[Primera entrega de la serie: aquí]

A musa da Historia, Clío, tivo os seus adoradores nos membros dunha sociedade secreta denominada »Der Schatz«, en Berlín, a mediados do século xviii. Chamábanlle estes a Gran Caroqueira e homenaxeábana con cantos e poemas, pero sobre todo coa escritura e a lectura de textos apócrifos. Destes últimos pensaban que tiñan o poder de modificar o Pasado e cambiar para ben o curso da Humanidade.

W. Lübbe, Das Zeichen, Berlín, 1927, según Carlos Casares, Os escuros soños de Clío, Vigo, Galaxia, 1979 (sexta edición de 1994).

Fragmento del principio de la copia con traducción latina del Targum al Cantar de los Cantares, obra de Alfonso de Zamora conservada actualmente en la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense.

Fragmento del principio de la copia con traducción latina del Targum al Cantar de los Cantares, obra de Alfonso de Zamora conservada actualmente en la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense.

Por seguir nuestras indagaciones targúmicas que dejamos abandonadas hace algunos días, vayamos ahora a uno de mis targumim preferidos, basado a su vez en uno de mis libros preferidos de la Biblia: el Cantar más bello, o Cantar de los cantares de Salomón. Probablemente uno de sus versículos más famosos sea el segundo del primer capítulo:

ישקני מנשיקות פיהו כי טובים דודיך מיין

Francisco Cantera Burgos lo romancea así: «¡Bésame de los besos de tu boca! Cierto, mejor que vino son tus amores». Como suelen hacer buena parte de las traducciones bíblicas, corrige la tercera persona singular del verbo ישקני («béseme») para acomodarlo con la segunda persona del singular de דודיך («tus amores»). La tradición textual judía suele corregirlo, por el procedimiento del kĕtiv/qĕreʔ, «escrito está [así], pero se ha de leer [asá]», una especie de lectio facilior, potior («la conjetura textual más fácil debe prevalecer»), dándole la vuelta a un principio conocido de la crítica textual (ecdótica, para los amigos) que reza lectio difficilior, potior (“la conjetura textual más difícil debe prevalecer”). El principio masorético (la masora es la crítica textual propia de la Biblia) del kĕtiv/qĕre’ indica los casos en que hay que enmendar el texto escrito y pronunciarlo de una manera distinta a como está escrito. Quizá el caso más célebre sea el del nombre propio de Dios, lo que en expresión griega se llamó el Tetragramamaton («El de las cuatro letras») y en hebreo el Šem hammĕforaš («El nombre explícito»), compuesto del kĕtiv YHWH. Es decir, estas cuatro letras, י-ה-ו-ה, será lo que uno se encuentre al leer el texto hebreo bíblico. Pero, con una nota al margen del texto, el qĕre’ Adonai, se indica lo que la tradición judía marca que hay que pronunciar en ese mismo caso. Así que ya saben: Adonai y no, por caridad del Cielo, Jehová, indicio que a mí siempre me ha parecido claro de que el fuerte de Joseph Franklin Rutherford, segundo presidente de los Testigos de Jehová que les dio su nombre actual, no fue precisamente la filología bíblica.

Emilia Fernández Tejero, en un curioso librito titulado El cantar más bello. El Cantar de los cantares de Salomón, Madrid, Trotta, 1994, transpone el mismo versículo hebreo de la siguiente forma: «Bésame con esos besos tuyos, son mejores que el vino tus caricias»; y yo no tengo nada que decir de la fidelidad de la traducción o su contrario: solo felicitarme de su aliento poético.

¿Y que nos dice el Targumista que dicen estos dos sencillos hemistiquios?:

אמר שלמה נביא בריך שמיה דה דיהב לן אוריתא על ידוי דמשה ספרא רבא כתיבא על תרין לוחי אבנא ושתה סידרי ותלמודא בגרסא והוה מתמלל עמן אפין באפין כגבר דנשיק לחבריה מן סגיאות חיבתא דחביב לן יתיר מן שבעין אומיא

Dijo el profeta Salomón: «Bendito sea el nombre de Aquel que nos dio la Ley por mano de Moisés, el gran escriba, escrita en dos tablas de piedra, [junto] con los seis órdenes de la Misna y el Talmud por la tradición oral, y que nos habló cara a cara, igual que un hombre besa a su amigo, por tanto amor con que nos amaba, más que a las setenta naciones.»

Philip Alexander, en su magnífica traducción al inglés, con extenso comentario, publicado en la serie The Aramaic Bible (The Targum of Canticles, Londres, Nueva York, T&T Clark, 2003, colección “The Aramaic Bible”, vol. 17A, págs. 78-79), traduce así al inglés el mismo pasaje targúmico:

Solomon the prophet said: “Blessed be the name of the Lord who gave us the Torah at the hands of Moses, the Great Scribe, [both the Torah] written on the two tablets of stone, and the Six Orders and Talmud by oral tradition, and [who] spoke to us face to face as a man kisses his friend, out of the abundance of the love wherewith He loved us more than the seventy nations.”

¿De dónde ha salido nada menos que Dios, Moisés, dos tablas de piedra, seis órdenes de la Mišna, el Talmud y, porque parece que al fondo había sitio, setenta naciones?

En la interpretación targúmica del versículo, Salomón, que aquí aparece ejerciendo sobre todo su vertiente profética (la misma que le reconoce, por ejemplo, el islam), pronuncia una eulogia o bendición de Dios, como es la norma de la literatura rabínica: «Bendito sea el nombre de Aquel que nos dio la Ley». La bendición sigue la tercera persona del singular («béseme con besos de su boca») y aprovecha para hacer la amalgama textual que permite unir los besos con los dones de Dios al Pueblo de Israel (y, no lo olvidemos, por extensión a la humanidad): los dones son la Torá, tanto escrita como oral; la Mišna, comentario de la Biblia, y la Gĕmara, supercomentario de la Mišna, que forman juntas el Talmud. Como en la interpretación tradicional del judaísmo, el texto del Cantar de los cantares es un trasunto del amor de Dios por Israel. Así, béseme con besos de su boca se iguala a la paráfrasis como besa un hombre a su amigo. Con esta frase queda clara que Dios y su pueblo de Israel no pueden ser españoles: si acaso árabes, franceses o argentinos, lo que no debería causarnos demasiada sorpresa, puesto que ya los pertenecientes a cualquiera de esas categorías nacionales tenían cierta conciencia de su naturaleza divina.

Sin duda, queda un misterio por resolver: ¿quiénes son esas setenta naciones que irrumpen de súbito en la exégesis targúmica? El hemistiquio en cuestión del versículo reza son mejores que el vino tus caricias [o tus amores o, incluso, tus amados]. La clave está en el vino (in vino, veritas). Vino, en hebreo, está compuesto de tres letras: יין (pronunciado yáyin). Como sabéis de otras incursiones numerológicas recientes, cada letra hebrea tiene un valor numérico, igual que en el caso de los alfabetos latino, griego o árabe. Pues bien, la suma del valor numérico de esas tres letras, 10 + 10 + 50, da… 70. El símbolo de las setenta naciones es bien conocido en la tradición judía. Se basa en la enumeración de naciones que hay en el mundo según el capítulo décimo del Génesis: cada nación corresponde con uno de los setenta nietos de Noé (los cristianos, como San Agustín, siguiendo a la traducción griega, aunque de naturaleza judía, de los Setenta, cuentan setenta y dos naciones). En un comentario al Cantar algo más antiguo que este targum, el Cantar de los cantares-Rabbá (traducción y edición de Luis Fernando Girón Blanc, Estella-Lizarra, Verbo Divino, 1991), el rabino Huna de Seforis interpreta el versículo 8 del capítulo sexto del Cantar como una alusión a estas setenta naciones:

Sesenta y ochenta suman ciento cuarenta. De estas, hay setenta naciones, de las que cada una posee una lengua distinta pero no una escritura distinta, y setenta naciones más, de las que cada una posee una lengua y una escritura distinta. Naciones que no posean ni lengua ni escritura distinta, son incontables.

Así que ya saben: lo más probable es que ustedes se adscriban a alguna de las naciones de tercera división en la que se encuadrarían ingleses (y británicos), franceses, alemanes, italianos, españoles (y portugueses), catalanes, valencianos, ilicitanos, mostoleños y la rama militar-secesionista del Partido de la Gente del Bar (PGB).

De nuevo tenemos un caso de expansión textual, que no de mera traducción, actividad esta de traslado de ideas de una lengua a otra por medio de palabras que, en puridad de su teoría, no debería ir más allá de lo que está escrito. Pero como nos decía hace unos días Raimon Panikkar en la cita con que he encabezado esta serie de apuntes, el habla no es la escritura. Ni, podríamos añadir nosotros, la escritura son todas las ideas, como sabemos todos los que, por fuerza o de grado, nos vemos constreñidos a tener que poner ideas por escrito con cierta frecuencia.

Uno de los puntos centrales del sistema teológico del judaísmo rabínico es la coexistencia de dos Leyes: una, la escrita, es la Torá (llamada Pentateuco, porque es un conjunto de cinco [pénde] volúmenes [teukhoí]  en la tradición griega que heredó el cristianismo) y otra, la llamada «Torá oral» (תורה שבעל פה), que está compuesta de una larga serie de textos teológicos que, en ocasiones, consiguen cobrar fuerza normativa. Entre los libros de esta «Torá oral» figuran los dos talmudes, el de Jerusalén (que los investigadores occidentales acostumbra(ba)n a llamar también Palestinense) y el llamado «de Babilonia», siguiendo el topónimo judío tradicional, aunque su redacción se completó cuando Babilonia y Mesopotamia se habían transformado ya en Bagdad e Iraq. Para saber por donde andarse en cuanto a la historia de este enorme corpus teológico, normativo y literario del judaísmo rabínico, es una primera referencia un clásico manual del hebraísta cristiano Hermann L. Strack (1848-1922), Einleitung in Talmud und Midrasch, que fue actualizado de manera tan profunda por Günter Stemberger, profesor de judaística en Viena, que el libro ha acabado por conocerse como el Strack-Stemberger, sin más. Hay una larga lista de traducciones a otros idiomas. La española, francamente buena, la hizo Miguel Pérez Fernández y se tituló Introducción a la literatura talmúdica y midrásica, publicada en Valencia en 1989 por la Institución San Jerónimo para la Investigación Bíblica. Hay que advertir que este digno manual sirve para saber el qué, y para saberlo además siguiendo una cierta escuela filológica cuya poca ambición explicativa criticaba, con razón, Vicent en los comentarios a uno de sus entradas. Para analizar ese mismo qué y para poner las bases de los necesarios porqués, es imprescindible el reciente Forms of rabbinic literature and thought: An introduction, de Alexander Samely, Oxford University Press, 2007.

En estos dos apuntes de disquisiciones targúmicas he querido poner dos ejemplos de cómo se enfrentan los targumistas al sucinto texto bíblico. Las consecuencias de estos curiosas aficiones exegéticas, sobre todo para la carrera de Alfonso de Zamora, las contaremos en la tercera entrega de esta serie.

Semanada buena y clara.