El azar de una búsqueda en la página de la Complutense me lleva a un feliz hallazgo. He de explicar una cosa previa: yo, señoras, señores, a veces para mi desgracia (no pocas), otras, para mi consuelo (bien pocas), soy complutense. Como Alfonso de Zamora, si se entiende la relación entre su filiación alcalaína y la mía madrileña en un sentido muy, muy laxo (y poco respetuoso con la sucesión histórica, dicho sea de paso). El caso es que mi adscripción a la principal universidad de Madrid y de España me ha dado más disgustos que alegrías, pero ahí está. Hay, por supuesto, algún reducto de decencia y trabajo bien hecho, como el servicio de bibliotecas (que saldrá a relucir en el apunte que vendrá inmediatamente después de este). Pero las ocasiones en que uno puede estar orgulloso de su condición complutense son bien raras.

Entre las muchas cosas que me desagradan está su estentóreo pero poco eficaz equipo rectoral actual. En cabeza de tal descripción, está el magnífico e ilustrísimo señor rector. Pero como decía el Tenorio, los lectores fieles de este blog deberían pensar que estas son pláticas de familia de las que nunca hice caso. Y harían bien.

Pero hace cuatro días, la Complutense me dio una alegría, al honrar, en su sala más bella y con su título más preciado, a una de las mujeres imprescindibles de este siglo (y del anterior): Rita Levi-Montalcini.

Rita Levi-Montalcini había preparado un discurso de seis páginas, pero lo utilizó únicamente como guión e improvisó una intervención espléndida. Su discurso fue extenso, apasionado y emocionante, lleno de viveza y energía. En pocas ocasiones ha habido unos aplausos tan prolongados en el Paraninfo de San Bernardo.

El hecho de que el Paraninfo complutense ocupe la misma casa, pared con pared, que la benemérita institución que custodia cerca del sesenta por ciento de los libros que nos han llegado de Alfonso de Zamora, solo es signo de la inesperada belleza de las serendipias. O así quiero creerlo.

No menos alegría me ha dado comprobar que doña Rita y el que subscribe compartimos respetos y admiraciones:

Luego dictó su conferencia sin papeles y sin tropiezos. La inició con un encendido homenaje a Santiago Ramón y Cajal, Nobel de Medicina en 1906, al que no conoció personalmente, pero por el que siente una admiración profunda: “Ha sido el gran neurólogo de todos los tiempos. No hay nadie comparable a él. Fue una persona excepcional desde el punto de vista científico, artístico y moral”. Después, en el Paraninfo, contó cómo el Nobel español intercedió por su maestro Giuseppe Levi para que fuera excarcelado en plena dictadura de Mussolini.

Gaudeaums igitur, Rita, juvenes dum sumus!

PD: ¿Qué virus italianófilo recorre últimamente la vetusta, por autocomplaciente, universidad cisneriana?