No soy un gran lector de las obras de Isaiah Sonne (1887-1960), un erudito algo escéptico del linaje de los sabios judíos alemanes de antes del Desastre, pero confieso que cada vez que me he topado con uno de sus artículos, que no son pocos, sus opiniones y su método me han dejado en el ánimo un sereno poso de honradez crítica. Estoy de acuerdo con el retrato que le hizo Abraham Halkin, otro de los grandes, en su artículo necrológico en los Proceedings of the American Academy for Jewish Research:

It is no wonder that he scorned the scholar who, after unearthing a leaf or two of a document, proceeded to build a whole theory on them; for Sonne understood that if this scholar knew our intellectual world he could never arrive at those conclusions.

El caso es que el otro día, mi penúltimo día romano, mi Ariadna estrábica de la Angelica me hizo notar un catálogo (más bien inventario) bis, una caja B de los manuscritos hebreos que custodia la institucioncita sita en la plaza romana de San Agustín. Hay una docena larga de manuscritos que han quedado emparedados entre el vetusto catálogo (de nuevo, más bien inventario) de finales del xix y la nada. Porque desde finales del xix, nadie se ha quedado a recontar y volver a describir los manuscritos angélicos, un fondo compacto, coherente y compacto, producto de la gula biblófila y erudita del cardenal Rocca.

Todas las fichas de los manuscritos, dactilografiadas, llevaban una firma que me resultaba familiar: «I. Sonne», dando testimonio del autor del inventario de esos hijos pródigos y perdidos del legado del cardenal Rocca. De repente, en una de las fichas, Sonne dejó la fecha en que ¿la terminó?: «marzo 1934». Pero de ahí no me vino el escalofrío, la ligera inquietud, el subrepticio desasosiego: escrito inmediatamente detrás del «1934» había otra cifra, en un tamaño más pequeño: «xii». No dudé ni un instante a qué se refería ese «xii» en cifras, claro está, romanas.

Y desde ese día llevo con un algo, no mucho, pero algo, de mal cuerpo.

PD: Al hilo de los catálogos y los descubrimientos y los manuscritos olvidados, un día os tendré que escribir de uno de los siete pecados (académicos) capitales: la gula.