[Del vascuence] «sus vocablos y construcción mucha enseñanza y doctrina [poseen], que a los que hablan y entienden hace eruditos y bien instruidos».

Manuel de Larramendi (1690-1766), Diccionario trilingüe castellano, bascuence y latín, reedición de Pío de Zuazua, San Sebastián, s.n., 1853, fol. xxix.

Ampliamente desaparecido en nuestros días, pero sin lugar a dudas omnipresente, fue el papel de todos y cada uno de los tipos de multilingüismo en los asuntos cotidianos, el tejido comunitario, las evoluciones de la sensibilidad de la experiencia humana ordinaria en todo el mundo. Es muy posible que una conciencia auténticamente unilingüe sea, en la historia y en la cultura, una excepción. El chovinismo lingüístico, la exaltación de la lengua nacional oficial y de sus raíces míticas son fenómenos tardíos. En el caso europeo, no son anteriores al siglo xvi. Hoy en día, la prepotencia del anglo-americano es un fenómeno crítico que altera la naturaleza misma del lenguaje y de las relaciones humanas. Paradójicamente, engendra asimismo un bilingüismo reforzado, puesto que cada indígena debe conocer su lengua a la vez que el anglo-americano.

El desafío es considerable. Las doctrinas llamadas progresistas, en materia de educación y de psicología del niño, sobre todo en Estados Unidos, se han opuesto a un multilingüismo precoz. De forma más o menos consciente, el chovinismo y las presiones en pro de la integración étnica que subyacen en este tipo de pedagogía son evidentes. Hay que convertir al niño en un ciudadano unilingüe, purgado de su pasado de inmigrante, liberado de la herencia, contraria a sus oportunidades socio-profesionales, que ha recibido de culturas extrañas e inferiores. Un inglés americano normativizado, que asalta desde la infancia, dará acceso al ascensor del patriotismo y del éxito, a la hegemonía de valores y deseos que el modo de vida formidablemente imitable de los americanos ha acabado ejerciendo en buena parte del mundo. Pero el psicólogo de la educación tiene ambiciones más lejanas. En su versión consecuente, busca que el multilingüismo desde la más tierna infancia siembre la confusión en la psiqué en formación, que pueda inducir transtornos de la personalidad, del desorden benigno a la esquizofrenia pura y simple.

Segmentado y desorientado entre diferentes lenguas, el espíritu, la urdimbre de la identidad coherente del niño se deshilacharán total o parcialmente. El reconocimiento de uno mismo quedará obscurecida por los flujos conflictivos de la conciencia. De forma no menos perjudicial, al niño, al individuo ya maduro, le será cada vez más difícil asimilarse al «grupo de sus semejantes» o a su patrimonio nacional. Extranjero de sí mismo, el hombre descentrado lingüísticamente corre el riesgo de seguir siendo un extranjero en mitad de un Estado de estilo americano, liberal, igualitario y colmado de bienes materiales.

Sostengo que este punto de vista bordea la idiotez. Si se aplica, reduce el espíritu humano a la mendicidad, lo domestica. En la misma medida, da testimonio de un trauma inmemorial. El incidente de Babel.

George Steiner, Errata: An examined life, Londres, Weidenfeld & Nicolson, 1997 (tomado de la edición francesa, traducción de Pierre-Emmanuel Dauzat, París, Gallimard, 1998, págs. 134-135).

Metrópolis de Babel.

Metrópolis de Babel.

Una característica espectral recorre mi Europa privada de las diásporas: la pérdida de la sintaxis. Gregor me tranquilizó asustándome: a él le pasaba desde hacía tanto tiempo que lo había asumido como la verdadera condición de su lenguaje. Suizo germanófono casado con una preciosa francesa de la isla de la Reunión, aunque parisina de muchos años, residentes en Inglaterra, criando una niña trilingüe, la sintaxis de todas sus lenguas era una carrera contra Babel. Una persecución retroactiva de la lengua original. Y él, que es un intelectual humanista, que habla árabe de Siria con acento alemán y hebreo de Jerusalén con el mismo acento, y es, en su forma de pensar, tan cuidadoso como el mecanismo de un reloj suizo (¿quién dijo que el tópico es inútil?), me dio la pauta de que la despreocupación purista era una forma de nirvana diaspórico. Entiéndanme: precisamente por su condición de reloj suizo, estaba muy preocupado por la perdida del lenguaje pero convinimos, té va, café viene, en la sala de pasos perdidos de la Biblioteca Británica, en que, de lo que es irremediable, mejor no preocuparse. Es una condición esta de la pérdida de la lengua primera tan habitual en mi círculo que la asumo como esencial, al paradójico modo: Judith con su polaco, su inglés y su francés; María (con acento) con su español, su inglés y su italiano (y otras cuantas más, pero no vamos a sacar los colores); Maria (sense accent) con su catalán, su español, su italiano y su inglés (puis, le français, où en sommes nous?); yo mismo, que por no saber, no sé muy bien donde estoy.

No sé (y acabo) si estoy del todo de acuerdo con Steiner. No sé si la inmersión lingüística es tan deleznable como escribe (pues de inmersión lingüística escribe Steiner, contradiciéndola, por si no se habían dado cuenta). Supongo que lo que debe controlarse es el componente ideológico de la inmersión lingüística, nada más y nada menos. O equilibrar las reglas impuestas de la lengua normativa con las libertades adquiridas por la costumbre del humanismo, lo que nos acabaría llevando a un punto de encuentro con las tesis de Steiner. Y antes de que sigan leyendo, un recordatorio antes de que me vengan indignados con mandangas: la principal política de inmersión lingüística [enmienda: en la Península Ibérica] por las bravas es la que desarrolló el Estado español, primero liberal, luego Dios sabe qué, desde mediados del siglo xix hasta finales del xx. En Francia también saben un rato de estas cosas.

Es cierto que una constante de las últimas hornadas de ciertas investigadores americanos, por origen o por formación, es una incapacidad para las lenguas extranjeras que a mí me exalta la bilis. Pero no es menos cierto que, en los campos directamente concernidos por el manejo de lenguas modernas y clásicas, investigadores de ese mismo origen lingüístico dan mil y una vueltas a españoles y franceses tradicionalmente afásicos.

La cantidad vocabular o el tamaño de la lengua en que se nos sumerge por inmersión lingüística no es criterio de nada, salvo en las ensoñaciones venéreas de los lingüistas (normalmente sociolingüistas) que veneran el tamaño o el onanismo de los usos lingüísticos por encima de la calidad en el manejo. Nada que ustedes, queridas lectoras y lectores, no sepan por su vida diaria. Quod erat demonstrandum

Coda: Aunque esté mal decirlo, porque no decía absolutamente nada nuevo como tiene por costumbre de algunos años a esta parte, yo me lo pasé muy bien con La busqueda de la lengua perfecta en la cultura europea, de Umberto Eco (Barcelona, Crítica, 1994; primera edición italiana como La ricerca della lingua perfetta nella cultura europea, Bari, Laterza, 1993). Por casualidad, acabo de descubrir que en la primera de mis almae matres les ha dado por interesarse por asuntos que son muy de mi incumbencia: Ana Vian y Consolación Baranda (ed.), Letras humanas y conflictos de saber: la filología como instrumento a través de las edades, Madrid, Editorial Complutense, 2008 (edición a cargo del Instituto Universitario Menéndez Pidal), en el que Fernando Díaz Esteban acomete el artículo «Bernardo de Aldrete en la corriente anticuaria del siglo xvii», págs. 345-361. Don Fernando, uno de los hebraístas, en Barcelona y en Madrid, que han impartido docencia universitaria en la segunda mitad del siglo xx, provoca en mí cierto agnosticismo intelectual, pero parece que, en esta ocasión, acomete y desarrolla en lugar de perpetrar un artículo, de lo cual me felicito. En cualquier caso, Bernardo de Aldrete (1560-1641) es un barroco temprano y humanista tardío de mucho interés, que sostenía afirmaciones de esta laya:

No puedo dexar de responder a los que sienten, que hago agrauio à nuestra lengua en darle principio, que sea mas moderno, que la población de España por el antiguo Tubal, lo demas tienen por indigno de la gra[n]deza española. […] La propiedad con copia i abundancia de vocablos, la dulçura junta con la grauedad, la elegancia acompañada de facilidad, i otros ornamentos semejantes son los que honrran, i dan precio i estima a vna lengua.

(Díaz Esteban, 2008, pág. 348)

En español y sobre las Españas, por seguir con el argumento de Tubal [enmendado y enlazado], yo he disfrutado siempre mucho con los escritos de Antonio Tovar Llorente. Quien se asombre (ya ven ustedes qué cosas) de que un madrileño de nación y de ejercicio se deleite hablando y escribiendo catalán (a la manera de Valencia), lo de Tovar debe ser causa de estupor mayor: un vallisoletano de nacimiento, falangista de primeras, exiliado pro-democracia después, rector de Salamanca, que hablaba y escribía del catalán y del vasco (y otra docena larga de lenguas). ¡Ahí es nada! De Tovar, yo tengo entre mis libros predilectos (y viene al caso de lo que tratamos) Mitología e ideología sobre la lengua vasca. Historia de los estudios sobre ella, Madrid, Alianza Editorial, 1980, porque, si ustedes no lo saben ya se lo digo yo, todo empieza en las Españas por el vasco. Sobre todo a partir del siglo xvi. Sin ánimo paradójico pero con intención cojonera, les he de revelar que no hay nadie más español que los vascos. Bien a su pesar y, quizá en ocasiones, bien a pesar de los que no nos quedan más narices que ser españoles (qué quieren, si tal nos ha tocado en el reparto). Como no estamos en un quodlibeta medieval y, por no querer convencer, no me quiero convencer ni a mí mismo, me permito darle a la de cal de George Steiner, una de arena de Antonio Tovar. Aquí va (y queden ustedes, como es costumbre de esta casa, con Dios. Veremos si mañana podemos leernos. Si no, el lunes):

Y ¿qué diremos sobre la actual situación del euskera? No soy vasco, ni vivo allí para estar bien informado de la rápida evolución de los últimos años, ni me siento con autoridad para opinar sobre las tendencias que dominan en la lengua vasca. En la Edad Media, y todavía en la Moderna, y en España hasta el siglo xx, las lenguas eran habladas en su mayoría por analfabetos, y se heredaban principalmente por tradición oral, como en los tiempos primitivos. Así ha llegado el vasco hasta ayer, y así se ha conservado entre los vascos la literatura oral viva hasta hoy.

Pero la actual crisis, desgraciadamente sangrienta crisis, que sacude a los vascos, es una crisis política, mas también lingüística. En el mundo actual, donde no puede haber analfabetos, porque la economía lo prohíbe, la transmisión de la lengua ya no es predominantemente oral, ni ocurre en el tranquilo y secular regazo de los caseríos en las montañas. El País Vasco, tan industrializado, tan atractivo como ha sido para inmigrantes, ha llegado a una crisis de identidad.

Y sería necio no reconocerlo. Una lengua hoy no puede subsistir sino con escuela y con los medios de comunicación modernos, y una forma de lengua unificada es necesaria para que sirva en estos usos y en los de la administración autónoma. Privar hoy a una lengua de esto es lo mismo que condenarla a muerte.

El camino de la paz en las provincias vascas y en España pasa por la política, y, según se puede ver en este libro, por la política lingüística. «La situación actual -ha dicho el rey don Juan Carlos a un periódico extranjero (El País, 23 de marzo de 1980)- es el fruto de enormes errores históricos». […] Cuando Unamuno creía, en su falta de fe en el futuro del euskera, que operar con las lenguas y hasta cierto punto dirigirlas es imposible, desconocía, como hombre de su época historicista, que siempre han sufrido las lenguas tales operaciones, y […] también la castellana y española las ha sufrido a manos del Rey Sabio en el siglo xiii o de la Real Academia de Felipe V en el xviii.

(Antonio Tovar, 1980, págs. 200-201).

Estrambote: Por casualidad me encuentro con la revista Península: revista de estudos ibéricos (Instituto de Estudos Ibéricos, Faculdade de Letras da Universidade do Porto), que lleva publicando desde 2003 fascículos buenos, bonitos, baratos por cibernéticamente gratuitos, eruditos y sin embargo interesantes, portugueses e ibéricos. No se me pongan remolones y no me vayan a pedir más en plan exigente: disfruten lo que hay, que no es poco. Va derecha a los enlaces de la columna a mano diestra, que pueden ustedes recorrer tanto como les plazca, por cierto. ¿Hacía falta decirlo?