«Tots som grossers en voler explicar», Ausiàs March

Els mots de l’època moderna són creacions de l’alfabet. El grec primitiu no tenia cap mot per al ‘mot’. De fet, l’alfabet és una tècnica elegant per a la visualització dels sons. Així els mots esdevenen els àtoms del discurs.
Però la parla no és l’escriptura, així com l’alfabet no és la llengua. Durant els 650 anys de dominació romana a la Mediterrània a ningú no li va passar pel cap de transcriure les llengües parlades en caràcters romans. I quan en el 850 Ciril i Metodi tradueixen la Bíblia per als búlgars, no és que inventin una llengua, sinó un alfabet. Les lletres no servien per a reportar el que deia la gent. L’escriptura és un instrument, la parla, no; era una vida. En molts textos antics les paraules no es separaven entre elles; existien sols les línies, i és ben coneguda la figura de l’anagnṓstēs, del lector, des de l’antigor hel•lènica. L’home clàssic no llegia, es feia llegir. I és significatiu que la paraula anagnṓstēs vingui d’anagignṓskō i que anágnōsis vulgui dir l’acció de fer conèixer, això és de recitar, de llegir en veu alta per a un altre.

[«Las palabras de la época moderna son creaciones del alfabeto. El griego primitivo no tenía ninguna palabra para indicar ‘palabra’. En realidad, el alfabeto es una técnica elegante para visualizar sonidos. Así las palabras se tornan los átomos del discurso. Pero el habla no es la escritura, de la misma forma que el alfabeto no es la lengua. Durante los seiscientos cincuenta años de dominación romana en el Mediterráneo, a nadie se le pasó por la cabeza la idea de transcribir las lenguas habladas en caracteres romanos. Y cuando, en el 850, Cirilo y Metodio traducen la Biblia para los búlgaros, no inventan una lengua sino un alfabeto. Las letras no servían para transmitir lo que decía la gente. La escritura es un instrumento. El habla, no: era una vida. En muchos textos antiguos las palabras no se separaban las unas de las otras. Solo existían las lineas, y es bien conocida la figura del anagnṓstēs, del lector, desde la antigüedad helénica. El hombre clásico no legia, hacía que le leyesen. Y es significativo que la palabra anagnṓstēs venga de anagignṓskō y que anágnōsis quiera decir la acción de hacer que se conozca, es decir, de recitar, de leer en voz altra para otro.»]

Raimon Panikkar, «La paraula, creadora de realitat», Llenguatge i identitat: lexicosofia catalana. Simpòsium celebrat a Vivarium (Tavertet), els dies 12-13 i 19-20 [sic] de setembre de 1992, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 1994, pág. 37

Targum Onqelos al Pentateuco, proveniente de la Guenizá del Cairo (Cambridge)

Targum Onqelos al Pentateuco, proveniente de la Guenizá del Cairo (Cambridge)

Una de las ocupaciones principales de Alfonso de Zamora, en sus casi más de treinta años de actividad escritoria conservada, fue la copia y traducción al latín de los targumim (plural de targum). Llevo unos días buscándoos una definición de lo que son los targumim, sin encontrar ninguna que me convenza, así que me tiraré, sin más, a la piscina: los targumim (literalmente, «traducciones») es el corpus resbaladizo de las traducciones, más o menos canónicas, más o menos litúrgicas, siempre parafrásticas y desbordantes de creatividad las más de las veces, que se fueron creando en el judaísmo entre la época en que el arameo se convirtió en lengua de uso corriente entre el pueblo judío, a partir del primer exilio en Babilonia, hasta la época del cierre canónico de los dos talmudes, el babilonio y el palestinense (o jerosolimitano). Es decir, entre el siglo sexto antes de la era común y hasta el sexto después de la era común, en que los centros judíos de Mesopotamia pasan a domino árabe-musulmán (y, de paso, Mesopotamia se convierte en Iraq). Un testimonio de la actividad exegética, esto es, de interpretación del sentido de la Escritura, que puede ser de los más antiguos (aunque es dudoso que el arameo ande ya por ahí) aparece ya en el libro bíblico de Nehemías, capítulo viii, versículo 8: ויקראו בספר בתורת האלהים מפרש ושום שכל ויבינו במקרא [«Leyeron en el libro de la Ley de Dios con claridad y precisando el sentido, de suerte que entendieron la lectura», traducción de Francisco Cantera Burgos]. Nehemías podría ser un libro fechable en el siglo iv antes de la era común. Esta cronología, como casi todas las bíblicas, es del género galaico: en realidad, nunca se sabe si está subiendo o está bajando, pero bien valga esa fecha del siglo iv para nuestras disquisiciones actuales.

En realidad, con la cuenta de la vieja a la que habitualmente nos hemos de conformar los filólogos, los primeros targumim puestos por escrito no serían más antiguos del siglo primero de la era común, mientras que últimamente se aprecian datos ciertos (la existencia de menciones al islam, por ejemplo) de que las fechas de los targumim más recientes estén entre los siglos séptimo y noveno.

Como el movimiento se demuestra andando y ya se sabe que obras son amores, os pondré dos ejemplos de dos targumim relativamente recientes, apenas mil doscientos años en las fotos con carbono-catorce filológico en los que salen más favorecidos y juveniles.

En el primer ejemplo me baso en La Biblia judía y la Biblia cristiana: Introducción a la historia de la Biblia de Julio Trebolle Barrera, Madrid, Trotta, 1998, tercera edición, pág. 492. Para el segundo, en ciertos recuerdos mancunianos de clases privilegiadamente unipersonales.

Pongamos que tenemos un versículo de Génesis, el octavo del cuarto capítulo, por ejemplo. Veamos lo que nos dice la Escritura: ויאמר קין אל הבל אחיו יהי בהיותם בשדה ויקם קין אל הבל אחיו ויהרגו, que podríamos interpretar, en la traducción al castellano pedrestre pero eficaz de Francisco Cantera Burgos: «Caín dijo a Abel, su hermano: [‘¡Vamos al campo!’] Y cuando estaban en el campo, se levantó Caín contra su hermano Abel y le mató.»

Quién esté ducho en letras hebreas ya se habrá fijado que Cantera Burgos interpola una frase que yo he marcado entre corchetes: «¡Vamos al campo!». Ciertamente, sin esa interpolación, más que un texto bíblico, sería una película de Kubrick: pura elipsis. Así, casi sin haber salido apenas a ver el gran mundo de las tradiciones bíblicas, ya hemos tenido que enmendarle la plana, muy prudentemente en mi opinión, al texto hebreo. El buen juicio filológico de esa interpolación depende de que la misma se haya conservado en la tradición samaritana del Pentateuco, que está escrita en lengua hebrea, aunque con el detalle de que se haya transmitido en alfabeto paleohebreo, el mismo que utilizaron en los Diez mandamientos en que Charlton Heston hizo de Moisés. Esta interpolación aparece también en las versiones griega de los Setenta, siríaca de la Pĕšiṭṭa, latina de la llamada Vetus Latina y la Vulgata Sixto-Clementina, también en latín. Vamos, que a la enmienda que hace Francisco Cantera no le faltan buenas ejecutorias de hidalguía.

Pero por mucho que la interpolación en cuestión le haya ahorrado un buen giro de guión al público, aún nos falta el contexto. ¿Y por qué diantres tuvo que levantarse Caín contra su hermano Abel y arrearle un estacazo (o lo que fuera) mortal de necesidad? Y es en ese punto donde el Targum Jerosolimitano (llamado Pseudo-Jonatán como medio de arreglar malamente un error antiguo de atribución) viene a nuestro auxilio teológico (y de paso da carta de naturaleza judía a nuestra interpolación, como veremos a continuación). Para ir al meollo del asunto, nos saltaremos el original arameo e iremos directamente a la traducción que da Trebolle Barrera del texto targúmico:

Y dijo Caín a su hermano Abel: ‘Ven, salgamos ambos al campo‘. Y sucedió que, cuando salieron ambos al campo, tomó la palabra Caín y dijo a Abel: ‘Yo veo que el mundo ha sido creado con amor, pero no es conducido según el fruto de las obras buenas, pues hay acepción de personas en el juicio. ¿Por qué ha sido recibida tu ofrenda con agrado y mi ofrenda no ha sido recibida con agrado?’. Tomó la palabra Abel y dijo a Caín: ‘El mundo ha sido creado con amor y es conducido de acuerdo con el fruto de las obras buenas y no hay acepción de personas en el juicio. Porque los frutos de mis obras fueron mejores que los tuyos y anteriores, mi ofrenda ha sido aceptada con agrado.’ Contestó Caín y dijo a Abel: ‘No hay juicio ni juez y no existe otro mundo, no hay concesión de buena paga para los justos ni existe castigo para los malos’. Contestó Abel y dijo a Caín: ‘Hay juicio y hay juez y existe otro mundo; hay concesión de buena paga para los justos y existe castigo para los malos’. Y con motivo de estas palabras estuvieron disputando en el campo. Y se levantó Caín contra su hermano Abel y hundió una piedra en su frente y le mató.

¿No les parece fascinante? De una sola tacada tenemos el móvil, el arma y hasta los diálogos del primer homicidio de la historia. Y, de paso, del primer fratricidio también. Así las cosas sí que cuadran, ¿no creen? En resumen: se juntó el hambre, un rebote nihilista que le dio a Caín, con las ganas de comer, y es que a mí, qué quieren que les diga, el Abel que pinta esta exégesis targúmica me ha parecido siempre un poco niño pera: «¡Chincha, rabiña, Juan Pelotilla, que los frutos de mis buenas obras son mejores que los tuyos! ¡Y además he llegado primero!». No me dirán que no era como para ganarse una pedrada, aunque le saliera un poco baturra al pobre Caín.

Recapitulemos: teníamos hasta aquí un texto canónico original, bíblico, de una concisión exasperante en no pocas ocasiones. Faltaban ese componente fundamental de los romances que ama el pueblo: los detalles. Como el pueblo de Israel había cambiado la lengua de uso y ya no entendían ni papa del texto hebreo de la Biblia, hacía falta una traducción en la lengua que usaba el personal: el arameo. Así que el traductor, puesto a traducir al arameo, aprovecha que el Tigris y el Éufrates pasan por Iraq y el Jordán… por Oriente Medio, y da una vuelta de tuerca teológica: la doctrina de la retribución del justo y del castigo del impío en esta vida y en la otra. Existe el detalle de que, en la época en que se suele fechar este targum, entre el siglo viii y ix de la era común, el arameo ya sería, como el hebreo a partir del siglo iii, una lengua… exclusivamente literaria, porque la lengua de los judíos, por aquella época, ya debía de ser… el árabe. Pero esto, si quieren, lo dejamos para la siguiente lección de Targumología: nivel inicial.

¿Será en realidad un caso este targum de lo que el téorico israelí de la traductología, Gideon Toury, llama pseudo-traducción?:

Es frecuente que los productores de textos, como personas inmersas en su cultura, sean conscientes de la posición que las traducciones y la traducción tienen en dicha cultura, lo que suele ir unido a una serie de características textuales y lingüísticas identificables. En ocasiones, incluso pueden decidir utilizar de forma activa este conocimiento consciente para presentar, incluso para componer, sus textos como si hubieran traducidos. Denominamos pseudotraducciones, o traducciones ficticias, a aquellos textos que se han presentado como traducciones, pero que no cuentan con textos originales correspondientes en otras lenguas, y al no haber existido dichos textos originales, tampoco se han dado ‘operaciones de transferencia’ y relaciones de traducción reales.

Gideon Toury, Los estudios descriptivos de traducción y más allá. Metodología de la investigación en estudios de traducción, traducción y edición de Rosa Rabadán y Raquel Merino, Madrid, Cátedra, 2004 (primera edición en inglés, 1995), pág. 81.

Más que la corteza de la letra de lo que dice Toury, que no se puede aplicar en buena ciencia al caso de los targumim, me interesa el espíritu: un traductor que traduce a una lengua presuntamente popular pero en realidad literaria… ¿para darle una pátina de antigüedad a sus presupuestos teológicos? ¿Una especie de anónimo Cervantes targumista que se escuda en un fantasmagórico Cide Hamete Benengeli de anticuario escriturístico? No sería la primera vez en el judaísmo: un caso famoso es el Zohar, obra sefardí del siglo xiii para la que aún hay quien reclama un origen mítico y la autoría de Simón bar Yoḥa’i, un célebre rabino de finales del siglo i y principios del ii de la era común. Y en el mundo del derecho judío, o halajá, se han dado algún caso célebre también de atribución pseudoepigráfica de la que quizá hablemos en otra ocasión.

Hasta aquí el primer ejemplo. Mañana seguiremos con nuestras indagaciones caldeas y veremos qué interés puedan tener.