La codicología, si es que alguna vez llega a ser algo, es la disciplina que practico y con la que enfrento los desafíos que resultan de los quinientos y pico años que me separan de Alfonso de Zamora. La llamo disciplina a posta. Me niego a llamar ciencia a ninguna de las humanidades. Como mucho las llamaría scientiae.

Si alguna vez llega a ser algo, será algo parecido a una arqueología del libro. Yo, de momento, en más de una ocasión y por motivos pecuniarios (aunque también pedagógicos) me he tomado la libertad de llamarla precisamente así.

Las circunstancias del codicólogo son parecidas a las del detective de novela de Maigret: no, no es divertido. Y no, no es de una finura psicológica despampanante. Y a mucho de eso ayudan, claro, las bibliotecas de fondo antiguo, esas santas casas. En algún caso colaboran también los colegas, pero es conocido que en todas partes cuecen habas y que, en cualquier caso, no hay mal que cien años dure. Los codicólogos, claro está, tampoco.

El caso es que semana y pico de trabajo en la Biblioteca Angelica me tiene un poco de los nervios. Afortunadamente no me estoy convirtiendo en un ser más asocial de lo que estilo, y hay quien ha trabajado de sol a sol en la misma institución de la Piazza Sant’Agostino de Roma y me confirma que la fauna (¡y flora!) de la casa es digna, si cabe, de más estudio que los libros viejunos que alberga (porque decir que conserva sería notoriamente exagerado).

Igual que continuaré con la serie de apuntes dedicados a explicaros y explicarme la biografía de Alfonso de Zamora (en el próximo capítulo hablaremos muchas lenguas; el jueves que viene más o menos), tengo pensado dedicar una serie a las bibliothecae alphonsinae: las bibliotecas que custodian, y en la mayor parte de los casos conservan, los libros zamorescos que no ha destruido la gula del tiempo.

Un poco perdido en el hastío de intentar hacer mi trabajo sin muchos medios, una cita, concisa, breve, más bien sosa, de un famoso (¿?) bibliógrafo italiano, me da algún alivio: no hay más remedio que aburrirse mucho para poder apasionarse mucho. Y no, no es un consejo de vida conyugal directo de una novela de Jane Austen:

Etsi ad operis textusque impressi perfectionem non pertineant, ad editionis tamen integritatem pertinent, ac supputandae sunt.

“Y aunque el hecho de que esté lo impreso esté completo no sea necesaria para las obras ni el texto, sí lo es la integridad de la edición, que hay que esforzarse en saber.”

Sacado de los Annali Ebreo-tipografici di Sabbioneta sotto Vespasiano Gonzaga distesi, Parma, 1780, pág. 28 y 29 (según lo cita el Manzoni. No, no el del novelón, sino el diputado-bibliófilo-bibliógrafo del Risorgimento).

Pues eso: que en esto no caben ni divertimentos ni atajos ni zarandajas. O bueno, lo primero a lo mejor así, pero se hacen caros de ver.