[Capítulo I: «Los años de Zamora y Salamanca»]

[Capítulo II: «La Biblia Políglota Complutense»]

Capítulo III: «Los (¿in?)felices años de Alcalá»

Glauben Sie, daß Sie es aushalten, daß Jahr um Jahr Mittelmäßigkeit nach Mittelmäßigkeit über Sie hinaussteigt, ohne innerlich zu verbittern und zu verderben?

[«¿Cree usted que aguantará que, año tras año, le pase por encima una mediocridad tras otra, sin amargarse por dentro y sin corromperse?»]

Max Weber, Wissenschaft als Beruf («La ciencia como vocación»), 1917, traducción de Pedro Piedras Monroy.

Aunque lo he dicho menos de lo que debería por aquí, la tesis zamoresca que ocupa mis días se funda en el método llamado codicología. La codicología es la disciplina -me permitirán que no me ponga estupendo, así que evitaré llamarla ciencia– que, por decirlo de una manera que se entienda, trata a los libros viejos, preferentemente manuscritos, con el respeto debido: les llama de usted; les pregunta primero, antes de abrirlos, para interesarse por su salud; le echa una paciencia de santo y escucha las batallitas de esos abuelitos encuadernados -o no- a los que se dedica la codicología.

De los libros impresos aunque venerables se suele ocupar la llamada bibliografía material en español, denominación hija de la bibliographie matérielle francesa, a su vez prohijada por la analytical bibliography inglesa (originalmente shakesperiana), que consiste en suma en:

El estudio de los libros como objetos físicos: los detalles de su producción y los efectos del método de manufactura en el texto. […] La bibliografía material (analytical bibliography) se ocupa de la historia de los impresores y libreros, de la descripción del papel y las encuadernaciones, o de los problemas textuales que surgen del proceso de conversión del manuscrito del autor en un libro publicado.

Este método de la bibliografía material, que se utiliza en el ámbito de los impresos antiguos desde que algunos filólogos ingleses y americanos intentaron desentrañar el carajal que suponen las primeras ediciones de las obras de Shakespeare, tardó bastante más en aplicarse, travestido y mudado el nombre, al carajal no menor que suponen los estudios de manuscritos. Dicho en alemán, largo y paradójicamente conciso, Handschriftenkunde, de longevidad demostrable. Para que me entiendan, el método contrario de la codicología es el típico de la mayoría inmensa de filólogos e historiadores, por poner dos ejemplos claros. Lo que para los codicólogos es respeto debido, para esos filólogos e historiadores es tuteo impenitente, que para eso ellos saben más que el libro que están leyendo y, en consecuencia, más que las personas que lo escribieron. Lo que para los codicólogos es interés por los achaques del abuelo encuadernado, para aquellos filólogos e historiadores es, en el mejor de los casos, respeto supersticioso -en el que concuerdan con la mayor parte de los conservadores de fondo antiguo de las bibliotecas- porque todo lo viejo impone, pero apenas propone. El abuelito metido en la residencia, como el códice manuscrito conservado a la temperatura justa en el depósito de la biblioteca, ha dejado, en realidad, de tener un papel en la vida moderna, la nuestra, que es, al parecer, la única que cuenta. En el peor de los casos, o bien no se acercan, porque para eso ya están las ediciones, o bien ni tienen en cuenta los códices, porque para historia o filología ya están las teorías. Y a la realidad, que es prima hermana de la realia, que la zurzan.

En las palabras que me dirigió un prestigioso experto francés de la judaística hispana: «a mí la paleografía me da igual: para eso ya tengo las ediciones». Puesto que el buen professeur nunca estudia nada que sea más reciente que del siglo xv, solo cabía decirle: «pues eso». Que es lo que le dije, en versión original subtitulada: «ça se voit».

Por último, la paciencia que predica el método codicológico para escuchar las batallitas del abuelo manuscrito, sin meterle prisa y sin querer saber más de su vida que él mismo, es prisa, en el gremio que con afán reductor y caricaturesco he llamado filólogos e historiadores, por rematar el caldo articulero del que está compuesto la paradójica actividad profesional de la clase letrada funcionaria: profesores de universidad, investigadores de plantilla, becarios con ambiciones, etc., etc. Puestos frente al códice, este gremio pagado de sí mismo y, al menos en Europa, del erario público, no necesitarán de paciencia ni de escucha: ellos ya saben lo que el manuscrito tienen que decir, por lo que ¿a santo de qué iban a ponerse a escuchar lo que el manuscrito tenga que decirles?

Alfonso de Zamora, Manuscrito de París. Foto de Álex Casero.

Alfonso de Zamora, Manuscrito de París. Foto de Álex Casero.

Confieso que la enunciación de los principios rectores de la actividad codicológica tienen algo de frailuno: en lugar de fe, esperanza y caridad, podríamos proponer la prudencia (conclusiva), la modestia (teórica) y la sencillez (discursiva). Si en los últimos meses no hubiera caído en el agnosticismo arqueológico, por haber compartido trabajo con algunos practicantes de la arqueología, variante analfabeta, quizá resumiría la codicología en la expresión arqueología del libro. Ahora, me retengo: para ejercer de codicólogo no solo hay que saber cavar, abrir las hojas en el caso que nos ocupa, sino saber leer. (Sobre la cuestión, puede leerse el artículo de Albert Gruijs, «Codicology or the archaeology of the book? A false dilemma», Quaerendo, vol. ii, nº. 2 (1972), págs. 87-108).

Una satisfacción que proporciona trabajar con el corpus de libros de Alfonso de Zamora es que permite una cierta continuidad cronológica del personaje. De alguna manera, leyendo sus (¡muchos!) libros, se puede leer su vida, por muy excesiva que parezca esta afirmación. Mañana, por no daros más la barrila de lo que vuestra paciencia soporta, haremos un recopilatorio, no sé si entretenido, no sé si revelador, no sé si acertado, pero más largo que un día sin pan, de los cincuenta y ocho códices y libros impresos antiguos que dependieron, de una manera u otra, de la mano de Alfonso de Zamora. Cincuenta y ocho piezas (veremos que divisibles a efectos históricos y de análisis en otras  setenta unidades) que dibujan, si se las deja hablar, si no se les interrumpe, si se aguanta la alternancia inherente a la investigación de días bellísimos y jornadas aburradísimas, un panorama insuperable, por fascinante, de una época y de un territorio fundamentales: la Península Ibérica de la primera mitad del siglo xvi.

No menos fascinante es concluir nuestro recorrido bio-bibliográfico por la trayectoria del bueno de Alfonso con la constatación de que, si la hubiera conocido, él también habría subscrito la frase probablemente apócrifa del primero de califas de Córdoba, casi seis siglos antes de que viviese Alfonso: de todos los días de su vida, solo catorce había sido feliz. No seguidos.

¿Libricos? Sobre codicología hay bastantes. Algunos bastantes malos, por inapetentes, como la obra colectiva Lire le manuscrit médiéval. Observer et décrire, dirigida por Paul Géhin, París, Armand Colin, 2005. Los hay muy buenos y muy informativos, que practican la codicología con mucha discreción porque nunca lo dicen: toda la última sección, «La confecció material dels còdexs medievals» (págs. 229-306) de la Història del llibre manuscrit a Catalunya de , Barcelona, Generalitat de Catalunya, 2003. Igualmente, clásico feliz entre clásicos, el venerable volumen de Wilhelm Wattenbach, uno de esos sabios alemanes que hacen aún más injustificable el Desastre que vino después, que publicó, mientras la Gran Bertha atronaba asediando París, Das Schriftwesen im Mittelalter («El carácter de la escritura en la Edad Media»), Leipzig, Hirzel, 1871. En español, es una suerte contar con los dos manuales de Elisa Ruiz García: el primero, Manual de codicología, Salamanca y Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez y Pirámide, 1998 y su posterior encarnación, revisada y muy corregida, Introducción a la codicología, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 2002. En italiano, yo le tengo especial aprecio al libro de Maria Luisa Agati, Il libro manoscritto: introduzione alla codicologia, Roma,  L’Erma di Bretschneider, 2003.

Los hay árabes que hablan en francés: François Déroche (y algunos otros), Manuel de codicologie arabe, París, Bibliothèque nationale de France, 2000 y que, si son buenos, buenos y con fundamento cuando hablan francés, se vuelven imprescindibles cuando hablan árabe: المدخل إلى علم الكتاب المخطوط بالحرف العربي, traducción de Ayman Fu’ad Sayyid (أيمن فؤاد سيد), Londres, Al Furqan Islamic Heritage Foundation, 2005/1426. A los que se pregunten ¿qué diantres tienen que ver los manuscritos árabo-islámicos con los de Alfonso de Zamora?, les invito a dirigirse a doña Katrin Kogman-Appel, Jewish book art between Islam and Christianity: The Decoration of Hebrew bibles in Medieval Spain, Leiden, Brill, 2004 o a su versión original hebrea: אמנות יהודית בין איסלם לנצרות – עיטור ספרי תנ”ך עבריים בספרד, Bnei Brak (Israel), Haqqibuṣ Hammĕʔuḥad, 2001. Sobre los manuscritos hebreos en general y sobre la nada en particular, es inevitable citar un trabajo de Colette Sirat que tiene algo de cervantino. Como si dijéramos que está descrito en el célebre estrambote cervantino. Como es inevitable, me abstendré de más comentario y lo citaré en sus varias encarnaciones lingüísticas, que importan por el diferente número y diversa calidad de sus láminas: מן הכתב אל הספר: הצצה אל עולם כתבי-היד העבריים של ימי הביניים, edición de Leah Shalem, Jerusalén, Qeset, 1992; Du scribe au livre: les manuscrits hébreux au Moyen-Âge, París, CNRS éditions, 1994; Hebrew manuscripts of the Middle Ages, traducido por Nicholas de Lange, Cambridge, CUP, 2002. La que tiene más santos es la edición hebrea. La que menos, la inglesa. Entre ambas, la francesa. Y que cada palo aguante su vela y aquí paz y después gloria.