Que soy un anglófilo consumado, manifiesto, confeso e impenitente es una obviedad para cualquiera que hable más de cinco minutos conmigo. Para ser sinceros y honrados, la Inglaterra que amo devotamente es un país con límites muy concretos que podría estar incluida en las ciudades invisibles de Italo Calvino. Está basada en una lengua firme, dúctil, concisa, ingeniosa e inmensamente abierta. Está delimitada por los límites municipales de algunas ciudades: casi todo Cambridge, mucho de Londres, algo de Oxford, bastante de Edimburgo, los inverosímiles campuses de Mánchester y alguna otra ciudad por ahí. Quizá el Peak District (y el pub de Castleton); quizá Uig, allá donde acaba el mundo (por mucho que eso sea, claro, Escocia; pero hablo de «Inglaterra» en el sentido laxo de los dos siglos que siguieron al Tratado de Unión). Quizá una mañana en el campo, una mañana de crispy weather. O una conferencia pública de Hobsbawm. O de George Steiner. O de Sebastian Brock.

Por supuesto, mi Inglaterra es un país de nombres propios: este, este, este, este y, por supuesto, ella, cuya memoria sea bendita. Mi Inglaterra se parece algo a una universidad. A una biblioteca universal. A un sueño borgiano de decencia. A un Bomarzo de monstruos amables, de sueños posibles, de debate imprescindible. Quizá feo, pero siempre abierto a discutir. Quizá falto de sol, pero nunca de luz.
Quiero pensar que esta Inglaterra no es solo una ensoñación: yo me he educado en ella. En un elogio discreto de la inteligencia inquisitiva.

Casi todo lo que amo de Inglaterra se condensa en el cuarto canal de radio de la BBC (corporación que es en sí misma, a pesar de todos los pesares, un resumen de todo lo amable, en todos los sentidos, que tiene la isla de Albión). En la última época en que viví en Inglaterra, el eslogan que utilizaba BBC Radio Four era «Intelligent Speech», que tenía mucho de guiño perfectamente inmodesto, de gesto curiosamente seguro de sí mismo en su concisión sutil.

Entre otras cosas, la cuarta frecuencia de radio de la BBC me enseñó a razonar, a discutir, a argumentar. Y de paso me enseñó inglés. Me enseñó todo lo que cabe en la hora de las mujeres, en los juegos de palabras. Incluso en la jardinería entendida como una de las bellas artes y una de las bellas ciencias. Me enseñó a dejarme llevar por la poesía de Auden:

This passion of our kind
For the process of finding out
Is a fact one can hardly doubt,
But I would rejoice in it more
If I knew more clearly what
We wanted the knowledge for,
Felt certain still that the mind
Is free to know or not.

O, haciéndole caso al bien construido gusto de Norman Calder, a que se convirtiera en una de mis más sentidas aficiones cavilar el sentido de la poesía de Geoffrey Hill:

September fattens on vines. Roses
flake from the wall. The smoke
of harmless fires drifts to my eyes.

Y, por supuesto, a que el mundo, el mío y todo lo demás que no soy yo, se pusiera en marcha con las voces atinadas del Today (Programme).

En las semanas que llevo en Italia, como me ocurrió de una cierta manera en Francia, no he encontrado refugio radiofónico, algo casi tan necesario para mí como el café matutino y el descafeinado vespertino. Así que aprovechando el wifi, me doy auténticos atracones de BBC Radio Four. Y así consigo que el aire se me endulce de palabras firmes, estimulantes, corteses y llenas de duda, curiosidad y argumentación.

Lo que nunca debería dejar de ser esta profesión de la presunta inteligencia que he elegido.