s’ha de començar de treballar i sobretot quan s’ha d’oblidar el que s’hi ha après, és absolutament secundari.

Al meu entendre, el pitjor efecte de l’establiment és la falsificació que produeix en la sensibilitat, en la intel·ligència i en el caràcter. Tendeix a fer veure les coses no tal com realment són, sinó a través d’un cartó superposat. No és un esforç per passar del simple al complex -com la vida exigeix- per tal d’arribar a una certa visió humana quintaessenciada. És un esforç per simplificar a través de la trampa sistemàtica. L’establiment fa veure les coses en petit, amb miopia, afavoreix la pensada, el truc, l’astúcia, l’habilitat, la tendència a convertir l’atrabiliari en norma de la vida. A la Universitat, saber compta ben poc: el principal és aprovar. He passat cinc anys de la vida en una facultat de Dret: no he sentit mai parlar, ni per medecina, de Justícia. La paraula mateixa, no l’he sentida mai pronunciar. Hauria estat probablement desplaçada en un ambient que pretén crear murris, més que persones d’un cert equilibri humà. Així, l’establiment docent dóna armes fortes als febles i esguerrats morals, als petits ambiciosos, als nyeu-nyeus desenfrenats, als fanàtics, als pedants. S’hi aprenen totes les arts de la simulació i de la traveta, de l’adulació i de l’habilitat. No s’hi lluita mai amb noblesa i claredat. Els temperaments forts, la Universitat els ofega, els corromp.

[«Después de estos cinco años pasado en la Universidad, tengo la impresión de que lo que se suele decir rutinariamente, que se pierde el tiempo y que, al salir, es cuando toca empezar a trabajar y, sobre todo, cuando ha de olvidarse lo que allí se haya aprendido, es absolutamente secundario.

A mi entender, el peor efecto de la institución es la falsificación que produce en la sensibilidad, en la inteligencia y en el carácter. Tiende a hacer ver las cosas no como son en realidad, sino a través de un cartón superpuesto. No es un esfuerzo por pasar de lo simple a lo complejo -como exige la vida– con el fin de llegar a una cierta visión quintaesenciada de lo humano. Es un esfuerzo por simplificar por medio de una trampa sistemática. La institución hace ver las cosas en pequeño, con miopía, favorece el cálculo, el truco, la astucia, la habilidad, la tendencia a convertir lo atrabiliario en norma de la vida. En la Universidad, saber cuenta poco: lo principal es aprobar. He pasado cinco años de la vida en una facultad de Derecho: no he oído nunca hablar, así los mataran, de Justicia. No he oído nunca pronuncia la propia palabra. Probablemente la habrían desplazado en un ambiente que pretende crear pícaros, antes que personas de un cierto equilibrio humano. Así, la institución docente da armas fuertes a los débiles y lisiados morales, a los pequeños ambiciosos, a los quejicas desenfrenados, a los fanáticos, a los pedantes. Se aprenden todas las artes de la simulación y la zancadilla, la adulación y la habilidad. No se lucha nunca con nobleza y claridad. A los temperamentos fuertes los ahoga, los corrompe la Universidad.»]

Josep Pla, El quadern gris («El cuaderno gris»), apunte del 12 de marzo de 1919.

Si lo llegan a traducir al alemán y le añaden unas cuantas páginas, les sale La ciencia como vocación de Max Weber. Yo no les obligaré a que les guste Pla (ni Weber), pero les advertiría del pecado mortal en que caerían si no lo hicieran. Igual que Marx (dicen) aprendió ruso cuando tuvo que ponerse a hablar de la economía rusa, pónganse a aprender catalán solo por leer al Pla original (y no se fíen de mi traducción ancilaria y vicaria). En cuanto a los que hayan sido afortunados de permanecer fuera de la Universidad y aledaños, piensen en los de dentro y reciten conmigo: «ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte».

Amén.