Iglesia de Notre Dame de Lorette con el Sagrado Corazón al fondo. Karsten Driever, 2006

Iglesia de Notre Dame de Lorette con el Sagrado Corazón al fondo. Karsten Driever, 2006

En una cierta época de mi vivencia en París tuve que pasar bastante a menudo al lado de la iglesia de «Nuestra Señora de Loreto», en el Noveno Distrito de la capital y a mitad de camino entre la biblioteca de esa benemérita y tan republicana institución que es la Alliance Israélite Universelle y cierta esquinita oriental del antiguo palacio del Cardenal Mazarino. Siempre me llamaron la atención dos cosas. En primer lugar, que la advocación mariana de Loreto (fundación pía resultado de la imperecedera inquietud de la tradición católica por el transporte de las almas, los cuerpos y, según parece, los edificios), diera nombre, por la circunstancia de que el barrio donde se encuentra la iglesia fuera lugar de concentración para el libre ejercicio de comercios devotos y carnales, a una cierta clase de señoritas de vida alegre (y clientela más alegre todavía, como se ha de suponer) propias del Segundo Imperio (1852-1870), capitalista y autoritario, que refundó París tal y como lo conocemos hoy en día: bastante capitalista y tirando a autoritario. Las lorettes, que tan devoto título de nobleza recibieron las dichas señoritas, dejaron cierto rastro en la gran literatura francesa:

On les approuvait de s’amuser avec des filles de petite condition: lorettes, grisettes, midinettes, cousettes.

[Se les permitía {a los chicos} divertirse con chicas de baja condición: maritornes, ramerillas, colipoterras, mesalinas.]

Simone de Beauvoir, Mémoires d’une jeune fille rangée (1958).

Une lorette est plus amusante que la Vénus de Milo.

[Una loreta es más divertida que la Venus de Milo.]

Gustave Flaubert, L’Éducation sentimentale (1869).

Con algo de bilis, quedó también escrito al respecto de las loretas:

Peu à peu ils sont parvenus à leur inoculer leur vanité et leur sottise, et c’est alors que la grisette a disparu. C’est alors que naquit la lorette. Race hybride, créatures impertinentes, beautés médiocres, demi-chair, demi-onguents, dont le boudoir est un comptoir où elles débitent des morceaux de leur cœur, comme on ferait des tranches de rosbif. La plupart de ces filles, qui déshonorent le plaisir et sont la honte de la galanterie moderne, n’ont point toujours l’intelligence des bêtes dont elles portent les plumes sur leurs chapeaux.

[Poco a poco, han conseguido ellos  a inocularles la vanidad y la estulticia que les son propias, consiguiendo que desaparecieran las ramerillas. Así nacieron las  maritornes. Raza híbrida, impertinentes criaturas, bellezas mediocres, mitad hechas de carne y mitad de ungüentos, cuyo tocador es un mostrador donde se despachan trozos de su corazon, igual que si fueran lonchas de rosbif. La mayoría de ests muchachas, que deshonran el placer y son la vergüenza de la galanura moderna, casi nunca llegan a la inteligencia de los chorlitos cuyas plumas sirvieron para los sombreros que llevan.]

Henri Murger, Scènes de la vie bohémienne (1851).

Y en esos puteríos (o parecidos) tenía yo ocupado el magín alguna vez que pasé frente a la Notre-Dame-de-Lorette parisina y reparé en la segunda cosa que me llamó la atención de esa casa de santidad, y que me proporciona la excusa para este apunte: en el frontispicio interior de la iglesia figuraba  grande y claro el lema ilustrado de la República Francesa, «liberté, égalité, fraternité». Como si en las mil y una iglesias de mi patria ibera figurasen, un suponer, las palabras «Y osados quisimos / romper la cadena / que de afrenta llena / del bravo el vivir». Acepto que, aparte de ser mucho más largo este lema patriótico, las dos repúblicas españolas han sido de peripecia algo más dura que las cinco francesas, como para andarse preocupando del frontispicio de las iglesias.

Todo tiene su explicación, claro está, si se dispone de ánimo de flâneur curioso. En efecto, en buena parte de los edificios religiosos franceses de menor entidad se verá reproducido el mismo lema que sirve de título de propiedad del edificio desde la Ley de Separación de las Iglesias y el Estado, aprobada en 1905, que dio lugar a la laïcité à la française tal como hoy se practica outre-Pyrénées. Esta ley dio la propiedad de los lugares de culto que hubiesen sido construidos antes de la fecha de aprobación de la misma al Estado, que los mantendría y administraría y permitiría, bajo el arbitrio de los poderes públicos, el ejercicio de la religión a cada confesión religiosa, oranizada como asociación cultual.

Esta ley y la práctica de la socialización republicana a la francesa a través de sus dos instituciones básicas, la instrucción pública nacional y el ejército de leva nacional, han sido dos de las bases principales de lo que es Francia hoy en día. Y también de lo que no es. Por ejemplo, la Francia republicana adolece de poca estima por el sentido común. El último ejemplo me ha llegado por teléfono hoy desde Marsella. Cierta funcionaria docente de la educación secundaria nacional tuvo la idea de fomentar el respeto entre adscritos a las diversas confesiones que conviven (mal) en el crisol portuario de la ciudad provenzal por medio de visitas pedagógicas a distintos establecimientos de culto de la ciudad. Que si una iglesia católica, que si una sinagoga judía, que si una mezquita musulmana… Conviene aclarar que, llegado el caso de querer hacer un país independiente uniendo los guetos que pululan en la Francia de las libertades formales y de las discriminaciones informales, habría que poner la capital en Marsella. Y la sede del poder judicial quizá en Mantes-la-Jolie, corazón de la región quemacoches de París. El legislativo podría seguir residiendo en  Estrasburgo, también tradicionalmente  pirómano. En Marsella vive mucho de todo y, en general, las relaciones son buenas porque no existen. Y cuando existen, son malas. Por eso no parecía mala idea que la Éducation Nationale se preocupase de inocular el virus de la curiosidad, y quizá del respeto, en los pequeñuelos hijos de la República y nietos de la discriminación.

Pasaron los meses. Muchos. Al final, el responsable del distrito escolar de Aix-en-Provence-Marsella, del que dependía en última instancia la decisión de si poner o no en marcha las visitas proyectadas, le confesó la verdad a la funcionaria docente. En el momento en que el proyecto se sometió a debate en el consejo sectorial, la propuesta fue violentamente rechazada por los miembros del consejo que eran militantes del Syndicat des Enseignements du Second Degré, el poderosísimo sindicato de docentes de la educación secundaria francesa, y que tienen capacidad de veto. ¿La razón? Visitar iglesias, sinagogas y mezquitas en el marco de un proyecto pedagógico de apertura a las distintas confesiones entraba en contradicción flagrante… con los valores laicos de la República.

En Francia, a esto lo llaman ser un laïcard: «(Péjoratif) Personne qui défend fortement la laïcité, notamment par prise de position anti-religieuse.» En Móstoles lo llamarían, creo, ser un gilipollas, palabra inaceptable en una república laica por su condición de término islámico, bueno, árabe, que es lo mismo (según veremos en un apunte próximo).

Flagrante contradicción republicana.

Flagrante contradicción republicana.