Como acabo de volver de un viaje que me ha llenado los ojos de granizo y de palmeras, y no creo que este blog, de natural insumiso temático, esté por la labor de dejarse domar porque yo haya dejado de utilizar mi pasaporte, me permito invitaros a una celebración personal antes de volver a ponernos a hablar de Alfonso de Zamora y allegados. Ocurre que, como mi biblioteca ha pasado de asilvestrada a puramente amazónica y el desorden es su actual condición natural, creía perdido un libro que se cuenta entre los que más quiero. Al cabo de unas horas, ha dejado de mondarse de la risa de mi persona y ha vuelto a aparecer, para mi alivio, tres metros de estantería más allá de donde debía estar. Como mi alegría ha sido tan grande como mi alivio, me permito compartir con vosotros un poema cuya ambigüedad semántica me permitirá agradeceros, de paso, lo bien que me habéis guardado esta casa, nada virtual aunque cibernética, en mi ausencia.

Una querencia tengo por tu acento,
una apetencia por tu compañía
y una dolencia de melancolía
por la ausencia del aire de tu viento.
Paciencia necesita mi tormento,
urgencia de tu garza galanía,
tu clemencia solar mi helado día,
tu asistencia la herida en que lo cuento.
¡Ay querencia, dolencia y apetencia!:
tus sustanciales besos, mi sustento,
me faltan y me muero sobre mayo.
Quiero que vengas, flor desde tu ausencia,
a serenar la sien del pensamiento
que desahoga en mí su eterno rayo.

Miguel Hernández