Que cierta fundación judía dedicada a formular la memoria del Desastre se niegue a darme ni un sheqel porque mi tema de tesis sea, admitámoslo, más converso que otra cosa, no me parece inaudito. Aunque arguyan que “mire, ¿cómo le vamos a dar dinero para que hable de un converso? Es que no se nos rompe el corazón, nada más que de pensarlo…”, repito: no es que me deje patidifuso. Quizá tuviera alguna opinión al respecto de si me parece bien o mal, pero oiga, tampoco exageremos: yo soy español y mi cara serrana lo va diciendo sin necesidad de presentaciones y aquí (vamos, ahí, esto es, en España), hasta hace poco se estilaba tirar cabras vivas de un campanario para celebrar al santo patrón. No nos vamos a poner estupendos, ¿no? Que además la cosa se hiciera en la provincia de Zamora es, de nuevo, una prueba de mi habilidad para el salto acrobático argumental que practico en este blog.

Que la misma fundación rechace subvencionar el rigurosísimo trabajo de J. (imaginen: judía –asquenací– y suiza), sobre los manuscritos de la Europa septentrional que transmiten el ciclo litúrgico del año nuevo judío (los llamados mahzorim) con la misma argumentación, algo así como que “no nos suena Vd. (¿o su tema?) demasiado judía” ya es como de juzgado rabínico de guardia. Que, tirando de la misma argumentación, resulte que J. sea descendiente por matrimonio de uno de los pilares de la ciencia rabínica asquenací de todos los tiempos, una de aquellas figuras que en el judaísmo ahora ortodoxo llaman “los grandes de una generación”, y que, pese a la filiación, la respuesta siga siendo “no”, acomoda el argumento a su necesario surrealismo.

Yo, qué quieren que les diga, hay cosas que no entiendo. Y no, lo de la religión y sus formas organizadas es de las cosas sencillas, de las que se entienden fácilmente. En fin, luego dicen que si dicen y que si dejan de decir…