«Encheremos nossa boca de riso
nossa lingua de musica & alegria»
Samuel Usque, Consolação às tribulações de Israel,
Ferrara, 1553, folio cclxxxi recto

Frontispicio de la Esnoga de Amsterdam.

Frontispicio de la Esnoga de Amsterdam.

Such are the recorded languages of the Netherlands-based seventeenth- and eighteenth-century Sephardim: Portuguese at synagogue and for synagogue-related bureaucratic work, as well as for certain religious and secular documentation and publications; Spanish for business, fine arts, everyday life; Hebrew at the occasional erudite academy, more written than spoken, at times recited, also for liturgy, biography, grammar and circumstantial poetry; Latin and Greek for classical erudition; Dutch for communication with officialdom, general commerce and the occasional circumstantial poem; as the eighteenth-century evolves, French for haute couture; Italian surely for the occasional conversation with coreligionaries from home, such as in the case of Abraham Cohen de Herrera (Italy 1580-Amsterdam 1635), author of the Spanish-language treatise on Kabbala, Puerta del cielo.

Other than Portuguese, Spanish, French and Italian, at least one additional Romance tongue was known within the Dutch Sephardic Community: Catalan […].

[«Estas son las lenguas de cuyo uso existe evidencia entre los sefardíes residentes en los Países Bajos durante los siglos xvii y xviii: el portugués en la sinagoga y para los trámites sinagogales, así como para ciertos documentos y publicaciones de carácter religioso o secular; el español para hacer negocios, las artes y la vida cotidiana; el hebreo en algunos círculos eruditos, más escrito que hablado, recitado a veces, también para la liturgia, escribir biografías, gramáticas o poemas de circunstancias; el latín y el griego para la erudición clásica; el holandés para comunicarse con las instancias oficiales, el comercio en general y algún poema de circunstancias. Según avanzó el siglo xviii, el francés para la alta costura y el italiano para alguna conversación que pudiera darse con los correligionarios oriundos de la misma tierra, como ocurría con Abraham Cohen de Herrera (Italia 1580-Amsterdam 1635), autor de un tratado escrito en español, Puerta del cielo, sobre la cábala.

Junto con el portugués, el español, el francés y el italiano, al menos se tiene noticia de otra lengua románica conocida en el seno de la comunidad sefardí holandesa: el catalán […]».]

Kenneth Brown, «A Catalan speaker at esnoga: Nicolau d’Oliver i Fullana (Majorca ca. 1620-the Dutch Netherlands [?] ca. 1698)» [«Un catalanohablante en la esnoga: Nicolau d’Oliver i Fullana (Mallorca, ca. 1620-Provincias Unidas de los Siete Países Bajos, Zutot: Perspectives on Jewish culture (revista), vol. iii (2003), págs. 87-97.

Y hasta aquí puedo leer, yo como ustedes. Cuando estuve en bibliotecas en las que había este numero de Zutot (una revista muy apañada, por otra parte), me descuidé de sacar copia del artículo. Así que tampoco yo sé quien fue ese Nicolau d’Oliver y hasta qué punto se habló catalán en Amsterdam. Puestos a hablar catalán en el siglo xvii, sería bastante más lógico que lo hablasen en Liorna, el Livorno de los italianos. Así que no se me arremolinen expectantes: la pauta de las comunidades sefardíes, desde la Expulsiones de la década de 1490 en adelante, fue hablar una koiné, un sistema lingüístico cuya base principal fue lo que comúnmente llamamos castellano o español, que ya era en la Península Ibérica la lengua más difundida en ese mismo siglo xv. Y, por cierto, después también. Precisamente, una de las peculiaridades de las comunidades sefardíes del sur de Francia, principalmente radicadas en la región de Burdeos, y en los Países Bajos, fue que mantuvieran y se sirvieran del portugués, en contraste con el resto de comunidades sefardíes.

Tengo que admitir que no acabo de estar muy de acuerdo con la caracterización que da Brown: quizá convendría matizar los usos del español y del portugués que, en cada caso, me parece que abarcaron más de donde los cataloga el autor del artículo. La aclaración que da de que el hebreo era «más escrito que hablado» me sorprende (y formará parte del argumento de un apunte próximo donde pretendo contestar a una antigua deuda): lo de «hablado», en una comunidad sin especiales problemas de expresión y de intercomprensión lingüística como era la sefardí de los Países Bajos (¡sería por lenguas! ¡Venga otra ronda de adverbios!), me parece un poco extemporáneo, si me lo permiten. Pero bueno, sus razones tendrá Brown y quizá las dé en el artículo. Lo del francés de alta costura, francamente, me deja un poco con el pie cambiado, pero seguro que los sefardíes dieciochescos de Amsterdam eran tan presumidos como sus primos de aquende y allende del Mediterráneo. No en vano, a toda una especie de sefardíes notorios por el colorido de su comportamiento y su habillamiento los llaman, en París, les Juifs chalala. Y eso de Dutch Netherlands me suena un poco inaudito: Dutch, que yo supiese, llegaba hasta el Flandes hoy belga y los Netherlands históricos son, para los ajenos al Benelux, la mal llamada Holanda (que sí, que sí, que ya lo sé…), de la que es soberana la reina Beatriz; Bélgica, de la que pareciera, vista de lejos, que lo único que existe son el Rey Alberto, el chocolate y los mejillones con patatas fritas; y Luxemburgo. Pero, oigan, corríjanme, corríjanme, que para eso estamos…

Interior de la Esnoga de Amsterdam

Interior de la Esnoga de Amsterdam

Y, por Dios bendito, no me confundan glotónimos (nombres de lenguas), topónimos (nombres de lugares), gentilicios (nombres de los oriundos de esos lugares) y nacionalismos contemporáneos (productos mayoritariamente indeseables del romanticismo decimonónico y derivados): los sefardíes no eran españoles salvo en el sentido geográfico tradicional del topónimo Hispania, castellanizado en España y de la cual toma nombre, por otra con bastante lógica, la nación de la que yo mismo soy ciudadano. Y no podían ser españoles porque, entre otras minucias sin importancia, «España» como estado coherente y continuo no existía en 1492. Ni en 1500. Ni en 1640… Y Sefarad es España en ambos sentidos: el hispánico y el español. Y que existieran esnogas o scuole, es decir, sinagogas, que recibían el apelativo de catalanas no es porque quienes formaban la congregación fueran catalanes y, menos aún, catalanes «à la Joan Fuster», de Salses, en el Rosellón, a Guardamar, en la frontera con Murcia y de Fraga, en Aragón, a Alguer, en Cerdeña. Eran catalanas porque se rezaba siguiendo el rito catalán, un muy determinado rito que perduró hasta más o menos el siglo xviii. Pero estas comunidades catalanas estaban englobadas, en términos menos específicos, en la idea sefardí contrapuesta, por ejemplo, a asquenacíes, romaniotas (judíos de lengua griega de donde provienen casi todas las familias apellidadas «Greco» o «Grego», por si este dato fuera de interés para alguna de mis lectoras), yemeníes y, fuera del judaísmo rabínico hoy y ayer, pero no antesdeayer, mayoritario, caraítas. Yo solo tengo noticia de una comunidad sefardí que mantuviese más allá del siglo xvii su lengua catalana oriunda: la que existe en la mente algo calenturienta de algún publicista anónimo del nacionalismo (pan)catalanista.

Y, si ustedes quieren, les doy la bibliografía de esto y de más cosas si me la piden, pero no hoy, que ando ya con alguna gana de cerrar el chiringo y por mucho que sean ustedes, como dijo Cervantes de Barcelona, un puritito «archivo de cortesía», me espera Morfeo para platicar no sé qué cosas.

Ea, señoras, señores, con Dios. Con el que más les guste.

[Fotografías sacadas del sitio de la gran sinagoga sefardí de Amsterdam, la célebre y entrañable Esnoga de Amsterdam, una de las maravillas del mund(ill)o sefardí.]